La crisis de Italia     
 
 El País.    28/05/1981.  Página: 10. Páginas: 1. Párrafos: 4. 

La crisis de Italia

UNA PUÑALADA florentina es frecuente en los usos y costumbres de la alta política italiana; la de

Bettino Craxi —partido socialista— al Gobierno de coalición presidido por Forlani --Democracia

Cristiana— es mortal. Craxi se ha negado al medio arreglo de la crisis por la simple sustitución del

ministro de Justicia, dimitido en el escándalo de la logia P-2; le ha dejado desnudo y sólo ante

el escándalo. Un escándalo singular: atañe directamente a cuestiones de corrupción, de venta de favores,

de pertenencia a una sociedad secreta. La masonería no está prohibida en Italia, pero sí para la

Democracia Cristiana, como partido católico. Y la logia P-2 (Propaganda 2) parece que va más allá de la

masonería usual y bonachona de los venerables: hay estafa, evasión de capitales, contactos con la Mafia.

Dicen que un intento de golpe de Estado, Una mezcla de banqueros y rufianes, generales y chantajistas,

policías y ladrones, jueces y chantajistas, periodistas y conspiradores. Una «segunda Italia» en la sombra,

dicen algunos. Probablemente exageran, probablemente hay una inflación en todo ello, una mezcla de

inocentes y culpables que en el plano de la superficie están resultando todos culpables: porque los

servicios que debían prestar al Estado los tomaban de él, sabiéndolo o sin saberlo.

Hay quien ve que el puñal florentino tiene un orfebre. Unos apuntan a los grupos neofascistas (en

realidad, el fascismo eterno), que han movido los hilos para tenderle una trampa a la democracia y

mostrarla empapada en barro. Otros, al partido comunista: es el único del Parlamento cuyos miembros

están indemnes, fuera de sospecha. ¿En qué se aprovecharía? De una debilidad de los otros —sobre todo,

de la Democracia Cristiana—, que esta vez tendrían que pedirle ayuda para seguir gobernando.

El puñal visible, el del Partido Socialista italiano, apunta a una solución. Se ofrece a sí mismo. Una

pretensión audaz en un partido con sólo el 10% de los escaños. Pero un partido que va creciendo, que

tiene al presidente de la República —Pertini— y que ya ofreció a Craxi en la crisis de 1979, que ha ido

ganando escaños en las elecciones locales y abrazando las causas del «sentido común», las de un

centrismo moderado (dominada por Craxi el ala izquierda), para el cual el referéndum múltiple ha

supuesto un éxito de sus tesis (no así para la DC, a la cual la pérdida de la cuestión del aborto hirió

gravemente, y esta gravedad se añade al escándalo y a su soledad de ahora). Lo que ofrecen los socialistas

es «un aire de cambio» en un Gobierno presidido por ellos y formado por una coalición amplia. Con lo

que amenazan es con el bloqueo de salidas a la crisis, hasta el punto de que haya que disolver el

Parlamento y convocar elecciones generales: creen que esta vez la DC perdería, que descendería el PC y

que ellos subirían. No tanto como para construir una mayoría —eso no es ni siquiera un sueño—, pero sí

para explotar su posición frente a la debilidad de los otros. Craxi se mira en el espejo de Mitterrand, cree

que vuelve a Europa la hora del socialismo (moderado, socialdemócrata) y que Italia puede alcanzar algo

de ese movimiento.

Un sutil hilo de negociaciones, conversaciones, alianzas, promesas comienza a tenerse en estos

momentos. Pertini ha pedido a Forlani que intente de nuevo formar Gobierno. Puede ser un trámite, pero

la sensación es la de que esta vez no bastará con simples maniobras. La opinión pública está alertada,

incómoda. El nuevo escándalo va más allá que los anteriores. Y el estilo clásico ya no basta.

 

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