Autor: Cavero, José. 
   Tierno Galván, el viejo profesor     
 
 Arriba.    07/11/1976.  Páginas: 5. Párrafos: 54. 

Tierno Galván, el viejo profesor

“La Universidad es mi lugar natural”

“Siempre cuide mucho de no hacer política de partido en clase”

“No se me puede acusar de ningún escándalo financiero”

“No soy, en absoluto, un socialista dogmático”

"La teoría de la dictadura del proletariado me es completamente ajena"

"En el mundo capitalista, la libertad es un sueño. Estamos en el sueño de la libertad"

"Normalmente he sido tolerado. He tenido tres o cuatro disgustos..."

"No me mueven rencores, ni deseo cíe poder, ni afán de violencia"

"Nunca pensé en irme al exilio. No sirvo para eso... "

"Si he de decirle la verdad, no sé si Felipe González está a mi derecha o a mi izquierda"

"Al PSOE y al PSP nos separa un proceso de identidad que es superable"

"Habrá que procurar hacer fusiones y no absorciones entre los grupos socialistas"

"Nunca hubo mucho en mí de revolucionario. Pero eso queda... "

"La situación económica es gravísima. Podemos llegar fácilmente a la bancarrota"

"Soy un hombre flaco de espíritu, de voluntad normal, muy débil..."

"Llevo dentro de mí el sentido común del campesino castellano"

"Siempre he creído que la revolución se podía hacer sin violencias"

"El proceso social ha ido muy rápido y ha sido soporte del proceso político"

CUALQUIER día, esto pego otro estallido, ¿sabe? Pero..., ¿Miedo? Un poco de miedo, si.

Habla, el profesor Tierno, de sus ojos, de su vista. Es el primer tema de nuestra conversación, en una

tarde lluviosa. Ha llegado el profesor, de Salamanca, pidiendo disculpas porque su comida «política» se

ha prolongado más de lo previsto «Total, para lo que se arregla en estas comidas ». Luego, rápidamente

hacemos desfilar otra serie de cuestiones «¿Trabajar? Me paso algunas noches en vela, voy, vengo...

Trabajo en estas cosas de la constitución del Partido y de la política en general. Porque, a veces, se hace

más hablar que trabajar. Estas cenas y comidas políticas... nada. Cuesta Dios y ayuda el que arreglen o

ayuden a arreglar algo. Para que así fuera, la izquierda debiera caminar con mayor rapidez hacia una

cierta unidad. Pero de todos. Si, ciertamente algo se consigue. Pero con dificultad... »

—¿Ni siquiera merced a los esfuerzos de Mario Soares?

—¡Ah! Dice usted los esfuerzos en pro de la unidad de los socialistas, en concreto. Bueno, esa unidad

creo que terminará por llegar, que llegará. Pero más despacio. Hay dos tesis que hay que discutir y que

hay que armonizar, pero yo creo que llegará, que terminará por llegar.

—¿Para las próximas y primeras elecciones?

—Yo estoy en eso. Yo estoy en eso...

(La verdad es que, casi sin querer, nos hemos adentrado en una de las cuestiones más peliagudas que la

ideología socialista tiene ahora mismo, y desde hoce tiempo, entre manos. El profesor Tierno, aun antes

de sentarse, aun antes de quitarse las gafas oscuras —«si pudiera prescindir del «flash», mejor; pero úselo

si lo precisa», dice a Julio Martínez— ha atacado el problema de raíz. Pero volverá sobre él, volveremos a

plantearlo más extensamente, después de pasar por Salamanca, por Lisboa, por las instalaciones del PSP y

su imagen de actividad intensa...)

LA CATEDRA RECONQUISTADA

—¿Le ha satisfecho mucho poder volver a su cátedra de Salamanca?

—Sí, claro. Fue una satisfacción grande volver. No sólo por lo que a mi ataño, que realmente ya había

orientado mi vida fuera de la Universidad...

—¿No pensaba volver?

