Autor: Maján de la Rubia, Ángel. 
   Hablemos de todos los miedos     
 
 Pueblo.    14/03/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 11. 

Cartas a PUEBLO

HABLEMOS DE TODOS LOS MIEDOS

Señor director:

Sin pretender acogerme a ningún derecho de réplica y si solamente a eso que

ustedes llaman honestidad informativa, le dirijo la presente como consecuencia

de la lectura del artículo publicado en PUEBLO (8-3-77), firmado por Copérnico,

bajo e1 título de «Miedo».

Copérnico se hace eco de unas declaraciones del señor Tierno Galván, en las que

dice que «la época del miedo ha pasado», y nos relata su vivencia del miedo, que

comenzó a mediados del mes de julio de 1936 y en su lugar natal, pueblo

salmantino fronterizo con Portugal.

Como considero que dicho articulo es incompleto por subjetivo, quiero relatarle

a Copérnico dónde comenzó mi miedo, que también es subjetivo, pero que al ser

una continuación del suyo quizá pueda completar esa época del miedo de la que

nos habla el señor Tierno Galván.

Mi miedo comenzó antes del mes de Julio de 1936 -qué suerte-, en el Madrid

democrático y frentepopulista, pues tenía la enorme «desgracia» de pertenecer a

una familia que creía en Dios, hacia ostentación de ello con su presencia en

actos religiosos y leía «ABC». Todo ello produjo la visita domiciliaria de los

funcionarios del orden público para hacer registros y supongo que desmontar el

aparato de la represión fascista. Estas visitas continuaron siendo realizadas

por individuos cuya identificación era una estrella roja y cuya autoridad

era la de servir los intereses, o los criterios de un partido político, según

la fraseología que utilizaban y, naturalmente, estos administradores gratuitos

del miedo detenían y encarcelaban por aquellos horrendos delitos. Estos

administradores del miedo tenían nombres tan poéticos como «brigadas del

amanecer» y otros por el estilo, que para eso, el ínclito Rafael Alberti les

prestaba su vena poética. Miedo era el ver reunidas a las mujeres de mi familia

trasladándose sus miedos por sus seres queridos, que estaban en la «Modelo» ,

en «Porlier» o en «Bellas Artes», mientras pedía a Dios por ellos, pues se

«rumoreaba» que había «sacas» cuando don Santiago Carrillo era el comisario de

Orden Público, y él no podía controlar a los hombros que llevaban

sus mismos emblemas. También era miedo el de padres que velan arrancar a sus

hijos para ser trasladados a colonias, todo ello, naturalmente, rodeado de

cantos a la lucha por la «democracia» y la «libertad».

Por ello, me ha hecho mucha gracia la ingenuidad de esos «rubios iluminados, con

el pelo cortado como los fascistas del neorrealismo italiano, que oteaban el

horizonte con ojos de visionarios» y daban ricino.

Naturalmente, yo tuve la inmensa suerte, que no han debido tener ni el señor

Tierno Galván ni Copérnico, de que mi miedo se me pasó, aunque sus huellas

quedaron, el día afortunado en el que pude empezar a gritar mi fe en Dios y mi

inmenso amor a mi Patria, a sus hombres y a sus regiones, acrecentados por la

formación recibida en una organización juvenil, donde se nos enseñaba

básicamente estos principios y algunos otros, que, creo hicieron posible el que

un pueblo destrozado por el miedo empezara a andar y a ocupar el lugar que le

corresponde entre todos los demás.

Creo que si continuamos hablándonos de miedos recíprocos vamos a volver a

tenerlos de verdad, pero en ambas direcciones, y, por tanto, vamos a continuar

sin encarar nuestro presente y nuestro futuro con el talante de fe y esperanza

que precisamos, pero también creo que cuando hablamos de miedo es honesto

que hablemos de todos los miedos.

Con gracias anticipadas, sí merece la atención de su publicación, quedo de usted

atto. y s. s.

Angel Maján de la Rubia

D. N. I.: 1.684.620

MADRID

 

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