Autor: Aguirre Bellver, Joaquín. 
   Regionalistas y provincianistas     
 
 Pueblo.    21/05/1975.  Página: 6. Páginas: 1. Párrafos: 37. 

Por Joaquín AGUIRRE BELLVER

REGIONALISTAS Y PROVINCIANISTAS

ESTO que íes digo a ustedes me sale del corazón: ni entiendo ni entenderé nunca a los políticos. El otro

día tuve que decirle a Anselmo de la Iglesia que no me había gustado una intervención suya, que, a mi

juicio, había estado a punto de enredar las cosas y que no podía reducirse la cuestión regional a unos

términos económicos. Bueno, pues ayer se me encuentra en las Cortes, en el bar, durante el descanso, me

abre los brazos y me dice:

—Toma lo que quieras, hombre, y muchas gracias por esa crónica que me dedicaste.

Pensé que iba con segundas, y traté de disculparme como pude:

—Bueno, yo, la verdad...

Pero me interrumpió, lleno, de euforia:

—Quita, si verás lo que pasó. Yo me echo el periódico a la cara, lo leo, y, vaya, que no me cayó muy

bien.

—Claro, si es qué uno..

—Calla, hombre, que no he terminado de leerlo del todo cuando empieza a soñar el teléfono. Un amigo,

para felicitarme. Y no he hecho más que colgar, cuando otra llamada, y otra y otra. Chico, que no han

parado de hacerme felicitaciones. Entonces he dicho para mí: «Cuando tanto me felicitan, es que la

crónica es buena.» Conque, ¡ea!, muchas gracias, y ¿qué es lo que quieres tomar?

—Una cerveza.

—A ver, una cerveza para este señor.

POR eso luego le dije a Viola lo que le dije, y seguro que él no me entendió. Se habían puesto Madrid del

Cacho y él a discutir sobre, quién ganó Murcia a los moros, si catalanes ó. castellanos. Todo ello traído

por los pelos a propósito del regionalismo. Pero ya saben ustedes que es muy de españoles —catalanes,

castellanos o andaluces— picarse más en las cuestiones nimias que en las trascendentales. Bueno, pues

Joaquín Viola Sauret se viene hacia mi en la tribuna, y se viene con un tomo abierto por mitad.

—¿Lo ves? ¡La «Crónica de Jaime I»! Aquí, todo lo referente a la conquista de Murcia. Aquí está; puedes

leerlo. Y puedes decirlo en el periódico; si te parece, claro está.

Le he respondido:

—¿Pero usted hace caso de los cronistas? A ver: ¿Qué es, a fin de cuentas, una crónica, don Joaquín?

UNA crónica, señores, para un político, no es buena ni mala, no es verdad ni mentira. Todo depende de

cómo les caiga a los paisanos; en el caso de Anselmo de la Iglesia,a los paisanos de Valladolid. Conque a

mí no me vengan con lo que dice la «Crónica de don Jaime I». Díganme si a sus paisanos les cayó bien o

mal aquello de que el cronista contase que había conquistado Murcia. Los políticos, la política, son así:

incomprensibles; al menos, para un seguro servidor.

UN caso parecido: el otro día le dije a Madrid del Cacho que en la sesión se había creído que era nada

menos que Shakespeare. Pues le cayó bien; compró todos los periódicos, de ese día en la provincia, y se

los repartió a concejales, funcionarios, amigos...

—Oye —le advierto—: Que está feo hacer propaganda electoral con las crónicas de uno.

Nunca conseguiré entenderlos, nunca. Yo escribo, y luego, ¿quién sabe? .

AL tema de la región, tan ardorosamente defendido por Escudero Rueda, le han salido poderosos

valedores. Falangistas y tradicionalistas se sumaron ayer en la defensa de unas ideas a las que aportaban

textos contundentes de José Antonio y de Vázquez de Mella. Carlistas, José María Valiente y Asís

Garrote; falangistas, Pedrosa Latas y, señores, Anselmo de la Iglesia.

Mientras me bebo la cerveza, le pregunto:

—Pero tú, Anselmo, ¿estás con la región o no?

—¿Yo? ¡Pues claro que si que estoy! ¿Cómo no había de estar?

—Es que, mira, yo ando hecho un lío. Unas veces me parece que hablas a favor, y otras, en contra.

—Pero, ¿qué duda cabe?

—¡Si tú lo dices!

Y es que yo juraría que de las dos veces que habló, una fue para apoyar y otra para atacar. Pero nadie

mejor que él. Por eso le pregunté, precisamente.

PERO si le han salido valedores, también le han salido problemas. El principal, en la sesión de ayer, fue

el tema de la provincia No todas las provincias parecen mostrarse muy satisfechas conque se haga de la

región una entidad superior. Alonso Villalobos advirtió:

•—¡Cuidado, que corremos el riesgo de sustituir un centralismo por otros centralismos!

SIN embargo, el orador más insistente sobre el tema fue el último, precisamente el último: el presidente

de la Diputación de Tarragona. Comenzó el señor Clúa Quixalós advirtiendo que en casa se habla la

lengua vernácula,, se reza en catalán y se canta el «virolai» y hasta «La santa espina». Ignoro cómo habla

la lengua vernácula en su casa el señor Clúa pero, desde luego, la castellana y la latina, con ciertas

dificultades Sobre todo, la latina, y se lo digo para que cite menos latinajos, ¡caramba!, que no hay quien

se los entienda, pronunciados tan vernáculamente.

—A Escudero Rueda tengo que decirle, cuando tanto alaba el estatuto, que tal vez no hablarían igual las

gentes de Gerona, Tarragona y Lérida.

TODO su informe fue un canto • a la provincia, a la que atribuyó mayor realidad y mayores posibilidades

que a la región. Terminó con estas palabras.

—En mi tierra somos catalanes y españoles de la provincia de Tarragona. Y el que sepa entender, que

entienda.

Como estoy seguro de que mis lectores son unos entendedores estupendos, pues ni una palabra más. Yo,

por mi parte, ya he dicho que renuncio.

L LEGADA la hora de la votación, ni un solo procurador en pie para apoyar lo regional. Miro en torno, y,

casualidad, no está ninguno de los que habían sostenido la bandera toda la tarde. Seguro que lo dejan para

más adelante, cuando se trate el tema más concretamente, porque ayer —las cosas, como son— venía un

poco a la fuerza en el texto. HUBO un momento delicadillo. Fue cuando Madrid del Cacho recordó,

como haciéndose el nocente, que en cierta ocasión un Municipio vizcaíno echó a pedradas a un obispo

que había ido a influir sobre la Junta municipal reunida:

—Ya es hora, señores, de que a los obispos, cuando se meten en lo que nadie les manda...

El presidente, don Juan Sánchez Cortés, le cortó rápidamente el uso de la palabra..., diciéndole que

llevaba demasiado tiempo usando de ella. Disciplinado y respetuoso, el orador se la dejó quitar.

 

< Volver