Autor: Seco Serrano, Carlos. 
   Recuerdo de Dato     
 
 ABC.    21/03/1976.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 11. 

RECUERDO DE DATO

ASISTÍ hace pocos días al homenaje que anualmente rinde el Colegio de Abogados a la memoria de don Eduardo Dato. Se cumplía el LV aniversario de su muerte: y había una extraña emoción en la ceremonia, casi íntima, enmarcada por la fría solemnidad "« espectral Panteón de la Restaucion que ha venido a parar —emigrados los restos de Prim— el pretendido Panteón de Hombres Ilustres.

Junto a la barroca escenografía wagneriana que exalta, en blanco mármol, la memoria de Cánovas; y en contraste con el eco de Rodin, que vagamente resuena en el macizo grupo del mausoleo de Canalejas, el sepulcro de Dato refleja con finura el tono elegante y sencillo que caracterizó siempre a don Eduardo.

Llevo años estudiando la personalidad —humana y política— de Dato, a través de una documentación de primera mano, y me creo ya capacitado para salir al paso de las versiones mauristas, que tanto han contribuido a deformar la auténtica realidad del ¡efe conservador. Lo primero que esa documentación evidencia es la absoluta inadecuación entre la contrafigura creada por aquéllas —la del «oportunista» y «maniobrero», en que venía a traducirse el término «idóneo»—, y la figura real de Dato, verdadera excepción en la galería de nuestros políticos contemporáneos por su sentido del equilibrio, de la corrección, de la elegancia con el adversarlo. Hombre de convicciones firmísimas e insobornables, incapaz de comprometer por despecho —como lo hizo Maura— a la Institución que servía con una lealtad perfecta; pero al mismo tiempo mucho más sensible que el olímpico don Antonio a las exigencias insoslayables de una nueva sociedad, y, en cuanto tal, autor y canalizador de las leyes laborales que inauguraron nuestro siglo.

En cuatro momentos culmina su significación de estadista: 1) En 1913, acudiendo en apoyo de la Corona cuando Maura —«un pronunciado de levita», según la certera frase de Ortega— quería «rendirla» mediante el Inaudito gesto de retirarle su asistencia si no se avenía a sus «condiciones». 2) En 1914, manteniendo enérgicamente la neutralidad española al producirse el estallido de la guerra europea. 3) En 1917, sobreponiéndose a una oleada revolucionarla —secuela de la crisis social provocada por los coletazos de esa misma guerra— cuyos verdaderos objetivos maximalistas estaban muy lejos de las modestas reivindicaciones laborales de que ahora nos hablan algunos historiadores cortos de vista. 4) En 1921, intentando simultáneamente la superación de la guerra social desencadenada sobre el país y la quiebra de la unidad conservadora, y afrontando, con resolución heroica, el riesgo de la propia muerte, de cuya certeza no le cabía duda.

En su tiempo, Maura, proclamando la famosa "revolución desde el Gobierno» —«la revolución desde arriba» es frase de Silvela—, puso sordina a la verdadera: la apertura hacia el obrerismo que Dato emprendió con tesón y magnanidad, pero sin efectismos de ningún género. Hoy, cuando se cumple un siglo de la Restauración, a cuyos fallos sociales él quiso poner remedio, apelando —frente a los dogmas marxistas basados en la lucha de clases— a la solidaridad entre las clases, cimentada en el pensamiento cristiano, la figura de Dato cobra su verdadera significación, en sentido perfectamente acorde con el tiempo en que se mueve. Dos textos, procedentes de los polos extremos de la sociedad de entonces —la tensa sociedad de la «be//e époque», fenecida en la estúpida catástrofe que fue la primera guerra mundial— pueden servirnos para definir, mejor que lo haríamos a través de una semblanza retrospectiva, lo que Dato significaba para los contemporáneos que le conocieron, en su trato directo o en su insólita obra política.

Le escribía el barón Gustavo de Rotschild en 1902, cuando Dato le retiró sus servicios profesionales para consagrarse a las tareas de gobierno —ministro de Justicia en el segundo Gabinete Silvela—: "Era Imposible para el señor Silvela asegurarse el concurso de un colaborador más eminente y más prestigioso que usted. Es una gran suerte, para él y para el país, que usted haya querido prestar a uno y otro el concurso de su Indiscutible prestigio y de una experiencia tan consumada como la suya, pero verdade-

ramente no puede eüitar un sentimiento de pesar, pensando en nosotros mismos

y en los grandes Intereses que hemos de defender...»

Y de unos meses antes data esta curiosísima epístola, de sintaxis desastrosa, que firma el maquinista Crispín Lloverás (abril de 1901): "Muy dignísimo y venerable señor: desde que... el Rey Amadeo de Saboya abandonó el trono de España, no creo haber visto en esta desgraciada España otro ministro de la Gobernación que hiciera por el obrero una de las mejores cosas del mundo, que es para todas las clases sociales obreras, la Ley del Trabajo (...). Para no cansarle más, le participo a usted que un servidor no soy de su color político, que mi Dios y mi presidente es don Francisco Pi y Marga//, pero en persona, dejando el color político; de mí hasta la muerte puede usted disponer, de lo agradecidísimo que estoy por la parte que, me toca...»

En la admiración entusiasta coincidían el aristócrata millonario y el humilde proletario. Pero dos décadas más tarde, el que había sido ídolo de los obreros caería inmolado por el terrorismo ácrata; una nueva era revolucionaria se precípataba sobre Europa, animada por la hoguera rusa.

En su visión de la problemática social, Dato fue —desde el lado conservador— equiparable tan sólo al ilustre demócrata Canalejas. Manuel Bueno supo percibirlo con lucidez, allá por 1911. "Hay entre el temperamento de usted y el de Canalejas tan vivas semejanzas —escribía a don Eduardo—, que a no haber acreditado usted una hábil mesura en las funciones gubernamentales y en su exposición de la doctrina social, se les supondría a ustedes afines y colaboradores a una empresa común...»

Una empresa común, y un injusto y trágico destino común. Próximos también, en la clásica solemnidad del Panteón, duermen el sueño eterno los dos promotores de la reforma social en España: uno y otro, sacrificados por el ciego sectarismo de ésa revolución, que no desea cauces civilizados ni «reformas en la continuidad», sino edificar utopías sobre un mundo de ruinas.

En aquella mañana pálida, iría de humedad y de blancos mármoles, en el viejo Panteón de Atocha, la melancolía no era pura nostalgia evocadora, sino angustiosa intuición de un presente que parece ignorar, en plena barbarie, las lecciones del pasado próximo: de un pasado próximo, separado de nosotros por la guerra civil. Por la guerra, civil...

Carlos SECO SERRANO

 

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