Autor: Areilza y Martínez-Rodas, José María de. 
   El cambio     
 
 El Imparcial.    03/01/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

El cambio

Cambiar la sociedad no es lo mismo que cambiar de sociedad. No sé en qué país europeo se han dicho

hace poco esas palabras referidas a un contexto electoral próximo. Contienen un elemento importante de

clarificación, útil, en mi opinión, para la situación y la confusión españolas de hoy. Aquí también se trata

de cambiar y de ir al encuentro de lo que la sociedad de nuestro tiempo ambiciona y desea. El hambre de

bienestar social, de mejoras y de modificaciones; las aspiraciones de la comunidad, en muchos y variados

aspectos de la vida individual y colectiva, se manifiestan cada día y, a veces, en forma torrencial y

tumultuosa. Esa gran marea latente y presente es uno de los elementos positivos de la política que

necesita este país. Yo he resumido hace poco públicamente esta tarea que llamo la modernización, la

modernidad, como meta de llegada para nuestro pueblo, en el curso de los próximos veinte o treinta años.

Modernizar el Estado. Modernizar la sociedad. Modernizar la economía. He aquí la triple vertiente en que

había de realizarse el gran proceso. Y con el señalamiento de quién debe protagonizarlo: la burguesía. No

es exclusividad, ni en régimen de monopolio político, impensable en un pluralismo democrático. Pero sí

en forma preponderante y llevando la iniciativa del cambio.

La estructura de la sociedad en que se desarrolla hoy día nuestra actividad económica es burguesa, si que-

remos llamar a las cosas por su nombre y dejar los eufemismos y los equívocos para mejor ocasión.

España es hoy una sociedad industrial desarrollada en la que todavía existen áreas de regresión y de

infradesarrollo considerables y niveles de contraste y desigualdad en la distribución de renta y riqueza

inaceptables. Pero esos graves desequilibrios no modifican mi anterior aserción. Si hoy nos acercamos o

desbordamos los 3.000 dólares de renta por habitante, es porque el porcentaje de lo que es burguesía en

nuestro país alcanza seguramente cifras superiores a la mayoría numérica de los españoles. Por supuesto,

nadie trata de identificar en ese concepto estamental a la burguesía con los ricos, con los poderosos, con

los de la clase social más alta o adinerada. La burguesía son los empresarios industriales y comerciales;

las clases medias en su totalidad; los cuadros profesionales en su inmensa mayoría; una gran parte de los

funcionarios públicos y de los jubilados; un sector muy extendido de los trabajadores de la industria y, en

general, del campo productivo; los pequeños propietarios agrícolas, y, en resumen, la gran fuerza humana

que con su trabajo y su dedicación hacen marchar este país hacia la modernidad.

Es esa la sociedad que quiere cambiar y situarse en el centro de la evolución hacia el futuro. Es ella la que

debe tomar la iniciativa y la responsabilidad de la mutación necesaria. Pero no quiere eso decir que la

sociedad quiera destruirse a sí misma, perder las posiciones alcanzadas, descender los escalones de

bienestar conseguidos y ensayar una fórmula nueva colectivista, de vida en común. Ninguna falacia sería

comparable a una afirmación de esa índole. Aquí nadie quiere retroceder, ni empeorar, y mucho menos en

aras de un dogmatismo. Se quiere cambiar pero sin perder lo adquirido. Se desea evolucionar para

mejorar, para subir, para aspirar a otras situaciones. La burguesía es, en resumen, forma de hábitos y de

costumbres, actitud intelectual y grado de instrucción. ¿Qué español después de un largo esfuerzo a

determinados niveles de consumo, de cultura, de formación profesional y educativa, los abandonaría

resignadamente como si de un puro azar se tratara? ¿Habría de renunciar al logro

de la educación superior de sus hijos, bajar los escalones de la prosperidad lograda y pensar que en ese

progreso no había un más allá, una vida mejor?

El proyecto de Estado anterior hizo marchar adelante la evolución económica del país, a pesar de sus

planteamientos autoritarios, reñidos con la democracia plural y el ámbito de libertades civiles. Sobre ese

primer cambio de nuestra sociedad que convierte la sociedad, preponderantemente rural, de los años 30,

en una sociedad urbana e industrial, se hace posible edificar hoy un nuevo proyecto de Estado

democrático. Pero nada autoriza a creer que para llevar a cabo esta segunda etapa de nuestro progreso

hacia la modernidad sea necesaria o conveniente la alternativa socialista. Para continuar el desarrollo

industrial, modernizar la economía y repartir más justamente las rentas y las cargas sociales hay que

apoyar esa operación en la entusiasta colaboración de la burguesía industrial, del estamento

multitudinario de los empresarios de toda índole y dimensión y de las clases medias, así como de grandes

sectores del mundo laboral. Esa no es una operación de derechas, sino una protagonización del cambio

necesario por una gran mayoría —democrática y liberal y socialmente progresiva— que no debe situarse

en los actuales momentos a la defensiva, como quien teme lo peor, sino confiada en la justicia histórica de

su causa y en el consenso popular de lo que representa y defiende.

Que existe un sector público en la actividad económica del país es un hecho necesario que brota de la

propia dinámica del desarrollo. Y que ese sector nacionalizado tenga mayor o menor dimensión, puede

ser discutido y aceptado por razones técnicas - o de interés general de la comunidad. Como lo es el

protagonismo del Estado en la actividad económica nacional, uno de los acontecimientos más importantes

de los últimos cuarenta años, que ha terminado con la vetusta imagen del Estado canonista, sustituido hoy

por un Estado empresario de considerable volumen. Pero nada de esto presupone cambiar la sociedad

actitud por una sociedad colectivista.

El socialismo está ahí, con sus votos, con sus parlamentarios y con sus sindicatos, predicando sin cesar su

programa y haciendo continua afirmación de su fe y de su legítima aspiración a constituirse en su día en

alternativa de gobierno. El comunismo, en su versión democrática y pluralista, ofrece la equívoca

mercancía del eurocomunismo a sabiendas de su poco verosímil aceptación. Son y serán ambos partidos,

dentro de sus muy distintas posibilidades, elementos importantes y respetables de nuestra pluralidad

constitucional futura. Pero tomemos nosotros de su ejemplo lecciones para una actitud política definida

asentada en nuestro convencimiento propio que es lo único que en política despierta la convicción de los

demás, ofreciendo a la opinión nuestro proyecto de Estado democrático con un contenido que resulte más

atractivo, parezca más viable, sea más conveniente y se revele más adecuado al interés de la mayoría, que

el de los partidos españoles de la izquierda colectivista.

Y cambiemos cuanto sea preciso «en la» sociedad. Pero no cambiemos «de» sociedad.

JOSE MARIA DE AREILZA

 

< Volver