Autor: Bobillo, Francisco Javier. 
   Juan March: El último pirata del Mediterráneo     
 
 Diario 16.    16/04/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

Juan March: El último pirata del Mediterráneo

Francisco Bobillo

En el mes de marzo de hace quince años moría, después de un accidente sufrido

cerca de Torrelodones, el titular de la fortuna mayor del país. Una fortuna

pacientemente acumulada partiendo de cero, a base de habilidad, instinto,

ambición... y una absoluta falta de escrúpulos. Una fortuna que llevaba

aparejada el importante poderío político y social que todo capital conlleva,

pero que, en este caso concreto, se vio multiplicado por las diversas

implicaciones políticas, algunas decisivas para España, que tuvo, a lo largo

de toda su vida, el constructor del intrincado laberinto financiero que entonces

y hoy lleva su nombre.

Moría el fundador con un "Jesús mío, misericordia",en los labios, pero ha

continuado el imperio conducido con no poca habilidad por sus herederos, hijos y

nietos, y persiste asimismo su influencia en todos los ámbitos de la vida

cotidiana. Influjo que tiene un enorme alcance, hasta el punto de conseguir

que casi todo el mundo ignore cómo se amasó la fortuna y cuál fue la

trayectoria, personal y económica, seguida por su hacedor: Juan March y Ordinas.

Cuando se hace alguna referencia al espíritu empresarial español, todo el mundo

piensa de inmediato en unos apellidos catalanes o vascos en su mayoría, muy

conocidos por sus actividades económicas y sociales y acerca de los cuales se

sabe lo suficiente para poder bosquejar, improvisadamente, una

biografía de urgencia. Con March no ocurre lo mismo. Hubo unos años en que la

vanidad o el deseo de afirmar su poderío le llevaron a realizar algún acto

público espectacular. Y ha habido también un conjunto de hechos que, aun sin

desearlo, no han podido permanecer ocultos.

Pero si además de su cuantiosa fortuna hay algo de verdad sorprendente en la

vida de esta persona que supo jugar y ganar bajo la Monarquía, la dictadura de

Primo de Rivera, la República y el franquismo, es la carencia de datos señalada.

El propio March fue sumamente celoso de su intimidad, relaciones personales,

familia y, en general, de la mayoría de sus actos. Poseía una serie de

periódicos, pero jamás concedía una declaración periodística. Hablaban de él sus

amigos y sus enemigos, él no se molestaba apenas en corroborar o desmentir lo

que unos y otros decían.

No se ocultaba

Resulta relativamente sencillo explicar esta ausencia de datos en casos como el

de Howard Hughes, quien pasaba grandes temporadas aislado por completo en una

inaccesible planta de cualquiera de sus hoteles, pero en el caso de March,

viajando continuamente, llevando una activa e intensa vida empresarial y

política, la única explicación al secreto señalado es su firme voluntad de que

así ocurriese. Para ello compraba a unos y amedrentaba a otros, y la paciencia

empleada para ocultar muchos de sus bienes o los alijos de contrabando, la

utilizaría también para rodear de sigilo su vida privada.

De este modo si alguien superaba los obstáculos —difíciles y a menudo eficaces

barreras— que constituyen el dinero y el miedo, era para encontrarse con una

intrincada y geométrica maraña formada por compras y ventas, constitución y

disolución de sociedades, testimonios, e incluso documentos, contradictorios,

desapariciones de archivos y protocolos públicos, inoperancia de pruebas

irrefutables.., en fin, un panorama para desanimar a cualquiera.

A cualquiera, sí. Pero no a Bernardo Díaz Nosty. Con frecuencia ha sido señalada

la aproximación y permeabilidad psicológica que muchas veces termina

produciéndose entre biógrafo y biografiado, y pese a su carga crítica, tampoco

esta obra es una completa excepción a tal criterio. Idéntica paciencia,

tenacidad y esmero tuvo don Juan March para ocultar su vida como Díaz Nosty para

reconstruirla. Hace poco leía que en este estudio su autor había invertido más

de cuatro mil horas de trabajo, y teniendo en cuenta todo lo que en él se

relata, analiza y desentraña, me parecieron pocas horas.

Séptima fortuna mundial

Diversos autores (Roldán, Muñoz, Tamames, Moya, etc.) han estudiado el proceso y

la influencia del capitalismo español desde distintas vertientes que en el fundo

son siempre la misma: el poder político y económico, el dominio de una clase.

Pero don Juan March, séptima fortuna mundial en 1962 y primera española, lograba

sustraerse una y otra vez al análisis minucioso, al estudio que traspasa los

precarios límites de la cita eventual. La fundación por él creada y que lleva su

nombre, en aras de dotar a su figura del talante de filantropía y mecenazgo que

entendía precipitaría en el olvido sus actividades delictivas le habría de

servir, además de facilitarle la tributación, para financiar las investigaciones

de una enorme lista de artistas y estudiosos de campos varios que March presumía

no profundizarían en exceso sus estudios en contra del financiero.

Se acostumbra a reconocer que sólo una pequeña parte de sus negocios tienen su

sede en España. Pero esa pequeña parte es suficiente para que sectores tan

diversificados como la Banca, los transportes marítimos, construcción,

electricidad, grandes almacenes, inmobiliarias, cementos, químicas, etc., se ven

fuertemente influidos por las actividades del grupo. En cualquier sector

económico de los citados aparece siempre, de un modo u otro, capital March,

atesorado, con la benevolencia o complicidad estatal, mediante el

contrabando de tabacos y otras mercancías, y multiplicado gracias a unas

cualidades personales sin parangón en nuestra reciente historia económica.

Esas cualidades y el constante empleo de las mismas, sin que hubiera apenas nada

que pudiera detenerlas, son las que aparecen a lo largo de las páginas del libro

de Díaz Nosty, delimitando los contornos de una figura, mitificada por la

leyenda y el rumor, pero que, en cualquier caso, ha tenido una enorme capacidad

de decisión e influencia en momentos cumbres. Así, cuando dedicó gran parte de

su fortuna —se calcula que fueron mil millones de pesetas, un tercio de su

capital de entonces— en financiar el Ejército de Franco en la primera época de

la guerra civil. Con la victoria de su deudor los recuperó sobradamente,

pero acaso el resultado de la guerra fuera otro sin su intervención, en aquellos

momentos decisiva.

Tuvo también un destacado papel, en lo que al Mediterráneo se refiere, durante

las dos guerras mundiales, sobre todo en la última, llevando un complejo doble o

triple juego que le permitió incrementar aún más sus propiedades. Realizaba

servicios de intendencia para cualquiera que 1e pagase bien, en este caso, para

los alemanes, aunque en España estuviese todo racionado. Fue republicano,

franquista, monárquico, apoyó a unos y a otros, conservadores o liberales, con

una extraordinaria astucia y talento guiado por un único interés; preservar y

acrecentar su fortuna. Era su ética. Se ha dicho que gustaba del calificativo

que dio título al libro de Benavides, "El último pirata del Mediterráneo", a

pesar de que comprase casi íntegras unas tras otras sus sucesivas ediciones.

A propósito del libro de Bernardo Díaz Nosty "La increíble ascensión de Juan

March". Ed. Sedmay.

Madridm, 1977, 485 págs.

 

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