Autor: Bobillo, Francisco Javier. 
   Historia sin nostalgia     
 
 Diario 16.    21/03/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

Historia sin nostalgia

Francisco Javier Bobillo

(Miembro del Comité Ejecutivo del PSP)

La liturgia de la ceremonia democrática nos está nublando la memoria,

compañeros. Ahora que necesitábamos más que nunca la reflexión y el buen juicio,

en vísperas de lo que hubiera podido ser una gran esperanza, ahora,

precisamente, surgen por doquier malentendidos que nos conducen por distintos

carriles de la misma ruta. Lo sabemos todos bien. Cualquier nimiedad es motivo

de discusión. Cualquier hecho fortuito, a menudo trivial, se constituye en

pretexto para el reproche. Todo nos sirve como alimento de suspicacia.

¿Qué ha pasado, qué está pasando, compañeros? ¿Cómo se puede olvidar así, tan de

repente, alegrías en común y sufrimientos compartidos? ¿Qué aire pútrido está

desplazando aquel viento libertario que henchía nuestras velas, que atiborraba

de ilusión nuestras bodegas? Algún maleficio, desde luego, está condicionando la

actitud de los socialistas. Rituales de Verdú practicados a deshora en despachos

ministeriales, conjuras y mal de ojo de hechiceros internacionales, filtros

mágicos lacrados en cualquier banco suizo, transportados en maletines negros con

el ritmo cardiaco acelerado y un leve parpadeo al cruzar, nerviosos, la aduana.

Pero compañeros, sin nostalgia alguna, recordad un poco. Haced memoria.

Estábamos juntos en las discusiones de la fábrica, en una esquina de la nave o

en aquella mesa enfrente de los que constituían la llamada "partes económica".

Juntos nos manifestábamos en Atocha o delante del Sindicato.

Redactábamos e imprimíamos artesanalmente manifiestos que, codo a codo,

repartíamos con temor.

Conocimos juntos lo que es una asamblea con la policía fuera esperando para

entrar. Lo que es una huelga bajo la amenaza, tantas veces cumplida, del despido

´´procedente". Lo que significa ocupar durante unas horas una Facultad o

encerrarse en una iglesia.

En ocasiones, incluso, compartimos la humedad de una celda; la espera,

atemorizada pero serena, de ser llamadas a media noche para interrogarnos; la

mortecina bombilla y el aguado chocolate con cuchara de palo. Posiblemente

usamos la misma escudilla, nos hirió la misma porra, firmamos con el mismo

bolígrafo. La misma bolsa de lona guardó el pobre contenido de nuestros

bolsillos y aquella manta parda con rayita blanca era también la misma» como lo

era el tampón que entintó nuestras huellas.

Coincidíamos en reuniones clandestinas convocadas de boca en boca y nos

saludábamos con la mirada al cruzarnos mientras la manifestación se disolvía.

Nos encontrábamos por azar en los pueblos perdidos, alentando a esos anónimos

luchadores por la libertad, organizando, buscando nuevos seguidores para una

causa —corazón y razón, ciencia e ideal— que continúa siéndonos común,

uniéndonos pese a todo.

A veces, ¿recuerdas, compañero?, nos sentaban al lado en Congresos

Internacionales, lejanos países, que tampoco entendían el motivo de que

tuviéramos delante placas con distintos aunque similares siglas.

Hubo épocas mejores y peores. Teníamos en común un adversario y un ideario. Y,

sobre todo, la fundada ilusión de que, en breve plazo, estaríamos en una

organización también común.

De todo hubo, es cierto, pero no con la trascendencia que ahora tiene. Los

hechiceros nos ignoraban o nos combatían, mas en su estrategia la figuraba como

elemento principal arar en nuestro fértil campo el surco de la desconfianza para

en él sembrar la semilla de la discordia. Esto es lo que más inquieta,

compañero, porque bien abonada y regada con el contenido de los maletines negros

ha comenzado a germinar. Justo ahora, cuando se levantan las brumas del ocaso de

la dictadura y la primavera brota en mítines y banderas, proclamas y

manifiestos, gargantas pidiendo libertad.

Nuestras filas se han incrementado esperanzadoramente. Vienen de todas partes,

dispuestos a trabajar, a reorganizarlo todo y pronto ante la premura electoral.

Acuden estridentes, exhibiendo pericia y conocimientos, seguros de sí mismos.

Agresivos, como ahora se dice. Indispensables. Llegan cargados de buenas

intenciones, pero parcialmente desconocedores de lo que ha pasado y sin

reflexión suficiente para prever lo que va a pasar. A todos nos ocurre un poco,

pero en nuestro desconocimiento no se incluye, ¿verdad, compañero?, la certeza

de que desunidos como ahora estamos, poco más vamos a lograr que mantener

nuestra dignidad. Aunque para eso, sinceramente y sin renuncia alguna, no

precisamos el refrendo electoral. Porque la hemos mantenido siempre.

Menos aún cuando en estas elecciones el resultado está en exceso predeterminado

por todo el aparato político de la dictadura. Elecciones de este tipo, en un

país condicionado por cuarenta años de opresión, por lo general las gana quien

las convoca. Y el Gobierno lo sabe mejor que nadie. La mitología democrática

tiene sus ritos y aunque no sean totalmente limpias, las elecciones van a ser

medio, tan válido como cualquier otro, para simular que los deseos de la mayoría

coinciden con la línea política que el Gobierno sigue. La suciedad necesita

creer que, de un modo u otro, controla a sus gobernantes, y si muy pocas veces

el acta electoral influye decisivamente sobre el poder, siendo éste más sensible

a otros factores como la presión de los partidos, la situación internacional o

económica, los medios de comunicación, etc., la legitimación democrática exige

este procedimiento y el deseo de participación política permite que funcione

como bueno.

No obstante, compañeros, sabemos que hay en la acción política una labor más

importante que la electoral. Tarea irrenunciable, antes y después de las

elecciones, y para la cual éstas pueden ser un instrumento, pero poco más. El

compromiso de trabajar a favor de la historia, para que esta historia la

hagamos entre todos, para que, de una vez por todas, Impidamos que se nos

sustraiga. Si continuamos separados —pese a tantos recuerdos comunes, pese a

tantos actas conjuntos como aquí quedan dichos y otros muchos que faltan—, si la

desunión persiste, más que impedirlo seremos cómplices. Y esa tarea obligada y

que continúa moviéndonos, a cada uno por nuestro lado, se retrasará de nuevo.

Sí, llegaremos tarde a nuestra cita con la Historia. Y, claro, al menos por el

momento, se irá con otros.

 

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