Autor: Pastor, Manuel. 
   Socialismo y revolución cultural     
 
 El País.    24/10/1976.  Página: 7. Páginas: 1. Párrafos: 10. 

EL PAÍS, domingo 24 de octubre de 1976

OPINION

Socialismo y revolución cultural

MANUEL PASTOR (Profesor de Ciencia Política de la Universidad Complutense y

secretario de relaciones internacionales del Partido Socialista Popular).

En un articulo reciente, el profesor Aranguren («Los tiempos histérico-

políticos», EL PAÍS, 11-X-76), escribe textualmente: «Permítaseme adelantar que,

a mi juicio, tras de demandar la ruptura política, habrá que plantear el

problema de la ruptura o el cambio cultural: el cambio en cuanto a lo que he

llamado cultura establecida en España y principalmente en Madrid y por Madrid».

Lamento discrepar con una persona del prestigio intelectual y la ecuanimidad del

profesor Aranguren, que tan valerosamente ha impugnado la cultura establecida,

cuando plantea de una forma inexacta el problema de lo que él llama la ruptura o

el cambio cultural.

En primer lugar, ¿a qué concepto de cultura se refiere? A la establecida. Bien.

Si entendemos el establecimiento como el conjunto más o menos estable de

enclaves o ámbitos de poder (en este caso, culturales) imbricados históricamente

en una determinada formación social, queda por explicar en términos de clase qué

ámbitos o instancias culturales deben ser cambiados. Creo que del contexto se

puede colegir que el autor se refiere a los ámbitos culturales de la clase

dominante, cuya hegemonía ideológica impregna y condiciona a toda la cultura

establecida.

Sin embargo, no es ésta la cuestión que me interesa discutir y aclarar aquí. El

quid reside en el momento cronológico en que el autor sitúa la ruptura cultural,

después de la ruptura política. No deja de sorprenderme que, si bien,

reconociendo, sin duda, la autonomía de la cultura y la política, se hable de

ellas como si fueran instancias independientes. A mi juicio, constituye el error

característico de la perspectiva «intelectual», que pretende utópicamente

aislarse de las concatenaciones políticas, históricas.

Esto es, eludir el compromiso político.

Porque, no nos llamemos a engaño, la reforma intelectual y moral (la revolución

cultural), como nos enseñó Gramsci, es un problema político y exige un

compromiso político, cuyo destinatario es el pueblo, pero cuyo agente no lo

puede ser el «intelectual» individual, sino el intelectual orgánico y colectivo,

el partido político, «la primera célula en la que se reúnen unos gérmenes de

voluntad colectiva que tienden a convertirse en universales...» (El príncipe

moderno.)

Sólo un desconocimiento de las leyes del desarrollo desigual y combinado de la

historia puede conducir a interpretaciones mecánicas, antidialécticas, de los

procesos sociales. De la misma forma que el economicismo estalinista (que,

paradójicamente, ahora se reproduce en las concepciones tecnocráticas)

fijaba como requisito previo para el cambio cultural y político el desarrollo

económico, aplazando sine die la democracia y el pensamiento critico, constituye

un evidente error establecer como condición previa para el cambio cultural la

ruptura política.

La tradición teórica y práctica del socialismo internacional (incluso con

errores históricos) suponen un riquísimo acervo cultural que puede ilustrarnos

en la resolución de los problemas actuales. Después de Gramsci, la Revolución

Cultural en China, el mayo del 68, en Francia, etcétera, que ha precipitado un

pensamiento socialista critico en Occidente, es decir, una renovación y

enriquecimiento del socialismo científico (que nada tiene que ver con el

revisionismo socialdemócrata y socialburocrático), ya no se

puede justificar ningún modelo o esquema apriorístico para la periodización del

cambio social (económico, político e ideológico-cultural).

Repitámoslo una vez más: para el socialismo científico, la única ortodoxia

reside en el método de análisis. Los modelos históricos son resultados de la

aplicación de ese método a realidades sociales diferentes. Y el mismo método

aplicado a realidades diferentes nos dará, necesariamente, resultados

diferentes. Pues bien, las condiciones objetivas y subjetivas de Occidente y,

concretamente, de España, nos hacen suponer que el modelo de socialismo debe

tener unas características específicas. Esto ya lo vieron muy claro, no sólo

Gramsci, sino también Lenin y Trostki.

Este modelo no puede ser otro que el de la revolución cultural y pacífica. Una

revolución cultural de los aparatos ideológicos del Estado y la Sociedad

(estructuras tales como la familia, la educación, la religión, el derecho, las

instituciones políticas, los partidos y sindicatos, los medios de información y,

naturalmente, la cultura en sentido estricto: letras, bellas artes, teatro,

cinematografía, etcétera), que no signifique destrucción sistemática, sino

asunción critica y transformación progresiva. Para poner un ejemplo, no se trata

de «abolir» la familia, como algunos se proponen demagógicamente, sino criticar

la familia burguesa, autoritaria y patriarcal, emancipar a la mujer y los hijos

de la dictadura arbitraria del padre, superar todas las alienaciones derivadas,

machismo, reificación de la mujer, etcétera.

Concluyendo. La clase dominante no sólo dispone de aparatos represivos, sino

también ideológicos, para asegurar su dominación. Esto es, precisa combinar la

fuerza con el consenso. Para conseguir éste de las clases dominadas, establece

su hegemonía ideológica mediante ciertos aparatos. El socialismo en Occidente,

en las presentes circunstancias, sólo podrá alcanzarse por una vía de consenso,

una vía pacífica. En este sentido, la revolución cultural debe entenderse en sus

justos términos: la conquista de la hegemonía ideológica, que deberá anticiparse

—de hecho, está ocurriendo así— al quebrantamiento del

poder político y económico de la clase dominante.

El concepto de cultura para el socialismo, por tanto, es ajeno al

intelectualismo elitista y pedante. Nadie mejor que Gramsci lo explicó: «La

cultura es cosa muy distinta. Es organización, disciplina del yo interior,

apoderamiento de la personalidad propia, conquista de superior conciencia por la

cual se llega a comprender el valor histórico que uno tiene, su función en la

vida, sus derechos y sus deberes. Pero todo eso no puede ocurrir por evolución

espontánea, por acciones y reacciones independientes, de la voluntad de cada

cual... El hombre es sobre todo espíritu, o sea, creación histórica, y no

naturaleza simple. De otro modo no se explicaría por qué habiendo habido siempre

explotados y explotadores, creadores de riqueza y egoístas consumidores de ella,

no se ha realizado todavía el socialismo.

La razón es, que sólo paulatinamente, estrato por estrato, ha conseguido la

humanidad conciencia de su valor y se ha conquistado el derecho a vivir con

independencia de los esquemas y de los derechos de minorías que dominaron antes

históricamente. Y esa conciencia no se ha formado bajo el brutal estímulo

de las necesidades fisiológicas, sino por la reflexión inteligente de algunos,

primero, y, luego, de toda una clase... Esto quiere decir, que toda revolución

ha sido precedida por un intenso trabajo de crítica, de penetración cultural, de

permeación de ideas a través de grupos humanos, al principio refractarios y solo

atentos a resolver día a día, hora por hora, y para ellos mismos, su problema

económico y político, sin vínculos de solidaridad con los demás que se

encontraban en las mismas condiciones». (Socialismo y Cultura, 1916.)

 

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