—Pues, no lo creí. No lo creí. Yo no creí... Yo digo muchas veces que esto es cosa de milagrería, porque

me la dieron un poco sin saber por qué, y me la quitaron también, en cierto modo, en cierto modo, sin

saber por qué... O sea, que las cosas no eran para tanto. Y ahora me la han devuelto... Claro que sé por

qué me la han devuelto, pero también de modo inesperado. Así que, para seguir en el sueño, casi, casi es

necesario que me la quiten otra vez. Para que quede yo tranquilo y completamente en mi sitio, y

configurado y... Hablo en broma, como usted habrá comprendido. Hablo en broma..., pero, en fin. Lo que

sí es cierto, bromas aparte, es que me agradó ir. La Universidad es mi lugar natural. En la Universidad de

Salamanca he explicado muchos años, he tenido la oportunidad de crear la revista que usted conoce,

verdad, de dar los primeros pasos del socialismo en la posguerra. Es una ciudad tranquila, y me hubiera

gustado quedarme allí, de quedarme entre lo que, hasta cierto punto, me atrae, que son las fibras y cierta

clase de investigaciones, o si usted quiere, fundamentos, para poder después imaginar sobre supuestos de

hecho. Pero he adquirido voluntariamente unos compromisos políticos que yo interpreto como

compromisos morales, no ya respecto o mi Partido, sino respecto a mi país, a los que no puedo

sustraerme.

—En alguna forma, o en algún grado, explica usted Socialismo, en su cátedra salmantina?

—Realmente, en toda cátedra de Derecho Político, que también incluye Sociología, el Socialismo, como

una teoría científico de la política hay que explicarlo... Es decir, como Marxismo, como materialismo

histórico, no creo que haya hoy ningún profesor que pueda pasarlo por alto. Ahora bien, siempre tuve

mucho cuidado de, en las explicaciones docentes y en la vida política, no hacer política de partido, porque

me pareció siempre jugar con ventaja...

PROFESOR DE SOCIALISMO

—Pero con su práctica diaria del Socialismo, sí da lecciones continuas...

—En la vida práctica, es decir, cuando me alejo de la Universidad, o estoy en seminarios del Partido, o,

por lo que se refiere a mi ejemplo, hago lo que hacen tantos otros. Es decir, que...

—¿En qué se puede advertir que el profesor Tierno Galván es socialista?

—Pues, eso, más que decirlo yo, admita usted conmigo que debían decirlo los demás... Pero, en fin, es

evidente que se nota que soy socialista, entre otras cosas, porque lo digo; claro que ésta no es una prueba

contundente, lo admito. En segundo lugar, porque si yo entiendo que la base de todo Marxismo, y por

consiguiente del Socialismo, hay una ética, también se nota porque llevo una vida normal, y no se me

puede acusar de ningún escándalo financiero, ni siquiera, ni siquiera, de las pequeñas corruptelas

administrativas que son tan frecuentes... Por consiguiente, esto ya es, hasta cierto punto, aproximarse al

Socialismo. Como es aproximarse o otras doctrinas. Y después, se nota que soy socialista en que cultivo

la vida socialista de Partido. Y se lo digo a mis seguidores, y procuro infundirles esta idea, y estoy en

contacto con trabajadores, y he procurado «declasarme». Descíasarme, paro decirlo a la española. No

quitándome el atuendo burgués, porque eso sería una mascarada; nunca he vivido disfrazado ni en la

guerra, siquiera, me disfracé. En los momentos en que estaba de descanso, pues iba con el traje normal y

un chaleco.. Por fortuna, nunca nadie me dijo nada. Por lo menos, durante el tiempo que duró lo guerra. Y

no pretendo ponerme un mono, ni ponerme o quitarme la corbata, o poner, me una vestidura que sugiero

ya de un modo externo mi condición de socialista, porque soy enemigo, en estos casos, de las apariencias,

y más amigo de las sustancias. Habría que hablar, como Gracián, del hombre aparente y del hombre

sustancial... Y dentro de ese desclasamiento, procuro llevar una vida..., como lo entendemos los

socialistas. Es decir, una vida para la Historia, —somos partículas para el gran proceso de la Historia y

para el gran proceso de la Especie— y no pienso, pues, en mi mismo, sino en lo que la Historia produce.

