Autor: Ruiz Gallardón, José María. 
   Los hombres y el sistema     
 
   03/01/1973.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

LOS HOMBRES Y EL SISTEMA

UNA de las desfiguraciones más graves que puede padecer nuestro sistema político, estriba,

precisamente, en la tan difundida costumbre en los hombres -los de aquí y los de otras latitudes- de confundir

la esencia de un sistema político con las ideas, personales a veces, mal o medio conocidas, o con los

hechos, de unos hombres concretos que, esporádicamente, pueden encarnar determinadas jefaturas. Es

verdad que el Hombre es el Sistema. Pero sólo es verdad si está escrito precisamente así: Hombre y

Sistema, con mayúsculas. Lo que no es cierto es los hombres concretos y determinados que en un

momento o lapso histórico ejercen el poder en distintos cargos a mayor o menor nivel sean el Sistema.

Y mucho menos si el sistema es y se dice democrático, porque entonces los que ejercen el poder

representan a los subditos y como tales representantes -sólo por ese concepto- están «apoderados», es

decir tienen «poder» para realizar actos que obligan a esos mismos representados.

Con una importantísima consecuencia. Esta: el «apoderado» hoy, al término de su mandato -y aún

durante el mismo- debe de sujetarse a las facultades que le están conferidas, por ejemplo, por la

Constitución o por las Leyes, y debe, sobre todo, rendir cumplida cuenta ante sus representados durante y

después del ejercicio de su misión.

Una de las funciones más excelsas de nuestros Tribunales de Justicia consiste cabalmente en anular los

actos administrativos que vayan contra una norma de

carácter superior o, incluso y en la práctica de cada día con más intensidad, cuando constituyan simple

«desviación de poder».

Pues bien, siendo esto así, y así parece que en buena hermenéutica jurídica debe ser, tan injusto me parece

dejar de criticar un acto concreto de poder cuando no está previsto en la lista de los autorizados, como

dejar pasar como algo sin importancia -a cargo del legislativo- de cuál debe ser el contenido lógico,

adecuado y justo de esa lista, de las facultades de ese poder y, en definitiva, del sentido del mismo para

evitar que se produzcan actos concretos que se desvíen de aquel y, por tanto, sean jurídicamente nulos y

socialmente perturbadores.

Que un determinado gobernante lo haga mal o lo haga bien quiere decir que habrá o no de revocársele -

por quien corresponda- en el mandato conferido. Pero, mucha atención, esos posibles actos de mal

gobierno, esos errores, que en política siempre se pagan, no quieren decir, por su sola existencia, que el

Sistema sea radicalmente malo y vitando; no quiere decir que la existencia de actos equivocados tenga

que viciar las premisas o principios del Sistema. Estos principios pueden contener -y de hecho a juicio

de quien esto escribe, los principios que inspiran nuestra convivencia constitucional lo contienen- el

germen de otra mucho más amplia gama de posibles actos más acercados en orden a la consecución del

Bien Común. El tema es, pues, saber elegir los hombres concretos que, en la hora presente española,

europea y mundial -no soñando en la hora de años pretéritos, ni con la vista puesta sólo en países que no

son el nuestro- sepan concretar y ejecutar en actos de mando las posibilidades todas que encierran

nuestras Leyes Fundamentales. He escrito todas, con intención, porque entiendo que, precisamente, el

sentido de aquellas disposiciones es representativo y democrático, y apartarse de ese sentido equivale a

desviar el poder.

Apurar, pues, la imaginación para obtener de nuestras Leyes Fundamentales, actuadas por hombres

adecuados, responsables, y, permítaseme el neologismo, respondedores de sus actos y de las motivaciones

de éstos, es la tarea de nuestra hora. A los que no sirvan, agradecerles los servicios prestados. Y a

los que por mil y una razones, a veces no todas ellas confesables ni mucho menos, quieran combatir al

sistema, aceptarles la batalla en todos los terrenos dialécticos y prácticos. Pero a los hombres que sepan

obtener de nuestras Leyes las consecuencias lógicas en ellas contenidas, estando a la altura de los

tiempos, a esos llamarlos sin demora porque les acompañará el éxito y alcanzarán en lo posible la soñada

meta del Bien Común.

Sólo así haremos un Estado cuyo servicio sea timbre de honor y fuente de entusiasmo para nuestra

juventud. El administrador que recibe un talento y, precavido y temeroso, tan sólo lo guarda, nos lo

recuerda el Evangelio, es rechazado por el Padre.

José María RUIZ GALLARDON

 

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