En defensa de la Constitución     
 
 Diario 16.    24/02/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 10. 

En defensa de la Constitución

Vivimos las horas más amargas y acres de nuestros cinco años de democracia. A la hora de escribir estas

líneas, el Gobierno en funciones, el candidato a presidente a punto de ser investido y el Parlamento en

pleno permanecen prisioneros de una unidad de la Guardia Civil, cuyo líder amenaza con el advenimiento

de una autoridad militar que anule a la "establecida.

El capitán general de Valencia ha adoptado, entre tanto, unas preocupantes medidas, cuyo único resquicio

de esperanza emana del hecho de que quien las dicta se pone resueltamente a las órdenes de Su Majestad

el Rey.

Nuestro buen Monarca Juan Carlos, el Pacificador, es ahora más que nunca el gran faro de esperanza de

una nación, callada y serena, que quiere por encima de todo conservar sus bien ganadas libertades. Su

condición de Jefe Supremo de las Fuerzas Armadas y su reconocido; prestigio en los medios militares,

constituyen en un momento como éste una poderosa válvula de seguridad.

El pueblo está con el Rey valiente y joven -las centrales sindicales mayoritarias así los han subrayado—,

y lo está porque sabe que el Rey hará cuanto pueda por salvaguardar la Constitución.

A estos dos elementos vertebrales apelamos y nos referimos: la Corona y nuestra ley de leyes. La frontera

entre la civilización y la catástrofe no es al final sino ése texto por todos criticado, técnicamente

imperfecto y prolijamente elaborado que casi ningún ciudadano conoce en su integridad, pero que todos

intuimos como bóveda de nuestro Estado de derecho. Frente a quienes tratan de borrarla como si de una

simple linea de tiza se tratara, todos debemos reafirmarnos hoy en los valores de moderación y libertad en

los que creemos y que la Constitución plasma.

El único golpe de Estado que puede triunfar es el que haga cautivas nuestras conciencias. Cualquier

intentona, por apreciable que sea, quedará al final, simplemente en eso, si todos unimos m nuestras

manos, si todos juntamos nuestras voces y les explicamos a estos «salvadores» reincidentes —con toda la

templanza, pero con toda la firmeza que aún quede en nuestras almas— que queremos seguir empeñados

en la trabajosa y amarga, pero reconfortante y bella tarea de construir la democracia.

Y al decir democracia decimos justicia, bienestar, seguridad, progreso, felicidad, trabajo, amor y paz.

Queremos regenerar España, levantarla de su letargo, despertarla de su atraso, liberarla de sus

demonios..., hacer de ella un país respetado y respetable del que puedan enorgullecerse los hijos de

nuestro hijos y los nietos de nuestros nietos.

Por todo eso peleamos, por todo eso queremos que nos sigan dejando pelear. Nadie tiene el monopolio del

patriotismo y durante este último lustro la archinmensa mayoría de los ciudadanos han expresado

reiteradamente a través de las urnas que es así como lo entienden.

Nunca hemos creído que esta empresa colectiva fuera un camino de rosas. Quien más, quien menos, todos

tenemos ya rasguños en el alma, abrumados por el terrorismo, el desempleo, la carestía de la vida, las

dificultades energéticas y tantas otras calamidades. Demasiado sudor, demasiada sangre y demasiadas

lágrimas han ido jalonando ya lo andado, como para ahora aceptar volver atrás, a la oscuridad, a la noche

del miedo, al erial del odio, al páramo de la intolerancia.

Es tiempo de fraternidad, tiempo de cogerse del brazo sin distinción de izquierdas y derechas, tiempo de

levantar una muralla por la que no pase el caimán. Todos con la Constitución, todos por la democracia,

todos a exigir la oportunidad de que Sepharad —la España de Salvador Espríu— pueda seguir viviendo

«en el trabajo y en la paz, en la difícil y merecida libertad».

 

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