Autor: Ruiz Gallardón, José María. 
   Falange y socialismo  :   
 De Manuel Cantatero del Castillo. Editorial Dopesa, 1973. 
 ABC.    01/11/1973.  Página: 61,63-64. Páginas: 3. Párrafos: 12. 

ABC JUEVES 1 DE NOVIEMBRE DE 1973. EDICION DE MAÑANA. PAG. 63

«FALANGE Y SOCIALISMO»

De Manuel Cantarero del Castillo

Editorial Dopesa. 1973.

Por José María RUIZ GALLARDON

Manuel Cantarero del Castillo es un político puro. En el doble significado del término. Puro porque toda

tu actividad se vuelca en la política, y puro, también, por la honradez de todos sus actos.

Cantarero del Castillo es falangista. Y pretende resucitar la primitiva Falange para constituir con ella una

izquierda nacional dialogante y anturevolucionaria. Para ello aproxima su Falange a la socialdemocrática

europea. Cantarero del Castillo quisiera ser —y es muy posible que llegue a conseguirlo— el Willy

Brandt español.

Ahora nos ofrece un libro sugestivo que tituló «Falange y socialismo». Para quienes no hemos sido nunca

socialistas —y quizás por eso tampoco falangista»— el libro tiene un triple valor.

En primer término, porque aclara de manera exhaustiva lo que quiso ser la primera Falange, la de Primo

de Rivera y Ledesma Ramos. En segundo lugar, porque nos presenta la progresiva transformación da

aquella primera Falange, empujada sobre todo por necesidades bélicas en un movimiento mucho más

conservador y derechista. En tercer término, porque abre la vía a una izquierda nacional absolutamente

necesaria en el futuro de España. (Otra cosa es que esa nueva Izquierda quiera o no seguir llamándose

Falange.)

Sería imposible, en el corto espacio de una critica, comentar debidamente cada uno de los puntos en que

se subdivide el libro. Pero si me parece necesario, por su proyección de futuro, hacerlo con algunos de

ellos. Por ejemplo, con al capitulo destinado a la Falange y el Movimiento Institucional, tema del que

traía con gran amplitud en el VII apartado de su obra titulado «la negación falangística de la derecha».

Comienza el tutor por afirmar que «derecha e izquierda son dos conceptos políticos altamente equívocos

porque varían en su significado, según las circunstancias de modo, tiempo y lugar. Se puede ser de

izquierdas dentro de la derecha y se puede ser de derechas dentro de la Izquierda. Se puede ser hoy de

Izquierdas y, sin moverte de la posición ideológica, resultar de derechas mañana. En verdad, y como la

Historia demuestra, la izquierda de hoy es siempre la derecha de mañana. Se puede ser de derechas en

Suecia y, sin alterar tampoco la posición mental, resultar de izquierdas y aun de extrema izquierda, en

España o aun más en Sudáfrica, etc.». Continúa sosteniendo que hay situaciones en que la relación de

oposición entre derecha e Izquierda es de tal grato que afecta a la Integridad, y asi dice: «Los

antropólogos y los psicólogos han establecido que esa determinación de la voluntad está sometida,

permanentemente, dentro del hombre, a una tensión antagónica y equilibrante, entro dos Impulsos

fundamentales: el del instinto de conservación y de defensa o "neofobia» (horror a lo nuevo) y el del

instinto de exploración y de conquista o "neofilia" (amor a lo nuevo). De la «neofobia» nace el

sentimiento de la prudencia, y de la "neofilia", el sentimiento de la audacia. La "neofobia",

evidentemente, es la "derecha", en el área Intima de las alternativas del entendimiento-voluntad

Individual, y la "neofilia" es, con Igual evidencia, la "Izquierda".

Ello es lo que ocurría en la España de los años treinta. Derecha e Izquierda tendían no al predominio

democrático de una sobre otra, sobre la base de la aceptada coexistencia civil, sino a la exclusión o la

aniquilación recíproca (como de hecho había de acabar ocurriendo: la derecha excluyó de raíz a la

izquierda, por lo menos, basta hoy, para más de treinta años). No se trataba de graduar dialécticamente la

marcha del desarrollo y al destino comunitario con la combinada tensión da oposición entre la fuerza de

aceleración (izquierda) y la fuerza de frenado (derecha), sino de frenar en seco o de acelerar a fondo,

queriendo quemar las etapas necesarias impuestas por la Historia. En los años treinta, ni las derechas

querían la República (por lo menos, las derechas tradicionales, todopoderosas en la derecha) ni las

izquierdas la querían tampoco (por lo menos las izquierdas proletarias, todopoderosas en la Izquierda). En

talas condicionas, operando con una mentalidad equilibrada y occidental, extrapolados del drama, y sin

estar apresados subjetivamente en al mismo, no se podía ya, en verdad, ser ni de Izquierdas ni de derechas

en la España de entonces. Se trataba primero de afirmar al orden mínimo, al orden de compromiso estricto

imprescindible para la convivencia, para que al ser de derechas o de izquierdas, dentro de la aceptación de

una unidad de destino común, tuviese un sentido funcional. Sólo en el marco de tal reflexión se hace

comprensible la afirmación de José Antonio de que "la Falange" no era "ni de derechas ni de izquierdas".

