Autor: Seco Serrano, Carlos. 
   La promesa cumplida     
 
 ABC.    22/02/1976.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 9. 

ABC

LA PROMESA CUMPLIDA

LA primera visita a Barcelona de Alfonso XIII, después de declarada su mayoría de edad, tuvo lugar en 1904. Estaba muy próxima la crisis del 98. En Cataluña, tras el Gobierno «regeneraciocista» de Silvela, que hizo un gran esfuerzo para asimilarse los regionalismos en crecida, Se había producido la quiebra de los partidos dinásticos —la «España oficial» del turno pacifico— y dos realidades autenticas canalizaban la tumultuosa inquietud social y política en que el nuevo siglo iniciaba su camino: de un lado, el republicanismo demagógico de Lerroux; de otro, el catalanismo de la «Lliga», inspirado por e1 patriarca Prat de la Riba y articulado por la vigorosa personalidad de Cambó. Cataluña —la opinión catalana, la actitud catalana de cara al «caduco» edificio de la Restauración— constituía la gran incógnita y la gran zozobra en el incierto horizonte sobre el que se proyectaban los «regeneracionismos» de múltiple signo en que se cifró la réplica positiva al Desastre.

En 1900 la visita de Eduardo Dato —ministro de la Gobernación— a Barcelona había provocado una violenta reacción de la alta burguesía industrial —irrigada por las leyes sociales con que aquél inició el revisionismo del viejo «laissez faire» liberal— y de los partidarios del concierto económico, descartado por el ministro de Hacienda, Fernández Villaverde: las famosas «xiulades» que soportó estoicamente y sin alterarse el buen don Eduardo eran como el repudio efectivo de la «España oficial» fustigada por el costismo. Con tales antecedentes, el viaje del joven Rey Alfonso XIII, decidido por el arrogante Maura de la «evolución desde arriba», significaba una arriesgadísima experiencia; pero una experiencia que no podía eludirse, tanto en el sentir de don Antonio como en «1 del propio Monarca. La Lliga, de reciente constitución, decidió abstenerse en la recepción oficial; el republicanismo parecía absorber todas las impaciencias, todas las reivindicaciones populares.

Pero Alfonso XIII —que hizo su entrada en Barcelona desde el mismo centro de la ciudad, pues bajó del tren en el apeadero de Gracia— fue acogido con indescriptible entusiasmo multitudinario, A cuerpo descubierto, y montado a caballo, recorrió el paseo de Gracia y las Ramblas para llegar a su alojamiento en Capitanía, entre un delirante fervor de muchedumbres: un fervor que ahora podemos comprobar en un viejo documental cinematográfico, precioso documento histórico verdaderamente incontestable. Pasado el tiempo, los despechados ante este sorprendente triunfo del Rey tratarían de restarle importancia presentándolo como una «movilización financiada» por el marqués de Comillas y otros «leales» a la dinastía. Pero lo cierto es que la realidad de la calle había desbordado todos los supuestos y todas, las previsiones. Una carta —inédita hasta hoy— dirigida a Dato —que desde Madrid seguía con inquietud las noticias de la jornada regia— por un templadísimo observador de los acontecimientos, confirma plenamente, el de abril de 1904, lo que fue, de hecho, el gran acontecimiento: «En verdad que el éxito ha sido superior a lo que todos debíamos esperar: no dudé nunca de él; pero no lo creía tan grande como resulta. Desde que el Rey puso el pie en tierra hasta el momento en que escribo a usted, aquí y fuera de aquí todo es una ovación continuada, sin una nota discordante, sin nada que empañe lo que puede calificarse de "exitazo", tanto más grande cuanto que este país es frió, indiferente, escéptico y las circunstancias no parecían las más a propósito para esta visita. Pero la psicología de las muchedumbres es imposible de estudiar y definir, pues en ella se transmite el entusiasmo, el odio, el miedo o el valor con la misma incomprensible facilidad con que el bostezo se extiende en una reunión cualquiera...

Recibimos la salida del Rey por el paseo de Gracia con la más grande ovación que aquí se ha visto; y a todo lo largo de aquel cordón formado por milés y miles de almas la ovación siguió, y en ella tomaron igualmente parte los fracs y las blusas, los chales de seda y los mantones: no ha sido la obra resultado de preparación artificial, no; ha sido el arranque espontáneo que ha brotado en los espíritus porque sí, por lo que decía antes de la psicología de las muchedumbres...»

