Autor: Dávila, Carlos. 
 El presidente dio una explicación, no solicitada, sobre el "manifiesto de los cien". 
 Calvo-Sotelo ofreció sólo una mínima explicación de la crisis     
 
 ABC.    11/12/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

VIERNES 11-12-81

NACIONAL

El presidente dio una explicación, no solicitada, sobre el «manifiesto de los cien»

Calvo-Sotelo ofreció sólo una mínima explicación de la crisis

MADRID (Carlos Dávlla). La desilusión llenó ayer de rumores el Parlamento español. Ninguno

de los intervlnientes —salvo Roca Junyent— fue capaz de remontarse por encima de los

acontecimientos Inmediatos y realizar un análisis político riguroso y serio. Ni el presidente del

Gobierno, que en una intervención fría y reglamentaria rindió mínimas cuentas de una crisis

ministerial que él no entiende como tal.

Tampoco el líder de la oposición, que hizo un solo gesto de estadista: subir al estrado de los

oradores en vez de hablar, como los demás representantes parlamentarios, desde sus

escaños; y mucho menos, el todavía secretario general del Partido Comunista español, que

lanzó un soflama con preguntas demagógicas y afirmaciones incomprobables; ni siquiera el

otras veces brillante Manuel Fraga, que rozó la crítica al Ejecutivo, sin atreverse a ponerle en

auténticos aprietos, y, desde luego, tampoco Rojas Marcos, culpable en su medida de la

confusión autonómica y del conchabeo con el Poder establecido, que ahora se arroga

representaciones generalizadas que nunca podrá tener.

En definitiva, casi todos mal.

Calvo-Sotelo tiene un esquema preciso de su momento político y a él se ajusta sin moverse un

ápice de sus posiciones y principios.

Piensa, a mi juicio, el presidente que en esta ocasión no ha hecho una verdadera crisis

ministerial sino un retoque motivado por cambios imprescindibles, y piensa también que, como

no ha variado la oferta que planteó en su discurso de investidura, no tiene porqué exponer las

razones que le han movido a recambiar algunos elementos de su equipo gubernamental.

El razonamiento —planteado en boca de Calvo-Sotelo de forma frontal, sin concesiones a la

galería y en un lenguaje ciertamente tecnocrático— puede estar pleno de convicción, pero es

difícilmente asumible por una clase política —más o menos opositora— y por el conjunto de un

país dolido por los constantes ataques a la democracia, que creen que para esta concreta

situación de crisis ni bastan argumentos que serían impecables en pura normalidad

democrática.

Para Calvo-Sotelo la «normalidad» es un concepto en conquista permanente que tendrá,

todavía más en el futuro, asaltos a los que sólo cabe responder con el ejercicio de una

responsabilidad de la que no está dispuesto a abdicar.

Roca Junyent le recordó ayer al presidente, en un tono de colaboración difícilmente encubrible,

que no basta con hablar de normalidad: hay que aparentarla y, ciertamente, no existen

demasiados motivos para fundamentar el optimismo.

Roca sabe que el presidente posee las suficientes razones para rechazar las ofertas de

colaboración directas que se le hacen desde algunas zonas del hemiciclo. Hablo, naturalmente,

de las ofertas discutibles como de la de coalición que Felipe González tampoco se atrevió ayer

a dibujar con nitidez, no de los premio inmerecidos a fuerzas absolutamente minoritarias que

pretenden tapar sus crisis con protagonismos que no les corresponde. Por ejemplo, el PCE de

Santiago Carrillo.

La tendencia a «vender» normalidad del presidente, explica por otra parte, la formulación de su

discurso de ayer. Fue la suya una intervención descarnada de cualquier retórica y limitada a

explicar, en las menores palabras posibles, cuáles eran las razones administrativas que habían

motivado los cambios.

Marcos Vizcaya, el portavoz vasco, ayudó al presidente a justificar el nombramiento como

ministro adjunto del presidente del Grupo Centrista, Jaime Lamo de Espinosa, una designación

poco ortodoxa en limpia práctica de la democracia parlamentaria y que ha suscitado algunos

recelos y críticas entre los que piensan —a mi juicio con bastante razón— que el Ejecutivo no

debe mezclarse en el legislativo, ni siquiera en aras de un mejor entendimiento entre el

Gobierno y los diputados que, en principio, deben apoyarlo. Calvo-Sotelo quiso, en su discurso,

dejar las explicaciones sobre los últimos acontecimientos militares para el final, tratando así de

transimitir a la Cámara la sensación de firmeza y energía con que el Gabinete que él preside ha

afrontado el gravísimo pulso que han establecido contra el sistema ios firmantes del manifiesto

involucionista.

Sin embargo, en el discurso presidencial se ofreció la información posible sobre los sucesos

involucionistas, una información que, formalmente, no había sido solicitada por el trámite

parlamentario y que se conjuntó al hilo de la explicación del reajuste gubernamental.

Pienso, muy personalmente, que nadie entre los representantes de los grupos del Congreso se

ha atrevido a solicitar un debate en toda regla sobre la actualidad militar. No se quiere usar el

procedimiento y se utiliza sucedáneos que no dan, naturalmente, el resultado apetecido. Las

palabras de Felipe González, cauto como nunca, fueron, en este sentido, significativas por

cuanto sirven de alerta pero no de convencimiento.

Si el líder del Partido Socialista Obrero Español tiene más información que el Gobierno debe

hacerla pública; sólo así justificará su actitud en pro de una solución constitucional más fuerte

que la que ahora encarna Calvo-Sotelo.

Este es el camino.

 

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