Veamos cómo se entrevé ello cla-

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ramente en la forma áspera, radical, dura, en que personalmente Ramiro Ledesma, y el falangismo

fundacional, en general, hacen la crítica explícita y directa de las derechas. Pero de las derechas del

egoísmo y de la ceguera no de las de derechas de la prudencia y de los sentimientos, a la cual,

evidentemente y como también podría comprobarse con citas de textos, respetan e incluso admiten como

necesarias, aunque no tanto, por supuesto, como para que la Falange pudiese resultar inscribible en su

cuadro.»

De estas afirmaciones pasa a estas otras: «En el pasado —y esperemos que no sea así en el futuro— el

signo institucional prejuzgaba indefectiblemente el signo ideológico, de forma que las categorías políticas

situacionales "izquierda" y "derecha" entrañaban una respectiva militancia indiscutida en el bando

republicano o en el bando monárquico. España no había sido capaz de ponerse de acuerdo

democráticamente al respecto, ni tampoco había disposición para aceptar la resolución del problema

básico en función de la voluntad popular mayoritaria. Durante mucho tiempo, y aún hoy todavía en

alguna medida, designar a una persona como republicana o como monárquica equivalía a calificarla

automáticamente como "de izquierdas" o "de derechas", como conservadora o como progresista. Al

principio, constituyó una paradójica excepción, en este aspecto, el partido socialista obrero español, toda

vez que quiso sostener une indiferencia proletaria anta las dos formas institucionales que consideraba

igualmente burguesas. (En torno a esta cuestión cabe apuntar aquí, de paso, y cara al futuro de España,

que la Monarquía establecida tendrá que procurar evitar al grave error político de la institución en los

tiempos pasados, de forma que los intereses de unas clases u otras o las ideas da unos grupos u otros no

sean excluyentemente identificables con la institución, porque si resultara que el pueblo hubiera de venir

de nuevo a entender que lo monárquico es lo reaccionario, lo conservador, lo oligárquico, etc., no tardaría

en volver a ser de nuevo republicano mayoritariamente y la Monarquía no prestaría a España el servicio

decisivo que le puede prestar si hace posible una equilibrada dialéctica democrática de progreso, al

margen de todo intento oligárquico de hacer de la institución instrumento de sus intereses.»

Estas acertadas últimas palabras da Cantarero hacen de por sí más valiosa la aportación de este libro en el

que, como se ve, el autor no sólo no rechaza, sino que acepta la Monarquía, si bien pide para las huestes

izquierdo-falangistas sitio en ella.

Otro punto. Este el que da título al libro: Falange y Socialismo. Comienza Cantarero por dejar sentado lo

siguiente: «Pero, en la práctica, para José Antonio, y en general, para al falangismo fundacional el

socialismo fue siempre, por antonomasia, el socialismo «comunista» da la dictadura del proletariado, el

socialismo ruso da la III Internacional. También fue así, desde entonces, para toda la burguesía española.

De ahí y de una confusión histórica no sólo no aclarada, sino estimulada por al conservatismo, se deriva

que el español medio de hoy entienda y considere lamentable que «socialismo» y «comunismo» son una y

la misma cosa y qua ignore, de ordinario, que el socialismo democrático (que es lo que el mundo entiende

por «socialismo»), a pesar da su origen común con el «comunismo», haya llegado a ser antagonista

radical del mismo. El equivoco se hizo posible porque el socialismo democrático español (el

«socialismo»), aun habiendo condenado la Internacional Comunista, acabó, bajo la presión del

desbordado maximalismo proletario, rompiendo con la democracia, propugnando la «dictadura de

proletariado» y predicando el asalto revolucionario al Poder. Es curioso que esta actitud del socialismo

bolchevizado fuese combatida por el pequeño partido comunista que entendía que la revolución era

tácticamente imposible en las circuntancias internas de la España de entonces y en el contexto

internacional en que la misma se hallaba inscrita. Todo ello era paradójico porque el Partido Comunista

había nacido pocos años antes de la escisión de un pequeño grupo socialista, que no aceptó la negativa del

