Autor: Fuentes Quintana, Enrique. 
 Crecimiento económico y empleo. Estamos en uno de los niveles más bajos de Europa. 
 Descenso continuado de la población activa y de la ocupada     
 
 El País.    17/09/1978.  Página: 36. Páginas: 1. Párrafos: 16. 

Crecimiento económico y empleo

Cada vez es más costoso crear empleos

Mejorar el nivel de empleo de la economía española exige programar tasas mayores de crecimiento en la

producción. Sin embargo, la relación entre desarrollo y empleo no sigue un patrón inmutable. Como se

recoge en el gráfico adjunto, la experiencia histórica en España demuestra que el crecimiento económico

ha comportado cada vez menores aumentos relativos en el grado de ocupación. Entre 1962 y 1972, la

tendencia en el crecimiento de empleo, que origina por término medio un punto de incremento en el

producto interior bruto, es decreciente. Es decir, cada vez es preciso un crecimiento mayor de la

producción para generar los mismos efectos sobre el empleo. Entre 1973 y 1978, las tasas de evolución

del empleo son negativas y acusan una tendencia creciente en sus valores absolutos por cada unidad de

aumento en la tasa de crecimiento de la producción nacional. Esta tendencia no exige un patrón lineal

para el crecimiento futuro, sino una adecuada programación sectorial que origine los mayores efectos

posibles sobre el nivel de empleo:

Estamos en uno de los niveles más bajos de Europa

Descenso continuado de la población activa y de la ocupada

Ninguna información resulta a la vez tan insustituible como importante para conocer los problemas

económicos de una sociedad como la que suministran las cifras de su población y de su actividad. Es en

ellas en las que tiene que aprenderse la primera lección de una economía y es a través de esas cifras como

pueden evaluarse su situación y las dificultades condicionantes de la política económica.

Tres factores caracterizan la evolución demográfica española en los últimos años y describen sus

problemas actuales:

1. El «boom» de la población en las décadas pasadas, producido por unas tasas de natalidad elevadas y

la práctica desaparición de la mortalidad infantil, ha promovido una especial estructura de la pirámide

de población, con acusado crecimiento de la población joven en edad dé trabajar.

2. Otro factor que está afectando notablemente a la estructura de la población española, con su

correspondiente incidencia en el nivel de actividad y de paro, ha sido el retorno de gran parte de los

emigrantes europeos: el desempleo de los países, de Europa se ha acusado en nuestras mayores cifras

de población. Los ajustes introducidos por el Instituto Nacional de Estadística en las cifras de

población, con aumento de la población calculada para 1978 en cerca de medio millón de personas,

puede deberse, en gran parte, al retorno de emigrantes. La tasa de crecimiento de la población

española, que el INE situaba en 1,06% anual, se ha corregido al 1,19%. La población en edad de

trabajar (3,2%) —que en España se considera a partir de los catorce años— crece así a tasa algo

superior a la de la población total (1,60%).

3. El ininterrumpido éxodo rural con caída de la población activa agrícola en tasa anual acumulativa del

3% proporciona crecimiento de la oferta de trabajo en torno a las 80.000 personas anuales.

Crecimiento vegetativo, retorno de emigrantes y éxodo rural constituyen los tres factores que están

condicionando dramáticamente el problema del empleo español.

Menos oportunidades

Frente a este desarrollo demográfico, la falta de creación de puestos de trabajo —a raíz de la crisis

económica de 1974— se ha traducido en una progresiva disminución de las tasas de actividad y

ocupación, junto a un ininterrumpido aumento de la tasa de paro.

La caída de las oportunidades de empleo en España se recoge así paralelamente en dos frentes distintos:

las tasas de actividad de la población y las cifras de paro.

La falta dé oportunidades de trabajo ha reducido drásticamente las tasas de actividad y de ocupación,

situándolas en niveles preocupantes, los más bajos de los países europeos industrializados. Las tasas de

actividad de la población española no son europeas, como prueban claramente las cifras del cuadro. La

tasa de actividad de los mayores de 14 años está por debajo del 50%, concretamente en el 48,2% para el

segundo trimestre de 1978.

