Autor: Páez, Cristóbal. 
   Dejemos la historia en paz     
 
 Arriba.    19/03/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

DEJEMOS LA HISTORIA EN PAZ

«¿Qué página arrancaría usted de la Historia de España?». La pregunta, querido

director, es de una inoportunidad fastuosa. Su equivalente en el orden familiar

podría ser la siguiente: «¿A quién de sus antepasados expulsaría usted de su

árbol genealógico a patadas en el trasero?».

Tengo para mí, querido director, que la Historia es algo perfectamente serio.

Pasa como con la familia. A este respecto, mi admirado amigo y antiguo director

Sabino Alonso Fueyo solía decir: «Estamos condenados a la familia, y es lo único

que tenemos.» Va en la frase mucha entraña y mucho bondadoso cachondeo. Pero si

nos tomamos la molestia de trepar por la cucaña de la filosofía y llegamos hasta

Ortega, el maestro nos ofrece esta reflexión sobre la Historia: «La

Historia es la realidad del hombre. No tiene otra. En ella se ha llegado a hacer

tal cómo es.»

Entonces, querido director, ¿a qué viene esa absurda proposición de, como si

dijéramos, pasarle la garlopa a la Historia y reducir a viruta alguna de sus

partes? ¿Qué ciudadano se siente con poder bastante —y quién se lo ha conferido—

para enmendarle la plana a la vida de un pueblo? Cuando el otro día le escuché a

un ilustre cardiólogo que él arrancaría no sé cuántos años de nuestra Crónica

General, me quedé de piedra. Decía un gran hombre que el corazón tiene razones

que la inteligencia no comprende. Es cierto. Mas tampoco es menos cierto,

querido director, que dichas razones son para consumo interno o, como ciertos

versos, para susurrarlas al oído. El citado doctor, un auténtico fenómeno en

dolencias del corazón, según tengo entendido, dejó que el suyo se le disparara

como una escopeta mal puesta en el suelo. Y ha querido a muchos otros corazones

—algunos quizá de enfermos suyos— y le ha sacado como un hilillo de sangre a la

Historia de España, con sus heridas a medio restañar y sus cicatrices todavía

frescas. Por eso, yo le digo al afamado facultativo. «Atención, mucha atención,

doctor, a ese corazón suyo; cuídeselo como si fuera el de uno de sus pacientes;

no se olvide de ponerle el seguro para que no vuelva a disparársele en público.»

A modo de cura de urgencia, querido director, podríamos proponerle al médico del

corazón disparado, con su deseo exterminador de cuarenta y un años de vida

española, dos bálsamos orteguianos, cuyas respectivas fórmulas magistrales rezan

así: Uno. «Negar el pasado es absurdo e ilusorio, porque el pasado es "lo

natural del hombre y vuelve al galope".» Dos. «El pasado no está ahí y no se ha

tomado el trabajo de pasar para que lo neguemos, sino para que

lo integremos.»

Entonces, querido director, ayer me doy de bruces en la «tele» con otro español

ilustre que vuelve la cabeza y mira hacia atrás sin ira. Sabe usted, sin duda,

que me refiero al viejo profesor Tierno Galván, el cual debe estar profundamente

enfermo de un mal de amor incurable y rarísimo, denominado integración nacional

y apellidado concordia. Pues, sí, querido director: Tierno Galván dijo a unos

cuentos centenares de miles de compatriotas que la Historia no está para

podarla, sino para asumirla.

Comprendo, querido director, que el gran Herodoto predicó bastante en el

desierto, a juzgar por lo que el hombre tropieza en la misma piedra. Pero ello

no obsta para que la Historia este ahí, cual una señalización de gran fuste que

flanquea los caminos de la vida, para que aprendamos y escarmentemos en ella.

Sus páginas componen, si se me permite, una magistral novela de buenos y malos,

de grandeza y miseria, y todo ello está entreverado hasta tal punto que ni uno

solo de sus renglones pertenece en exclusiva a uno, sino a todos. O sea, querido

director, que para ser justos y benéficos, siquiera por una sola vez en la

Historia, dejemos la Historia en paz, y yo, por mi parte, a usted, muy

cordialmente.

Cristóbal PAEZ

Sábado 19 marzo 1977

 

< Volver