Partido Socialista Obrero Español a integrarse en la III Internacional o Internacional Comunista, ni la

aludida condena que hizo de la misma, luego del informe de Fernando de los Ríos sobre su visita a

Rusia». De ahí que pueda decir páginas más adelante que aunque al igual que el socialismo democrático

la Falange fundacional sufrió el influjo de la crítica marxista de la sociedad burguesa es preciso distinguir

que «para el socialismo "comunista", la socialización equivalía fundamentalmente a la "nacionalización"

o "estatificación" de la propiedad privada de los medios de producción. Para el socialismo democrático,

como habremos de ver, la "nacionalización" era una más, y no la primordial, de las formas da

socialización de esa propiedad». Pues bien, frente a las nacionalizaclones marxistas José Antonio opuso

«el concepto da nacionalización da los servicios públicos a través de las corporaciones» de honda

tradición socialista democrática, según Cantarero. Más adelante señala la casi identidad de estos puntos

con los del comunista y antimarxista Ángel Pestaña. En definitiva, se trata de ir hacia una socialización

sindical del tipo de Otto Baver o Kart Kautsky. Y hasta llegar a decirnos: «La idea socialista-democratlca

de una racional coexistencia entre propiedad privada y propiedad social, entre iniciativa privada e

iniciativa pública, propia de la concepción da un sistema de economía mixta típicamente reformista, asu-

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mida también por los fundadores de la Falange, no se halla sólo en los escritos de los pensadores

socialistas, como acabamos de ver, sino igualmente en sus textos oficiales.» Y sigue: «El parentesco o la

afinidad entre los textos falangistas fundacionales y los textos socialistas democráticos que citamos, a

titulo de ejemplo, es algo que el lector que conozca bien las teorizaciones respectivas, advierte pronto, a

pesar de las barreras y abismos que parecen separar a ambas. A veces las similitudes, incluso en e1 modo

y el tono de expresión, son casi literales de manera sorprendente. Por ejemplo, José Antonio en su

conferencia del Circulo Mercantil de Madrid, haciendo una defensa tácita del socialismo, escribe: «El

capitalismo, tan desdeñoso, tan refractario a una posible socialización de sus ganancias, en cuanto vienen

mal las cosas es el primero en solicitar una socialización de las pérdidas.»

Ello no impide a Primo de Rivera criticar el socialismo. «El socialismo —dijo José Antonio en el discurso

de la Comedia—, que fue una reacción legitima contra aquella esclavitud..., vino a descarriarse porque

dio primero en la interpretación materialista de la vida y de la Historia; segundo, en un sentido de

represalia; tercero, en una proclamación del dogma de la lucha de clases...» En general la objeción más

grave que el fundador de la Falange hace al socialismo, entendiendo siempre que no había más socialismo

que el que se hace visible en la España de aquellos días, es el de la subestimación por el mismo de todo

valor espiritual en el hombre.»

Y es importante subrayar, por lo que tiene de vivencial, democrático y antirrevolucionario, el siguiente

párrafo: «El socialismo democrático de hoy, al igual que el falangismo como vimos, condena toda

pretensión de imposición hegemónica de una clase sobre las otras, aunque se trate de la clase proletaria,

puesto que condena la "dictadura del proletariado" y también la lucha de clases, pero no en el sentido de

no reconocer el hecho indiscutible de su existencia —cosa que, como vimos, tampoco hace el

falangismo—, sino de tratar de eliminar los supuestos que la determinan y, en todo caso, de llevarla,

atenuada por las reformas sociales inmediatas y constantes, a un terreno del diálogo y de transacción

progresiva. En rigor, lo que ha ocurrido en los países desarrollados es que con la prosperidad económica

de la sociedad de masas la lucha de clases, aún subsistiendo, es de un grado reducido tal que permite la

cooperación y la convivencia pacifica entre las clases dentro de un proceso, más o menos acelerado, de

nivelación económica.»

Como se ve son muchos los valores positivos del libro que comentamos, pero, como decíamos al

principio, queremos destacar sobre todo el propósito de un hombre falangista y socialdemócrata,

integrado en el Régimen con claro y brillante porvenir futuro de entrar en diálogo y hacer dialogar a las

masas españolas con una derecha, en la que creo que no miento si digo que cada día intenta acercar más

sus motivaciones políticas a las reivindicaciones sociales de esa izquierda nacional, no marxista,

inteligente y dialogante. Lo difícil es hoy todavía separar en la conciencia socialismo y marxismo.—

J. M. R. G.

 

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