—¿Es usted un socialista dogmático?

—No, en absoluto. Hace unos días, en Bilbao, en un curso organizado por una asociación eclesiástico con

el beneplácito del Obispado, a la que concurríamos varias personas —que recuerde, el padre Bolado, el

padre Belda, el señor Azcárate y otras dos o tres personas—, tuve que aclarar que no había dogmatismo

ninguno en el Socialismo que yo practico, y que la teoría de la dictadura del proletariado me es

completamente ajena y que para los marxistas de hoy, igualmente, les es completamente ajena...

—¿No hay, por tanto, marxistas dogmáticos en nuestro tiempo y en este país?

—Los hay, pero yo no lo soy. Y he de decir, en obsequio a la verdad, que ninguno de los concurrentes o

la mesa redonda que he mencionado adoptó ninguna posición contraria. Todos asintieron cuando yo

afirmé que eso de la Dictadura del Proletariado era «el neolítico del socialismo». No digo el paleolítico,

por dejar un margen; pero sí el neolítico... Creemos que el socialismo tiene que avanzar, sobre todo, el

socialismo del Sur, el socialismo de nuestra área...

EL SUEÑO DE LA LIBERTAD

(Aguanta sobre su ojo sin gafa protectora la luz del «flash». «Si, me molesta algo la excesiva

luminosidad, porque, como dicen los médicos, han sufrido, mis ojos, demasiada agresión y, desde luego,

se están reponiendo... No, no sigo demasiado las prescripciones médicas. Me han dicho que tuviera una

serie de cuidados, aunque dentro de uno libertad bastante amplia, que yo mismo me tomo...»)

—¿Siempre ha sido, profesor Tierno, un liberado?

—No hay seres completamente libres. Porque, mire usted, en el mundo capitalista, la libertad es un sueño.

Y estamos en el sueño de la libertad. Ahora bien, aspiramos a que esa libertad sea real; se haga real...

Cuando se dicen estas cosas, parece que es que se va contra lo establecido, o que es una actitud de

protesta sistemática.. Pero es cierto que, sea corregible—como yo creo que no lo es— y sustituible —

como yo creo que es—, o no lo sea, lo cierto es que el modo de producción capitalista engendra un

fetichismo de lo mercancía que se extiende por todas partes. Y en esto estamos de acuerdo, desde los

socialistas, hasta los católicos o los budistas hasta, me parece, cualquier persona, yo creo, que reconocerá

que el capitalismo ha engendrado una generalización de la práctica de la mercancía que se extiende o la

belleza, se extiende a la práctica de la vida conyugal, y que hay que corregirlo, dirán unos. Yo diría que

hay que sustituirlo. Pero el punto de partida está hoy universalmente aceptado.

—¿Y tolerado? ¿Ha estado usted, por lo general, tolerado?

—¿Tolerado? Normalmente he sido tolerado. He tenido tres o cuatro disgustos en la posguerra inmediata;

después, algún otro disto... pero bien por mi condición de profesor, bien porque inspiro confianza, en el

sentido de que no me mueven rencores ni deseos de Poder, ni afán de violencia, la verdad es que, no digo

que amplio, pero sí que he tenido cierto margen de libertad de acción, que yo diría que muchos otros no

han gozado. Por eso, cuando se dice que si yo dije cuando otros no decían; que si, cuando hablaba, otros

estaban en silencio..., siempre tengo que puntualizar que, por razones que ignoro, yo podía decirlo y otros

tal vez no. Que, por lo tanto, el mérito es mínimo...

—Habla usted de disgustos. ¿A qué le llama usted disgustos?

