Enseñanzas y advertencias del voto andaluz     
 
 ABC.    24/05/1982.  Página: 18. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

Enseñanzas y advertencias del voto andaluz

Las elecciones andaluzas se han reñido entre tres opciones políticas: el Partido Socialista Obrero Español,

Alianza Popular y Unión de Centro Democrático. Los demás no han logrado una asistencia de votantes

que resulte proporcionada ni a su resonancia histórica, caso del Partido Comunista, ni a su presumible

implantación regional, caso del Partido Socialista Andaluz.

El triunfo del PSOE no es una sorpresa. Pero hay que reconocer, sin mezquindades, su excepcional

proporción y el triunfo que representa, a escala regional, para sus líderes. Su oponente principal era UCD.

Pero este partido había perdido ya, al menos, la mitad de las elecciones andaluzas de este 23 de mayo de

1982, cuando sé manifestó contra los deseos de Andalucía en el referéndum del 28 de febrero de 1980.

No era posible en un plano político normal preconizar, nada menos que desde el Gobierno, una

abstención electoral para retrasar o disminuir la autonomía andaluza y confiar ahora en una votación

favorable. UCD no ha perdido las elecciones andaluzas por otra razón que pese más que por la de haber

establecido un agravio comparativo en aquel referéndum de cara al electorado andaluz.

El avance de Alianza Popular pone de relieve datos de enorme trascendencia. La derecha española —en

cualquier región— empieza a encontrarse más representada por Alianza Popular que por UCD. Cambio

explicable, por otra parte, desde el momento en el cual UCD, en palabras de Adolfo Suárez, negó toda

posibilidad de ser partido de la derecha para declararse inopinadamente favorable a una línea de centro-

izquierda. Sutileza que el electorado ha interpretado, no sin suficientes razones, como una solapada

manera de anticipar un modo de pacto con el socialismo. Era evidente, sin embargo, que el electorado

originario de UCD procedía de las clases medias conservadoras, que se encuadran, en la Europa

democrática, en los partidos de derecha. Unión de Centro Democrático ha pagado ahora, en las elecciones

andaluzas, la equivocidad de sus opciones, la ambigüedad de su línea.

Los españoles cuya opción política es socialista votan al PSOE. Son congruentes con su pensamiento.

Serían incongruentes, serían ciudadanos alucinados, si por desear un Gobierno socialista votasen a UCD.

Las prudencias y tentativas de la transición pudieron aconsejar, para una etapa provisional, la aparición de

algunas formaciones de contorno desdibujado. Pero a medida que España se integra en Occidente, se

imponen las reglas de juego de la democracia. La política basada en un permanente consenso sólo rinde

frutos al partido que consigue a través de ella condicionar decisiones del Gobierno sin tener mayoría

parlamentaria. Para el partido que está en el Gobierno es síntoma de debilidad. En todo pacto, alguna

parte cede o pierde. El PSOE ha ganado en Andalucía y UCD ha perdido.

Pero no sería honrado decir ahora, ante el triunfo de los socialistas andaluces, que estas elecciones sólo

tienen ámbito regional y carecen de auténtico valor indicativo de cara a las próximas elecciones

generales. Toda convocatoria electoral depende siempre del escrutinio de los votos. Nada está decidido

hasta que los electores depositen sus papeletas en las urnas. Pero si valen de algo las líneas de tendencia

que revelan los votantes, parece hoy claro que en las próximas elecciones legislativas la batalla

únicamente va a tener dos frentes considerables: a la izquierda, el PSOE; a la derecha, UCD y AP.

La situación interna de UCD, unida a sus reveses electorales en Galicia y Andalucía —que no hacen más

que confirmar los fracasos anteriores en Cataluña y en el País Vasco— no permiten ya establecer ninguna

hipótesis fiable sobre la necesaria recuperación del agrupamiento electoral creado hace seis años por don

Adolfo Suárez. Aunque sea justo reconocer hoy, en el día de su derrota, que UCD ha cumplido un papel

de valor incuestionable en los primeros años de la democracia.

En definitiva, el resumen de la elección andaluza ofrece cuatro enseñanzas y clarificaciones: la

espectacular victoria del Partido Socialista es el triunfo de un liderazgo andaluz que no puede trasladarse

alegremente a unas futuras elecciones generales, en las que de verdad se juegue el rumbo de la nación. El

segundo hecho incontrovertible es el cambio profundo en el campo de la derecha. Ha aparecido como

fuerza activa la confederación empresarial. UCD ha sufrido un grave revés, y ya no podrá imponer su voz

en la media España que no vota al socialismo. Alianza Popular aparece, en el ámbito geográfico más

desfavorable, como un partido de gran envergadura. En tercer lugar, se confirma la tendencia decreciente

del Partido Comunista, en parte absorbido por el PSOE, en parte dañado por partidos marginales de

ultraizquierda. Por último, la experiencia de las democracias liberales demuestra que el desgaste en la

acción de Gobierno —y UCD lo ha padecido, visiblemente— es un débito a pagar por todo partido que

ejerza el poder. Pero sería una ligereza imaginar, para mañana mismo, la desaparición de UCD, cuyo

espacio político sólo puede llenar en parte un partido conservador clásico, como es Alianza Popular.

 

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