Autor: García Lahiguera, Fernando. 
   El compromiso político     
 
 Informaciones.    29/03/1976.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

El compromiso político

Por Fernando GARCÍA LAHIGUERA

PUEDE decirse que una sociedad se halla políticamente vertebrada sólo cuando sus miembros tienen oportunidad lega de agruparse y organizarse en torno a ia ideología, que, dentro del plural espectro existente, interprete con mayor fidelidad sus aspiracioneá básicas. Entonces es cuando la comunidad deja de ser «público» para convertirse en «pueblo», esto es, en el protagonista de su verdadero destino.

Pero adscribirse a un colectivo político siempre supone una cierta renuncia personal de aspectos o cuestiones que a uno le gustaría ver explícitamente recogidos en el programa ideológico, asi como un plus de aceptación de formulaciones de las que tal vez" se hubiera prescindido de haber sido el autor único y exclusivo de la propuesta. Porque sería demasiado ilusorio pensar que es posible encontrar, en el repertorio de opciones ofrecidas, la plasmación concreta y precisa, sin nada que añadir o qué cancelar,´de la concepción ideal de cada uno. Por eso mismo solía decir Dionisio Ridruejo que se debe militar —si se es sensible con el compromiso,civil contraído con la comunidad a la que se pertenece— «en el partido que menos incómodo nos resulte».

Los partidos políticos, como es sabido son vehículos de cristalización de ideologías que aglutinan a quienes se sienten activamente atraídos por un común repertorio de ideas e intereses. A través de ellos, obviamente, sus seguidores aspiran, a influir, en competencia electoral con las restantes´ organizaciones, en el curso de la vida pública. En la medida en que consigan concitar mayor número de voluntades, los partidos serán más robustos y, consecuentemente, estarán en mejores condiciones de asegurar su participación efectiva en la vida política.

Estas formaciones políticas son válidamente representativas cuando se configuran como el resultado de la acción popular libremente organizada, los movimientos de opinión así consolidados, en cuanto que intérpretes de las aspiraciones sociales, serán las únicas fuerzas legítimas para decidir la orientación del rumbo político, aunque esta «decisión» en las sociedades democráticas, tenga que fraguarse en la práctica mediante pactos y coaliciones circunstanciales entre los diversos grupos que han accedido ai Poder. El procedimiento arbitrado podrá resultar menos expeditivo, pero a su vez constituye la mejor garantía para librar a la sociedad de los peligros que comportan los totalitarismo de uno u otro signo.

Digamos también que toda sociedad democrática que funcione con algún rigor y coherencia tendrá que oír y respetar cualquier opción que se someta a la colectividad —exclusión hecha, claro está, de las que" preconizasen la violencia como método de acción política— y ello debe ser así, entre otras razones, porque no existe sistema alguno que pueda ofrecer una validez definitiva e intemporal.

El mismo proceso histórico desarticula dialécticamente toda pretensión dogmatica, y la comunidad tiene derecho a contemplar y, en su caso, experimentar, el cambio que exija cada nueva aspiración, de libertad y justicia.

Por otra parte, el dinamismo que la vida misma reclama para, su cabal desenvolvimiento requiere que los miembros de la colectividad se comprometan con la ideología que consideren más eficaz y actuante en la defensa de sus planteamientos básicos. Aparte de la clarificación que ello comporta, parece que moralmente no es de ningún modo lícito Inhibirse de una cuestión que por ser común es cosa que incumbe a todos. Pues ya no se trata de ejercer el «oficio politíco» —para el que son pocos los que tienen vocación y aptitudes—, sino de actuar como ciudadanos activos. En este sentido, ya va siendo hora de que en este país distingamos de una vez entre «el político» —función que sólo se debe desempeñar, a instancia de terceros, deseablemente teniendo en cuenta la capacidad y sentido ético de los aspirantes— y el «politizado» —actitud en la que debe estar todo hombre que se sienta solidariamente vinculado con la sociedad a la que pertenece.

Vivir comprometido con un credo político, revisando críticamente los postulados doctrinales y el planteamiento de estrategias elegidas, sin incurrir en hermetismos atrofiantes, con visión histórica y, por tanto, prospectiva, de la realidad circundante, no sólo es un esfuerzo de racionalidad que todo hombre debe Intentar "seriamente, sino también una contribución´ positiva al proceso de clarificación general. Y la claridad es algo que en política siempre antecede a la´ convivencia pacífica.

 

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