Autor: Ruiz Gallardón, José María. 
   El caso francés: la involución del golismo.     
 
 ABC.     Páginas: 1. Párrafos: 9. 

ABC

EDITADO POR PRENSA ESPAÑOLA, SOCIEDAD ANÓNIMA MADRID

REDACCIÓN, ADMINISTRACIÓN Y TALLERES; SERRANO, 61-MADRID

FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA

EL CASO FRANCÉS: LA INVOLUCIÓN

DEL GOLISMO

E

L general De

Gaulle se fa-

bricó una Constitución «ad personam» que ha-bría de regir los des-

tinos de la V República. Con ella ~y con el peso de su enorme autoridad históri-ca— gobernó, como

quiso y entendió, prácticamente hasta su muerte. Porque incluso cuando perdió el referéndum y se retiró a

Colombey-les-deux-Eglises no ha faltado quien, muy próximo al ge-neral, diga que "quiso" perderlo. En

rea-lidad, ni el mayo francés del 68 ni la tenaz oposición organizada de comunis-tas, socialistas y

reformadores pudieron nada contra él. Hombres de talante nada autoritario, pero sagaces, prefirieron el

"oui, mais" que les permitía estar con la mayoría, gobernar con ella, pero marcan-do distancias y

diferencias. Tal es el caso del inteligente ministro de Finanzas, Va-lery Giscard d´Estaing.

Luego vino Pompidou. Y la cómoda mayoría parlamentaria, en la que la coa-lición golista, U. D. R.-

giscardianos, ha podido permitir un no menos cómodo Gobierno. Las instituciones, creadas y rodadas en

la vida del general, parecían funcionar a la perfección y el presiden-cialismo francés se presentaba como

del gusto de los ciudadanos.

La escena cambió radicalmente a la muerte del general. De aqui y de allá, siempre dentro de la mayoría,

empeza-ron a surgir voces de «el verdadero con-tinuador del golismo soy yo y los míos». Los restos del

egregio ausente se los disputaban, a veces a dentelladas, aque-llos a los que él logró un dia agrupar.

Diferencias, disensiones, criticas acerbas, escándalos financiero-políticos, espectacu-lares pases a la

oposición, fortalecimien-to consiguiente de la unión de izquierdas, y las elecciones para marzo de este

año como telón de fondo. Nadie duda seria-mente hoy en Francia que los grandes perdedores en ellas van

a ser los inte-gran tes de la mayoría actual, más con-cretamente los partidarios pompidolistas de la U. D.

R. Los últimos sondeos de opinión señalan que en ningún caso la actual mayoría seguirá siéndolo. Todo

lo más, alcanzará un 43 por 100 de los vo-tos, frente a otro 43 por 100 para la unión de izquierdas —que

no se conocía en Francia desde los lejanos tiempos del Frente Popular, sobre el que acaba de aparecer en

París un espléndido libro de Jacques Delperrié de Bayac, publicado por Fayard— y un 14 por 100 para los

reformadores de Servan-Schreiber y Le-canuet. Y todos, absolutamente todos los órganos de opinión,

atribuyen este retro-ceso de la mayoría, de consecuencias in-

sospechadas para Francia y para Europa, a la desintegración del golismo a raíz de la desaparición del

general. Repito: con instituciones rodadas y con un país de indiscutible cultura cívico-política.

Vistos los hechos vengamos a nues-tra patria. Naturalmente, salvando las in-discutibles diferencias

existentes entre ambos países. Pero creo que no es nin-gún desatino meditar sobre la involución del

golismo o su autodestrucción, extra-polando las conclusiones a nuestro pe-culiar supuesto.

El parangón, repito, servata distancia, podría establecerse asi: U.D.R.-Movi-miento Nacional; De Gaulle-

Franco; Constitución de la V República france-sa-Ley Orgánica del Estado.

Si ese parangón no fuera meramente analógico, si constituyera una verdadera ecuación de igualdad, sería

fácil obtener la siguiente conclusión: al cumplirse las previsiones sucesorias, e1 Movimiento Nacional

sufrirá rudos embates por par-te de la oposición y, en definitiva, la Ley Orgánica del Estado puede

resultar in-servible como Ley Fundamental.

Tales conclusiones me parecen desacer-tadas. En efecto, Franco es figura en y para España de carácter

mucho más ex-cepcional aún que De Gaulle en y para Francia. Este no surgió de una guerra civil; aquél,

si. Este quiso conservar el sistema pseudo-parlamentario; aquél, no. Este se sirvió de su misma

personalidad, haciéndola perdurable «post-mortem», pa-ra ordenar el destino de los franceses, mientras

que el Generalísimo ha proce-dido a una reinstauración de la Monar-quía tradicional. Hoy, Pompidou es

el jefe del golismo. No representa a todos los franceses. Don Juan Carlos será Rey de todos los españoles,

sin distinción, y

no jefe de unos o de muchísimos de ellos. La virtua-lidad y ventajas de la Monarquía se po-nen así de

manifies-to sobre la forma republicana, presiden-cialísta o no.

Pero pese a tan importantes —trascen-dentales— diferencias hay algo en que la analogía si resulta

interesante. Se tra-ta de la necesidad de «rodar» previamen-te las instituciones antes de exigir su ple-no

rendimiento. Y precisamente hay que hacerlo teniendo como punto de mira el futuro, no el pasado. Este

condiciona a aquél, pero es el porvenir el que debe alentar toda acción política y no al re-vés. De ahí la

necesidad, a mi juicio in-discutible, de que se potencien y pongan en uso, en práctica, todas las posibilida-

des contenidas en nuestras Leyes Fun-damentales, sobre todo en la Ley Orgá-nica. Se trata de decidirse a

dar el salto, de pasar de la potencia al acto. Y la convivencia será distinta y mucho más fácil si ya desde

ahora nos acostumbra-mos a no ampararnos simplemente en la excepcionalidad de la figura del Jefe del

Estado. Que por ser excepcional es irre-petible. En otras palabras; hay que em-pezar a andar como si el

futuro ya hu-biera llegado. Con el despliegue de todas las posibilidades democráticas que se en-cierran e

inspiran nuestras leyes. Porque la España del mañana será una Monar-quía democrática o no será

Monarquía, Al menos éste es mi pensamiento.

Precisamente la gran originalidad del sistema español es que sabe aunar tra-dición y progreso. La

Institución monár-quica, apoyada en el pueblo y limitada tal y como establecen nuestras Leyes

Fundamentales, es palanca para el lan-zamiento hacia una vida mejor y más justa. Por eso es necesario

que los es-pañoles nos acostumbremos desde aho-ra a exigir y a exigirnos. A participar, en una palabra.

Franco lo ha dicho en su último discurso de fin de año. Todos los españoles tenemos acceso. Pero hay que

actualizar los cauces de participa-ción previstos en las leyes. Sin ello, el futuro, el nuestro y e1 de

nuestros hijos, será una incógnita, hecho absolutamente contrario al pensamiento del Generalísi-mo. Por

lo que todo inmovilismo es malo. Como es malo todo extremismo. La car-ga de serenidad contenida en

nuestras leyes tiene que ser ya desde ahora savia vivificante del quehacer político. Sólo así se culminará

el proceso de recuperación histórica que, iniciado en 1936, no debe detenerse en ningún momento.

José Marta RUIZ GALLARDON

 

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