Aquella realidad insoslayable provocó una escisión en la Lliga: un sector de los concejales que en principio acordaran abstenerse de asistir a la recepción ofrecida al Rey por el Ayuntamiento decidió ahora deponer esta actitud, ante el hecho evidente de que la Monarquía —encarnación de «toda» la sociedad española, de «todas» sus facetas regionales— no podía confundirse con la ficticia «España oficial» de las invectivas cestistas. El encuentro de Alfonso XIII con el catalanismo, encamado en el ardoroso verbo de Cambó, conmovió al Rey hasta el punto de comprometerle a algo que —por desdicha— no se vería nunca cumplido en el correr de los días y bajo e1 cúmulo de las preocupaciones políticas: utilizar la hermosa lengua catalana para dirigirse a sus subditos del Principado en futuras visitas. Las visitas se repitieron —en 1907, en 1908...; en 1920, en 1922, en los años de la Dictadura—. Pero Alfonso XIII no pudo o no supo hacer honor a su promesa: promesa que encerraba un valor sentimental demasiado alto para que los catalanes quisieran olvidarla. Todavía en 1930, caído el régimen dictatorial, Cambó deploraría ese aplazamiento «sine die» de un ofrecimiento regio que, de cumplirse, hubiera ganado para siempre, incondicionalmente, los corazones catalanes para el Rey madrileño.

Desde la última estancia de Don Alfonso en la Ciudad Condal (1930) ha transcurrido casi medio siglo; el largo paréntesis se cierra ahora, con la visita de Don Juan Carlos, nieto de aquél, y abanderado de la nueva Monarquía. Recientes aún otras entradas oficiales —las de Franco, rodeadas de aparato, atenidas a un ritual que fundía ceremoniales estrictos y convocatorias organizadas hasta en sus últimos detalles—, el «estilo» de este viaje regio rompe todos los moldes. He presenciado en la calle de Frenería, en pleno barrio gótico, el entusiasmo espontáneo de gentes sencillas que bloqueaban el paso de los.coches. Ni siquiera se había ordenado el cierre de los comercios de la zona, como era costumbre para encauzar el aflujo del público; y la noticia de la visita real fue casi inmediata a la presencia de los Reyes. Luego, la televisión me ha permitido contemplar el espectáculo esplendoroso del Tinell; y, sobre todo, he podido escuchar el discurso de Don Juan Carlos, en que se ha alternado el idioma oficial de España con la lengua catalana, pronunciada con un acento perfecto —un acento de «l´Ampordá»—; y las ovaciones delirantes con que la nutridísima concurrencia que abarrotaba el soberbio salón volcaba su emoción caliente: la de un pueblo que reconocía abierto el cauce más directo al diálogo con «su» Rey.

Cumplía así Don Juan Carlos la vieja promesa que no pudo —o no supo— cumplir su abuelo. Una difícil muralla ha caído por tierra y ese arrasamiento de un «obstáculo tradicional» para la compenetración de la Corona con sus subditos —con una muy notable parte de sus subditos— ripia exactamente con la voluntad democrática del Monarca, atento a lo que el tiempo exige de la secular Institución que él tan gallardamente encarna.

Al abandonar la maravillosa plaza del Rey —flanqueada por los cascos resplandecientes de la guardia montada— me dirijo a la de San Jaime; allí, a escasos metros del Tinell, una multitud silenciosa da vueltas, en expresión de muda protesta, entre los dos grandes edificios —Diputación y Ayuntamiento— que la encuadran. Es una manifestación pacífica, organizada tras un programa de reivindicaciones laborales. De nuevo lo insólito, la quiebra con todo lo anterior. He aquí la expresión civilizada, de realidades insoslayables, codeándose en un breve espacio urbano del corazón de Barcelona.

Decididamente las cosas han cambiado: han cambiado actitudes y talantes, desde la cumbre al llano.

Pocas veces he tenido tan directa la intuición de que España entra decidida, abiertamente, en una fase nueva y esperanzadora de su Historia.

Carlos SECO SERRANO

 

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