—Hombre, pues, mire usted: al acabar la guerra, pues no faltaron los sustos, sabe, las amenazas; el ir por

la calle y encontrarme a personas que me habían conocido de estudiante... Pero nunca llegó la sangre al

río. Siempre fueron palabras y, al final, en palabras se quedó.

—¿Nunca pensó en exiliarse?

—No. Nunca. Nunca lo pensé. La verdad es que no sirvo paro exiliado. Si las necesidades me hubieran

llevado, quizás. Porque, es cierto, yo creo que para exiliado no sirve nadie. Pero, yo, menos que nadie, en

cierto sentido, porque estoy tan apegado a tierra española, y concretamente a la castellana, y tan definido

por lo que es España y por lo que concretamente son estos lugares tópicos o comunes de la Cultura

española, que me parece que hubiese tenido pocos momentos de dicha. Así como creo que soy un español

universal, y que no me cuesta ningún trabajo estar en Cataluña, o estar en Vasconia, o estar en Andalucia,

porque, para mi España engloba todo eso y me siento igual en un sitio que en otro..., y hasta cierto punto,

me ocurriría, yo creo, algo parecido en los países hispanoamericanos —le diría a usted que probablemente

por su vinculación con el idioma— yo casi le podría decir a usted que el sentido plástico del lenguaje lo

tengo tan hondo que en un área lingüística extraña me hubiera sentido verdaderamente destrozado.

Experiencias de un año, de meses, me resultaban ya realmente agotadoras. De modo que plazos más

extensos no hubieran sido buenos...

LA UNIDAD QUEBRADA

—Vamos a esa cuestión, antes apenas enunciada, de la unidad de los distintos socialismos. ¿Dónde se

sitúa Tierno Galván dentro del espectro socialista español?

—Yo creo que a la izquierda. Sinceramente, lo creo. Y, además, procuro estar...

—¿A la izquierda de Felipe González?

—Eso es muy relativo. Es muy relativo porque, si he de decirle a usted la verdad, no sé dónde está Felipe

González. Y, por lo tanto, me es muy difícil si está a la izquierda o a la derecha. He hablado con él varias

veces. Es un muchacho inteligente y que me parece muy capaz de definirse, de autodefinirse, pero como

han sido conversaciones con carácter concreto, y no hemos entrado en supuestos ideológicos, no le puedo

a usted decir nada. Lo que sí puedo decirle es que la último vez que nos vimos en Portugal, estuvo

sumamente..., sumamente..., sumamente flexible en este sentido, y él aceptaba los supuestos ideológicos

que yo propusiera, él los aceptaba, en principio, como buenos. Siempre, claro, que un Congreso los

afirmase, los aceptaba como buenos. Y siendo así, he de admitir que no puede estar ni a mi derecha ni a

mi izquierda, sino en la misma línea. Hay que tener en cuenta que yo no oculto que soy un socialista

marxista, que no estoy dispuesto a seguir las líneas de una Internacional Socialista que sea

socialdemócrata; que si en la Internacional Socialista hubiese una izquierda socialista firme, en esa

izquierda socialista podría estar yo, pero que si no, me encontraría, personalmente, como el pez fuera del

agua. No creo que nuestro papel, nuestro papel ético, ni nuestro papel histórico, ni tampoco nuestro papel

político, sea el contemporizar con el capitalismo, admitiendo que va a sacar fuerzas de si mismo para

transformarse, sino que tenemos un papel claro de denuncia y de obstáculo, y de convencer a los que

viven dentro del sistema de que el Sistema está en su última etapa y de que debemos derribarlo. Todos los

revolucionarios, de un signo o de otro, han partido de este supuesta, que ya parece que ha enraizado en la

conciencia de los occidentales con mucha fuerza.

—Entonces, ¿qué es lo que separa a esos dos grandes bloques del socialismo español esa «o» del PSOE?