La población ocupada en España, en el segundo trimestre de 1978, se ha reducido a 12.201.900 personas,

frente a 13.156.000 en igual período de 1974. Ello supone una baja de 954.100 puestos de trabajo. Para

recuperar la tasa de ocupación de 1974 (37,2% sería necesario alcanzar la cifra de 13.804.400 personas

ocupadas, 1,6 millones más de las actuales.

Simultáneamente, la tasa de paro (activos sin empleo) se eleva al 7,1%, tasa no sólo europea, sino incluso

superior a la de muchos países occidentales, que cuentan, sin embargo, con tasaste actividad muy

superiores a la española.

Esa cifra total se presenta con características que agravan sus consecuencias. Tres son los fundamentales.

Por un lado, él paro es fundamentalmente juvenil, afectando especialmente a las nuevas generaciones que

deberían acceder a la condición de ocupados (17,4% de su población activa) y también a la mujer, con

una tasa de actividad del 27,4%, que demuestra su discriminación en la demanda de empleo. Él paro

presenta también una estructura regional muy acusada. Así, Andalucía, que representa el 14,8% de la

población activa española, concentra el 30,1 % del paro total. Las más altas tasas de paro, a nivel

regional, se sitúan en Andalucía, Canarias y Extremadura, regiones todas ellas con tasa de paro superior al

9% de su población activa.

Es evidente que no puede presenciarse con pasividad esa doble característica a que responde la evolución

de la población activa española y sus niveles de paro. España no puede seguir siendo un país no europeo

con estos porcentajes de población activa de paro si aspiramos a lograr niveles superiores de vida, a

satisfacer más y mejor las necesidades públicas y privadas, a facilitar el desarrollo de las regiones

atrasadas, a incorporar productivamente las energías y los conocimientos de las jóvenes generaciones.

Esas aspiraciones legítimas no pueden satisfacerse por medios insuficientes. Ni una mayor dotación de los

recursos públicos frente al paro, ni el adelantamiento de las jubilaciones, ni la prolongación de la edad

escolar, son suficientes. Se precisa, sobre todo, la creación de nuevos puestos de trabajo a través del

desarrollo de los sectores productivos, articulada en un programa coherente de política económica que

reciba el apoyo de la sociedad. El objetivo de la ocupación debe tener un lugar prioritario. Fijar un

objetivo de empleo que detenga el grave mal de la caída de la población activa y el crecimiento del paro

constituye un elemento indispensable del programa de política económica para el futuro.

Si hay un dato social de fácil cuantificación es la determinación de las necesidades de empleo futuras. Los

jóvenes que han de acceder al mercado de trabajo forman parte ya de la población y se sabe cuántos son.

Teniendo en cuenta que la población española está creciendo al 1,20% anual acumulativo para igual tasa

de actividad (35,4%), afluirán 158.000 activos cada año. Pero la población joven comprendida entre los

15 y los 25 años crecerá a tasa superior, tasa anual del orden del 1,50%, que supone la incorporación de

unos 200.000 activos para cada uno de los cinco próximos años. El objetivo de empleo podría concretarse

asj en la creación de un número de puestos de trabajo que no puede ser menor de 200.000 por año. Ello

mantendría la bolsa de paro en torno al millón de personas y no aumentaría la tasa de ocupación

femenina. En la medida que se supere la cifra de los 200.000 puestos de trabajo por año se iría reduciendo

la tasa de paro. Pero la creación de puestos de trabajo a razón de 200.000 por año sólo sería suficiente en

el supuesto de un comportamiento neutral del empleo agrícola. Si la agricultura cede población activa, la

cifra objetivo de los 200.000 puestos de trabajo tendría que incrementarse en igual cuantía.

Para 1983 se estima una población española residente en torno a los 39 millones. Si se alcanzara tasa de

actividad del 37%, la población activa se situaría en 14.430.000 de personas. Como en 1978 es de

13.140.000, habría aumentado en cinco años en 1.290.000 personas. Aproximadamente, de 250.000 a

260.000 activos por año. De crecer la población ocupada al ritmo de 250/260.000 personas por año; se

retornaría a tasas de paro inferiores al 4%. Quiere decirse que la acción de la política económica en los

próximos años debe tender a una tasa de crecimiento de la población ocupada del orden del 1,7% anual

acumulativo. Tal es el reto y la exigencia impuesta por el dinamismo demográfico español.

 

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