Autor: Ruiz Gallardón, José María. 
   Historia de España alfaguara VII. La república. La era de Franco  :   
 De Ramón Tamames. Alianza Universidad, 1973. 
 ABC.    06/12/1973.  Página: 59-61. Páginas: 3. Párrafos: 12. 

A B C. J UEVES 6 DE DICIEMBRE DE 1973. EDICION DE LA MAÑANA.

«HISTORIA DE ESPAÑA ALFAGUARA VII. LA REPÚBLICA. LA ERA DE FRANCO»

De Ramón Tamames

Alianza Universidad, 1973.

Por José María RUIZ GALLARDON

He aquí un libro polémico. Como polémica es la figura de su autor y su pensamiento no sólo económico,

sino también —y antes— político. Conozco a Ramón Tamames desde 1956. Fue con ocasión de los

sucesos universitarios de aquel año. Nos encontramos ambos en la cárcel a disposición del entonces

ministro de la Gobernación. Luego nuestras vidas han seguido rumbos distintos y nuestro pensamiento

caminos divergentes. Ello no obsta para que proclame mi estima personal por Tamames. Aunque y en

seguida vamos a verlo— no comparta gran parte de sus tesis políticas. Reconozco, sin embargo, que hace

falta valor y capacidad de síntesis para haber escrito un libro como el que ahora critico. Valor, porque

muchos de los personajes que en la reciente historia de España desempeñaron un papel protagónico están

aún vivos. Capacidad de síntesis, porque resumir en 600 páginas los años cruciales que van desde 1931

hasta nuestros días no es tarea nada fácil.

Hecho el elogio, vayamos a los defectos que encuentro en el libro. Y el primero de ellos, imperdonable

para un historiador, es que Ramón Tamames toma partido. Ello puede observarse en multitud de pasajes

de esta obra. Veamos algunos de ellos, para mí los más significativos:

Hablando del paso del Estrecho por las tropas de Franco, escribe textualmente (página 250): «De no haber

habido apoyo internacional, el Ejército de África difícilmente podría haber cruzado el Estrecho.» Las

fuentes en que ha bebido Tamames son excesivamente parciales, Manuel Aznar ha narrado puntualmente

el paso del Estrecho el 5 de agosto de 1936. (Ver «Historia Militar de la Guerra de España», págs. 82 y

siguientes.) Allí escribe: «Tenían los rojos en su poder veintinueve unidades de la Marina de guerra —un

acorazado, tres cruceras, tres destructores y doce submarinos—, mientras el General Franco disponía

teóricamente de tres —un acorazado en reparación (el «España»), un crucero («Almirante Cervera») y un

pequeño destructor («Velasco»)— ; digo que teóricamente porque estas tres unidades se encontraban en

el Norte cuidando de apoyar los movimientos de las columnas de Pamplona sobre Irún y San Sebastián.

Por consiguiente, el mar gibraltareño y tangerino era de pleno dominio rojo, y sobre él nada podían,

aparentemente, los hombres del Movimiento Nacional. ¿Cómo trasladar las tropas de África a las costas

de España? Los destructores marxistas vigilaban incesantemente al Estrecho y bombardeaban nuestras

plazas africanas. La aviación del Gobierno de Madrid reiteraba sus vuelos sobre campos y ciudades,

Tetuán, Melilla y Ceuta conocieron pronto el acre olor de la trilita lanzada desde el aire. Sobre los

aeródromos marroquíes tenía Franco unos cuantos aeroplanos Breguet de tipo anticuado, con mucho

cansancio en las alas. En cambio, el Frente Popular había conseguido que desde París les aliviaran,

gracias a los buenos oficios del presidente del Consejo (León Blum) y del Ministerio del Aire (Pierre Cot)

veinticinco aviones de bombardeo flamantes y de modelo muy reciente; en Marsella iban a embarcar,

rumbo a Barcelona, veintiséis, aparatos más.

Franco no podía aspirar a tales refuerzos pero necesitaba, al menos, contar con alguna escuadrilla de

bombardeo, porque sólo así se decidiría a intentar la gran proeza que su mente iba madurando. Una

gestión afortunada permitió disponer de nueve trimotores italianos del tipo «Savoia 81», que el día 30 de

julio tomaron tierra en el aeródromo de Nador. Franco, informado de la llegada de aquellos nueve

trimotores, debió pensar que su magnífica estrella estaba luciendo con más esplendor que nunca.

«Ahora —comunicó— vamos a pasar el convoy.»

Uno de los mejores técnicos de la Flota española fue llamado a Tetuán para que informara sobre el envío

de tropas a la Península por el Estrecho de Gibraltar. El informe no pudo ser más sombrío.

Franco atajó:

Si, sí; lo que me dice usted es cierto; pero las fuerzas del Tercio y las unidades indígenas tienen que

pasar a la otra orilla. El marino insistió. Era verdad que habían llegado unos trimotores. Pero, en primer

tér mino, su número resultaba muy corto. El enemigo poseía muchos más. En segundo lugar, la lucha de

un avión contra un navio de guerra es muy incierta para el avión. Los destructores y los cruceros rojos

poseían cañones antiaéreos y buenas ametralladoras; nuestros trimotores no podrían acaso soportar el

fuego de los navios. Por otra parte, los barcos que debían transportar las fuerzas militares desde Ceuta a

Algeciras eran de poco andar. Para protegerlos directamente no se disponía más que del cañonero «Dato»,

un cascarón de nuez frente a las fuertes flotillas enemigas.»

