Autor: Esperabé de Arteaga González, Jesús. 
 Para un desarrollo parlamentario y. 
 La función revisora de la obra de gobierno     
 
 Madrid.    09/10/1969.  Páginas: 1. Párrafos: 11. 

PARA UN DESAROLLO PARLAMENTARIO Y LA FUNCIÓN REVISORA DE LA OBRA DE

GOBIERNO

Por JESÚS ESPERABE DE ARTEAGA

En artículos anteriores hemos expuesto nuestro particular criterio en torno a lo que es y a lo que debe ser

el Reglamento de las Cortes. Hoy quisiéramos cerrar estos comentarios con unas pinceladas sobre puntos

que, dentro de las líneas generales en las que nos hemos movido, han quedado sin abordar.

Tres inconvenientes

Tres son los inconvenientes del actual "status" que más saltan a :la vista, después de los defectos

estructurales hemos señalado.

En primer término se observa que no hay coordinación a nivel de, Comisiones, y esta falta de

interdependencia no es rentable para el país.

En e f e c t o, al funcionar nuestras Cortes en Comisiones, pues los Plenos son de mero refrendo y cada

procurador forma parte sólo de una o dos de aquéllas a efectos ´operativos, la labor legislativa, queda

subdividida , en compartimientos estancos. Resulta que cada Comisión tiene su sustrato, se interesa por

sus propias cuestiones, y a caballo en la iniciativa legislativa del Gobierno hace .su política y a reces

también su demagogia.

En segundo término es evidente que el procurador que no forma parte de una Comisión—y son muchas a

las que no pertenece—se encuentra desarmado e impotente ante éstas, Pues de poco sirve que pueda

enmendar un proyectó si a la hora de apoyar con su voto su criterio tiene que permanecer sentado. Soltar

el disco y marcharse, o contemplar como mero espectador cómo los demás discuten tus ideas, no suele ser

que digamos muy edificante. Sobre todo para aquellos que entienden que una cosa son preces y otra

postular, que las leyes sean de determinada manera.

Finalmente, y como consecuencia del anterior fenómeno, .está por crear la figura del "abogado del

diablo", que se encargue de defender en los Plenos lo que hubiera de ser el vínculo de los demás. Sólo

entonces podrá hablarse con razón de igualdad de oportunidades. • Queda, pues, claro que el momento

parlamentario actual demanda una menor tarea a nivel de Comisión y un mayor confrontamiento y

.contraste de pareceres a escala de Pleno. Como en éste no hay mayorazgos resultará; que ningún

procurador podrá considerarse entonces postergado. He aquí una directriz para futuras reformas y, que

por el momento tampoco se ha estimado prudente.

Las interpelaciones no son juegos florales

Ahora bien, si importante es la función legislativa de un Parlamento, no reviste menor interés ni rinde más

flaco servicio al país el control por las Cortes de la obra de gobierno. La fiscalización parlamentaria del

Ejecutivo es necesaria para que no haya excesos ni desviaciones de poder, pero sobre todo para que el

poder mismo se responsabilice. Pudiéramos decir que sin control parlamentario del Gobierno no existe

democracia y .que sin democracia no hay Parlamento Es, pues, como un círculo vicioso; en el que el

control parlamentario del poder de-. viene consustancial .al régimen parlamentario. No existe ésta censura

en los regímenes totalitarios — en los que, claro está, no hay democracia ni libertad—y en los que el

primer acto constitutivo es un auto de fe del sistema del Parlamento. Pero en los demás, en los que hoy se

llaman occidentales, sí, porque a efectos de garantía y salvaguardia la técnica no ha inventado las

cordiales del control del Ejecutivo por las Cortes. Piénsese en Ríatesa. La función pública es una obra

política y la política no tiene más que un enjuiciamiento: el político. Llevar la responsabilidad netamente

política a los Tribunales es no querer ver el bosque. Los Tribunales están para conocer de los delitos, y los

Parlamentos, de cómo los gobernantes gobiernan.

Pues bien, en todos los Parlamentos del mundo esta fiscalización de la función pública se lleva a cabo a

través de interpelaciones, en las qué los ministros, su obra y sus más estrechos colaboradores son

sometidos a confrontación publica. lo que requiere una preparación básica del hombre público, sin la que

al político no le es dado meterse en política.

Resulta entonces que aunque haya que guardar las formas porque la corrección no se debe perder nunca,

lo que las Interpelaciones no pueden ser son remedio de juegos florales.

Bien ésta, por aquello de evitar la sorpresa, que las interpelaciones se anuncien; pero no se exija su texto,

ni se sometan a cortapisas o aduanas, ni se saquen de los Plenos, ni se minimicen de tal forma que se

reduzcan a escuchar un discurso que se conoce, contestar y marcharse; ni se dé tan de lado a los demás

que los demás queden reducidos a meros espectadores, ni en definitiva se les obligue a los procuradores a

ejercer la función fiscalizadora desde los periódicos. Porque los intereses que estan en juego son

nacionales, y ante esta calificación ningún parlamentario tiene derecho a inhibirse ni el Gobierno puede

condenarles a estar en el salón de imaginaria. Ahora bien, el carácter orgánico de nuestra Cámara no debe

ser óbice para que el sistema parlamentario pierda un objetivo: el control del poder. Es mas, la concepción

orgánica de nuestras Cortes, el no apoyarse los Gobiernos en éstas y el detentarse constitucionalmente el

poder por un período se presta a que con mayor generosidad se pueda debatir en el Parlamento la

actuación de los ministros y sus colaboradores, puesto qué de este debate saldrá una rectificación de la

obra de gobierno si el viraje se impone, pero nunca—en puridad de derecho al menos—se deducirá una

crisis.

Inmunidad parlamentaria completa

Claro que para que el control del Ejecutivo sea eficaz hacen falta dos prenotandos. En primer lugar,

libertad de movimientos para el procurador, cuya Investidura debe ser ya una garantía dé madurez y

responsabilidad. En segundo término, Inmunidad a todos´ los niveles. Quiere decir esto que sin la

autorización legítima de las Cortes un parlamentario no puede ser perseguido por autoridad alguna por su

actuación política. Creo que mi pensamiento en esta materia está claro. Estimo que no valen atajos, que se

es o no se es, que la inmunidad parlamentarla es monocolor y que, por lo tanto, no admite medias tintas.

Colofón

Sin embargo, tampoco en este aspecto, en la larga y difícil singladura de catorce meses de contactos,

hemos conseguido que el anteproyecto del Reglamento de las Cortes navegara por estos derroteros. ¿Por

qué? ¿Porque hemos alcanzado la cota máxima y en materia dé apertura el régimen no da más dé sí? Yo

creo que no, que el sistema es más elástico y que Quienes quizá no lo sean, tanto—por causas múltiples,

entre las que no cabe descartar la falta de capacidad para la controversia—son algunos de los que hoy

circunstancialmente ostentan la gerencia. En este caso el mal es subjetivo y la enfermedad tiene remedio.

Curarla debe ser empeño de los que sin ambages deseamos la institucionalización del régimen, y

entendemos que sus raíces exigen barbechar el terreno para que gobiernen los mejores y debajo de la vieja

piel de toro quepamos políticamente—cómoda y pacíficamente—la totalidad de los españoles. Ni decir

tiene que la más elemental terapia exige, y como primera medida, que se actualice el Reglamentó de las

Cortes. Lo que debe hacerse y con carácter de urgencia; esto es, anteponiendo esta rectificación de las

reglas del juego parlamentario a otras normativas menos perentorias.

 

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