La justicia en la empresa     
 
 Pueblo.    08/02/1962.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

La justicia en la empresa

EL obispo de Bilbao, monseñor Gúrpide, en su importante carta pastoral referente a la encíclica "Mater et

magistra", ha recordado la doctrina pontificia del salario familiar, que debe permitir al trabajador

satisfacer dignamente sus necesidades y las de su familia, alcanzar un determinado grado de bienestar y

poder ahorrar algo, con objeto de formar una modesta fortuna. "Se trata—subrayó—de exigencias de

justicia debidas a un trabajo normal y dentro del actual régimen capitalista; es decir, en régimen de

contrato de asalariado, que, por otra parte, hay que superarlo claramente, como lo han expresado los

papas."

La reforma de la empresa es una acuciante aspiración, hasta el punto de que en el I Congreso Sindical se

supeditaron algunas reformas estructurales a la obtención de este objetivo principal. "Cualquiera que

conozca, siquiera superficialmente—ha dicho el obispo de Bilbao—, la realidad de nuestras empresas sa-

be perfectamente que el clima que se respira en ellas es de tensión y de oposición real entre capital y

trabajo. Es un hecho que no se puede ocultar, aunque no estemos conformes con él."

Es indudable que la oposición capital-trabajo no puede ser eliminada sólo con buenos propósitos ni con

fórmulas reglamentarias. Es necesario que en la práctica, y no sólo en teoría, los intereses del capital y del

trabajo sean exactamente los mismos o, lo que es igual, que los beneficios y responsabilidades se repartan

con equidad entre todos los que contribuyen a la producción. Pero esto sólo puede lograrse con una

reforma a fondo de la empresa que acabe con el artificio de que todos los poderes de dirección, gestión y

administración de lo que es común, se adjudiquen únicamente a una de las partes: el capital.

Como monseñor Gúrpide ha observado con acierto, las tensiones que se observan en las empresas no son

únicamente de carácter económico, sino que son también problemas de dignidad humana. "El

trabajador—dice—está adquiriendo cada vez más conciencia de su dignidad. Y el trabajador que posee

esta conciencia la estima y la defiende con más empeño que el dinero."

No bastan, por tanto, las reformas económicas, sino que hay que modificar las estructuras de la empresa y

del orden económico general. Añade monseñor Gúrpide que nos encontramos "en un terreno de prejuicios

psicológicos" y que no se pueden alegar razones de impotencia económica en orden a poner en práctica

tales exigencias. Acepta que a ciertas mejoras económicas puedan oponerse circunstancias coyunturales

también de carácter económico; pero hace ver con toda razón que "ciertos imperativos de la dignidad de

la persona humana del trabajador, con todas sos implicaciones en las relaciones humanas, en el trabajo, en

las responsabilidades, en las posibilidades de iniciativa y en hacer oír su voz los trabajadores, no

dependen de situaciones económicas".

En cuanto a la objeción, ya esgrimida por algún sector empresarial, de que los obreros no se encuentran

preparados para ejercer funciones directivas en la empresa, responde monseñor Gúrpide que en este caso

"habrá que hacer todo lo posible para capacitarlos, sin descuidar encomendarles otras que puedan

desempeñar".

 

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