Me he extendido en esta larga cita para demostrar el partidismo de Tamames. Realmente, para él la guerra

no la ganó Franco, ni el Ejército español» ni los miles de voluntarios, ni los provisionales. La ganaron (¡!)

los alemanes y los italianos con su ayuda. «Juzgue el lector imparcial sobre esta versión de los hechos.

Como puede juzgar de esta otra afirmación: «En muchas ocasiones se ha pretendido que el Alzamiento

fue una reacción «urgida al calor del asesinato de Calvo Sotelo. Pero lo cierto es que todo estaba

preparado con mucha anterioridad.»

Y es curioso que el autor se olvide de los millares de víctimas del terror rojo y recuerde, en cambio (pág.

257), que «en el sur de Galicia la represión adquirió caracteres trágicos». Era uno de los pasajes de su

obra, Tamames rememora sus recuerdos de niño y los bombardeos de Madrid. Yo también era niño por

aquel entonces y veo a mi madre de luto por el asesinato de mi hermano Alberto en Madrid. ¡Represión

trágica!, ¡vulgares asesinatos por la horda desatada frente-populista! ¿Por qué no compara Tamames los

asesinatos en una y otra zona?

Todo el libro está plagado de omisiones Intencionadas. Por ejemplo, lo ocurrido en la Marina, donde

sublevados los jefes de la Armada fueron luego reducidos y ejecutados sin miramiento.

Y de exageraciones. Sobre todo cuando cuantifica en más la ayuda alemana e italiana y en menos la

rusa y las brigadas internacionales. Veamos el ejemplo de estas últimas. En la página 282 dice Tamames

que las brigadas internacionales «nunca representaron un contingente de más de 18.000 hombres al

mismo tiempo». Y continúa: «en su conjunto se ha estimado que pasaron por España unos 40.000

voluntarios Internacionales». Pues bien, en el libro del coronel Martínez Bande «Las brigadas

Internacionales» calcula en unos 100.000 como número más indicado. La diferencia como se ve es

sensible y no justifica la conclusión de Tamames: «en suma, frente al ingente apoyo germano-Italiano, la

asistencia que recibió la República del exterior fue mínima».

De intento me he detenido en algunos aspectos de nuestra guerra civil, quizá por ser un tema ya

architratado. Pero la tendenciosidad de Tamames no queda a mi. Aparta de algún error de calibre como

confundir al general don Fidel Dávila Arrondo con Sancho Dávila (pág. 344) es que al tratar del sistema

social de la «era de Franco» apunta un claro pesimismo cuando afirma que «concretamente habrá que

preguntarse si al final de esta era se ha logrado que el país tenga un futuro abierto y esperanzador o si, por

el contrario, se ciernen en el horizonte los negros nubarrones de problemas no resueltos como el de la

educación y los desequilibrios socioeconómicos».

Tamames no da respuesta a tan importante pregunta. Pero yo me veo en el deber de recordarte que ésa es

la responsabilidad de todos los españoles, entre ellos, del joven profesor, hombre preparado si los hay en

su especialidad económica.

Y voy a poner punto final. El libro que comento merecería una réplica más extensa. Quizá en no tardando

mucho la tenga. Pero quiero recordar lo que escrito el profesor Seco Serrano en su introducción a la

Historia de España: «No podrá entenderse lo que fueron el Alzamiento de 1936 y la guerra civil que

le siguió mientras se trate de situar a aquél en la línea de los viejos pronunciamientos militares —cuyo

más próximo ejemplo habrá que buscar en la intentona de Sanjurjo en agosto de 1932—. Porque el

Alzamiento de 1938 implicó a grandes masas de la población marginales al Ejército: todas aquellas que se

habían sentido heridas o ultrajadas por el sectarismo de las izquierdas; lo que obliga a rectificar el fácil

esquema que reduce la guerra de los tres años a una lucha entre la España progresiva —la de los

intelectuales, la de las reivindicaciones sociales y culturales— y la España negra, la de las viejas

oligarquías reaccionarlas. EI cuadro es mucho más complejo, puesto que no fueron escasos los

intelectuales que expresaron su insolidaridad con el régimen republicano en su versión de 1936:

Unamuno, por lo pronto, repudió en términos durísimos el espectáculo ofrecido por la anarquía del Frente

Popular; Ortega protestó formalmente, ya al otro lado de la frontera, contra las presiones ejercidas

sobre los intelectuales para que prestaran sus voces a la República marxista; Azorín se sumó muy

pronto a la España nacional. Intelectuales comprometidos que pagaron dolorosamente con su sangre la

lealtad a sus convicciones los hubo en una y otra España: frente al desastrado fin de García Lorca se sitúa,

simétricamente, el de Ramiro de Maezlu, por no citar más que un caso.»

J. M. R. G.

Dibujos de CAÑIZARES

 

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