—No lo creo... Yo creo que lo que realmente nos separa es un proceso de identidad. Que los Partidos

toman identidad. Eso es natural. Y han ido tomando identidad... El PSOE renovado tiene ya su propio

identidad; en parte, por identificación con los supuestos del PSOE histórico; en parte, por su propio

proceso ideológico... Nosotros tenemos nuestra propia identidad por nuestra ideología tercermundista,

por nuestro convencimiento de que el proceso ideológico pasa par una revolución cultural por nuestra

elaboración de la revolución cultural como paralela a la revolución política y a la transformación

económica, y por la transformación de ciertos supuestos del marxismo clásico. Porque si usted me va

a preguntar qué era el marxismo clásico, le diré que los fundamentos de lo que muchas cosas decíamos

antes, como la dictadura del proletariado, han periclitado. Lo mismo le diría de la conquista del Poder por

el proletariado. Del concepto clásico de la lucha de clases. Del mismo concepto clásico del proletariado...

Todo eso se ha ido transformando. Los fundamentos quedan, pero han ido sufriendo una gran

transformación. Y en ese sentido, me parece que nosotros estamos ideológicamente más cerca del proceso

y que nuestros compañeros del PSOE están más lejos. Pero no significa nada de fondo. No significa

nada... No significa que nosotros somos un Partido de cuadros, que tiene, entre esos cuadros, a gente que

se dedica a la reflexión y a la orientación intelectual, que se refleja en la práctica y que, por otra parte, son

ideas fáciles de transmitir y fáciles de practicar..., es la identidad de los partidos; es la formación de

personalidades, a las que hay que cuidan son los compromisos de cada partido, que hay que definir —

compromisos de toda índole—, y algunos compromisos muy definidos y muy concretos, como los

compromisos exteriores. A veces, también los interiores: alianzas, etcétera. En mi opinión, y así lo dije en

Portugal —y yo creo que se acabará aceptando para bien de todos—, es que tendríamos que seguir tres

momentos definidos: un comité de enlace, que sirviese para reunir personas afines para conocerse, para ir

preparando los materiales de trabajos; rápidamente, una comisión que se encargaría de coordinar

estratégica y tácticamente los esfuerzos de los dos partidos para dar ya documentos conjuntos, para tener

ya conferencias de Prensa conjuntas, para procurar que la base tuviese una conexión real de unos y de

otros..., y, una vez que esto estuviese configurado, pasar a un proceso psicológico de crear y defender

nuevos símbolos, para evitar toda absorción, que no tendría sentido, y para procurar que fuese una fusión,

y no una absorción. Una fusión real. Y después, un Congreso —en esto no se invertiría mucho

tiempo—, un Congreso que no fuera de discordia, sino un Congreso de unidad.

—¿Pero no están dejando ustedes —PSOE y PSP—, no están dejando de lado a otros grupos socialistas?

—No, no, no. Ya está eso muy presente. Por lo menos yo le aseguro a usted que en Portugal se dijo. Y

que siempre se ha tenido presente. Lo que ocurre es que estos grupos socialistas tampoco han hecho nada

por incorporarse al proceso. A algunos de ellos, por nuestra parte, se les ha escrito algún documento para

pedirles contactos y relaciones, y no han respondido aún. Ya responderán. Pero estamos convencidos de

que el socialismo español no se agota en el PSP ni en el PSP y el PSOE. Por nuestra parte estamos

totalmente convencidos...

LA REVOLUCIÓN PENDIENTE

— ¿Qué queda, profesor, qué queda en usted del revolucionario?

—Pues, mire usted, queda lo que había, y es que no había mucho. Así que, realmente, nunca se me puede

ver como una antorcha quemando iglesias o tirando objetos por una ventana. Siempre he creído que la

revolución era necesaria; pero siempre he creído igualmente que se podía hacer sin violencias. Y

siempre me ha parecido que estamos a un nivel en que ya puede pensar que la última «ratio» no es la

fuerza; que la última «ratio» es la persuasión. Quizá, quizá, como me dicen algunos, esto sea quimérico.

Pero cada vez es menos quimérico. Cada vez es menos quimérico. Y en este caso lo que queda en mi de

revolucionario es el convencimiento de que el mundo está mal organizado; de que el hombre es

desgraciado porque está enajenado, de que hay que darnos prisa en resolver esto, de que hay que acelerar

el proceso..., pero por una vía democrática. Es decir, con el «consensus» mayoritario, acelerándolo..

Claro, aplicando la ley como medio de defensa, incluso como medio de ataque; pero siempre una ley

justa, con un procedimiento cuidadosísimo, y siempre que la ley haya sido aprobada por la mayoría, por

los representantes de la mayoría...

LOS DESNIVELES

—¿Pensaba usted que este proceso hacia la democratización del país iría tan rápido en estos últimos

meses?

—Ha ido muy rápido. Pero ha ido más rápido socialmente que políticamente. Y yo le diría que ha ido más

rápido todavía, por desgracia, económicamente. Aquí se dan una serie de contradicciones, que en nuestra

jerga les llamamos contradicciones internas. Por un lado, el proceso social ha ido muy rápido. Y ha sido

un proceso social sumamente progresivo, que ha servido de soporte a un proceso político también muy

progresivo. En ocasiones el proceso político ha llegado a los maximalismos innecesarios e intolerables.

¿Para qué esos máximalismos? En la presentación e incluso en la solución de los problemas. Eso ya es

una contradicción.

Porque un proceso social y un proceso político rápido no cuanto más rápido es, más suele eliminar los

maximalismos. Y en España esa rapidez en el proceso social, por circunstancias especiales, no ha

eliminado maximalismos, sino que en ocasiones los ha nutrido. Y esto es ya un inconveniente en el

proceso social. Por otra parte, si se hubiese desarrollado el proceso social con el mismo índice de

aceleración que el proceso económico, o el proceso económico hubiese tenido un índice de aceleración

mayor que el proceso social, las cosas hubieran ido mejor. Pero, por desgracia, ocurre que tenemos un

índice de aceleración social que se corresponde por un índice de aceleración negativo en el proceso

económico; es decir, que la economía tiende a estropearse, tiende a desgastarse tan rápidamente como el

proceso social avanza. Esto es malo. Esto es muy malo. Porque cuando se dan estas circunstancias

coinciden para crear, o bien procesos prerrevolucionarios, o bien procesos de estrangulamiento en la

democracia. O procesos revolucionarios, como la Revolución francesa, o procesos de estrangulamiento

revolucionario, como en la Revolución chilena.

ECONOMIA CRITICA

—Y usted, ¿qué solución ve como más probable, qué teme más, para la situación española?

—La situación es para reflexionar con detalle. No soy ningún especialista. Sólo un curioso, como de

tantas otras cosas. Y, de verdad, no quisiera ahora, con cinco o seis palabras, intentar dármelas de

conocedor. Lo que si he hecho ha sido informarme. Preguntar a economistas, leer algo, ver los informes

de los Bancos, conocer la jerga, y un poco, un poco, de la estructura económica, para enterarme. Y me

parece que, evidentemente, tenemos una parte de nuestro dinero fuera, lo cual no es bueno —es una parte

alta de ese dinero nuestro el que está fuera—; parece que las inversiones internas en nuestro país han

disminuido muchisimo; parece que las inversiones externas han disminuido hasta rozar el punto cero —p

o r lo que me dicen—. Y esto ya no es que sea malo. Esto es ya grave. Claro: si hay que añadir que el

turismo ha sufrido un colapso —que es muy posible que se regenere, pero que ha sufrido un colapso—. Y

al mismo tiempo las transferencias de emigrantes se retrasan porque nadie quiere dar dinero bueno por

dinero malo; y nuestro dinero no Inspira confianza. Añádale que el déficit de la balanza de pagos es

muy malo; y si se estudia la balanza comercial, la situación es grave. Gravísima, porque parece que no

tenemos de dónde sacar para pagar nuestras deudas, ni para pagar los créditos, ni para sostener el ritmo

del gasto del país, que es un ritmo de gasto que está montado en la economía del despilfarro. Casi en la

economía del despilfarro, que dicen los americanos. En esta situación pueden transcurrir unos meses sin

que estemos con dos millones de parados y con una capacidad adquisitiva mínima. En cuanto pase este

periodo triste que estamos viviendo, en que la gente gasta lo que tiene, porque cree que el dinero no va a

tener valor y porque cree que cualquier cosa que tenga va a llegar el momento en que, vendiéndola, va a

adquirir una nueva valoración económica. Cualquier cosa. Así que el ahorro ha descendido

enormemente... En esta situación el proceso social acelerado se encuentra con una estructura económica

que sigue un signo contrario: un signo de estropeamiento. Un signo de desgaste. No sé si decirle a usted

que de degradación. Y sobre estas dos cosas hay una tercera capa, que es la política, que embriaga, que

intoxica, y que a mí me parece que, en muchos casos, es una novela pastoril. Porque, realmente, parece

que es un Edén ficticio, en el que hay, como en la novela pastoril clásica, gentes que cuidan a los

rebaños de ovejas que no son tales ovejas, y pastores que no son tales pastores. En suma, un mundo

totalmente imaginario. La política, en este caso, se aparta tanto de la realidad que resulta, de verdad, un

sueño. Me aterra a veces pensar cómo estas diversas líneas o capas se pueden ajusfar entre sí para que

recobren un ritmo armónico. Así que no se puede ser muy optimista. No he caído nunca en el pesimismo,

pero no se puede ser muy optimista. Una de las cosas que más me asombran es de dónde procede la

confianza que tiene en si mismo el Gobierno en su gestión, si se piensa en el abismo económico que

bordea, que estamos bordeando todos; pero el Gobierno con mayor responsabilidad. Esa confianza, yo

diría que incluso ese optimismo de futuro, yo no lo acabo de entender. Porque, de una manera u otra, esto

me hace pensar, y me imagino que hay algo detrás. Algo que no han dicho, y que ignoro. Porque, si no, ya

habría que haberle dicho al ciudadano español cuál es la situación real...

AUSTERIDAD PARA TODOS

—¿Qué se supone usted que es ese algo ignoto...?

—... habría que haberle preparado para un plan de austeridad. Los españoles tendríamos ya que estar

todos en un plan de austeridad, como los ingleses; y cuando digo todos quiero decir todos... Y no hay

nada de esto. Se han tomado unas medidas que, a mi juicio, son insuficientes: que no igualan a las de

Italia, e Italia está mejor que nosotros.

—Insisto: ¿qué supone usted que es ese algo que permite, pese a todo, tener confianza y optimismo?

—¿Qué supongo que es? Pues, mire usted, sólo me cabe suponer una cosa: que van a contar con la ayuda

exterior. Pero tampoco en el exterior están muy abundantes. Es decir, que la economía exterior tampoco

está como para ayudar al milagro. Hubo un momento en que se pudo construir un Plan Marshall para

Europa, que, evidentemente, le vino muy bien también a América. Pero yo no sé si ahora seria posible un

Plan Marshall para España. E incluso yo le diría a usted que no sé si sería deseable. Porque yo prefiero

pasar frío —porque estoy acostumbrado, pero creo que todo el mundo tendría que acostumbrarse—;

prefiero incluso comer más sobriamente, privarme de muchas cosas..., pero que mi país gozase de la

mínima independencia de que gozan los demás países europeos. Lo q u e no quisiera es que por no perder

nuestro bienestar cayésemos en el colonialismo económico. Y que las multinacionales fuesen las que nos

sacasen del atolladero a cambio de llenar nuestro país da supermercados, de llenarnos et país de intereses,

entre los que los intereses propiamente nacionales no tuviesen nada que hacer.

—El profesor Tierno, o su Partido Socialista Popular, ¿no tienen también alguna de esas ayudas

exteriores?

—Nosotros hemos tenido mínimas, muy pequeñas ayudas exteriores. Muy pequeñas. Ayudas exteriores

de países que simpatizan con nuestra tendencia. Decirlo yo mismo, y aquí, no me parece correcto; pero

están en la mente de todo el mundo cuáles son esos países. Es cosa conocida. Son países, buenos amigos,

de allende los mares. Pero la ayuda no ha sido nunca mis que una ayuda perfectamente compatible con

toda clase de libertad.

«APÓSTOL Y PADRE»

—Tiene el profesor Tierno una especie de aureola de apóstol

—No; pero eso es retórica. Usted sabe que siempre se necesita un centro de imputación. Que hay una

tendencia instintiva a mitificar, ¿eh?; que lo mismo que la mercancía es la objetivación de nuestras

necesidades, de nuestros esfuerzos, de nuestros anhelos, también hace falta trasponer, en parte, esos

esfuerzos y anhelos, y objetivarlos en alguna persona. Y, por una u otra circunstancia, alguna fracción de

este proceso me ha correspondido a mi. Pero la verdad es que soy un hombre flaco de espíritu, de poca

voluntad, muy normal, muy débil, y que a mí mismo me asombra el que alguna vez me interpreten de esa

forma. Me es ajeno ese trato... Lo único que digo y lo único que quiero que los demás acepten es lo que

dije en la inauguración del curso en el Ateneo madrileño días atrás; que yo soy los demás. En eso, sí. En

eso admito que tengo mi propia ascética. Porque los demás, para mi, son tan respetables como yo mismo.

Yo soy los demás, y los demás soy yo. Y creo que, de verdad, debemos superar nuestro individualismo

agresor por un sentido comunitario en la vida, pero que empieza por partir de esa idea que en Castilla se

dice de una manera muy simple: que a todos nos hizo Dios del mismo barro. Y partiendo de ideas tan

simples como ésa, aun desde mi posición de agnóstico, mantengo la actitud de no creerme, y no lo soy,

superior a los demás.

—Pero siquiera en parte, sí se cree un poco padre del socialismo español.

—He contribuido. He contribuido, pero más que nada por las circunstancias. Porque siendo profesor,

habiendo podido colarme —si usted me permite que emplee esta expresión, habiendo podido colarme en

la Universidad, porque fue realmente colarme, en los años cuarenta y ocho—, y disponiendo, en

Salamanca, y pudiendo haber hecho allí un boletín y, pudiendo haber difundido con precauciones, con

miles de precauciones, y con miles de envolturas, esta idea... , he contribuido. He contribuido al

desarrollo de la idea de socialismo. He sido uno de los primeros que ha dicho abierta y explícitamente que

era socialista y no marxista y revolucionario... Y en este sentido, las gentes me han seguido, pensando

que, puesto que no pasa nada al decirlo, pues es que se puede decir... Y como, por otra parte, huí como de

la peste de maximalismos y de minimalismos y procuré seguir algo que llevo dentro de mí, que es el

sentido común del campesino —toda mi familia es de Soria, yo nací en Madrid, pero volvía a Soria, y mis

primeros años transcurrieron en ese medio rural—, de tal modo que..., yo creo que tengo el instinto del

hombre del campo para coger las cosas prácticas y al mismo tiempo soñar con los ideales. Que es lo que

le ocurre al campesino. Cuando usted los ve quietos, delante de una puerta, apoyada la barbilla en la

cayada, no crea usted que están durmiendo: están soñando...

(No ha dejado en un solo momento su tono paternal, conciliador, exento por completo de aristas. Todavía

en la puerta, insiste en la idea de que es hora ya que este país deje de luchar con el insulto personal, con el

ataque físico o verbal. Es la imagen que emana del Tierno Galván surgido de campesinos, elevado hasta

la cátedra... dos veces, de ojos fatigados por noches en vela.)

Caricatura Carlos VIGUERAS

José CAVERO

Fotos Julio MARTÍNEZ

 

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