Autor: Luca de Tena, Cayetano. 
   El fin de la cuarentena     
 
 ABC.     Página: 505-507. Páginas: 3. Párrafos: 14. 

COLECCIONABLE 70 AÑOS DE ABC

1950-51

EL FIN DE LA CUARENTENA

EL juego de palabras es demasiado fácil. Pero lo cierto es que con el fin de la década de los cuarenta, España empieza a salir del lazareto en que fue confinada. Una vez más, Rusia favorece la estabilidad del Régimen de Franco. En 1949 ha hecho estallar su primera bomba atómica. En junio de 1950, la Corea comunista del Norte invade la democrática Corea del Sur.

No puede ser sólo coincidencia que en agosto de este mismo año la Cámara de Representantes de Norteamérica apruebe un préstamo a España de 62 millones y medio de dolares, ni que el presidente Truman -que no adora precisamente nuestra actitud política- firme autorizándolo. No es coincidencia que los Estados Unidos voten, por primera vez, a favor de España en la resolución con que la O. N. U. anula su condena de 1946. Francia e Inglaterra —como era de esperar— se abstienen en la votación. Méjico -también se esperaba-vota en contra, del brazo de los países comunistas. Son los países hispanoamericanos con esa lamentable excepción- y los árabes los que rectifican, a cuatro años de distancia, el error cometido. Vuelven los embajadores extranjeros. Ya no somos «un peligro para la paz del mun-

do». Malos días para Alvaro de Albornoz, que ha sustituido a Rodolfo Llopis al frente del Gobierno republicano en el exilio. Por un momento, todo estuvo al alcance de los derrotados.

Dos nuevos nombres de «confianza»: luis Carrero Blanco y Arias Salgado

La firmeza de la España sitiada, su férrea unidad, su alegre aceptación de las dificultades, quiebran un pronóstico que parecía favorable a los enemigos del «franquismo». Stanton Griffis viene, en marzo del 51, como embajador norteamericano cerca del Gobierno de Madrid. Y aquí no ha pasado nada. O si algo pasó, vamos a olvidarlo.

CAMBIO DE MINISTROS Y ALGUNAS COSAS MAS

El 19 de julio del 51 hay cambios en el Gobierno. Como novedad importante se registra el nombramiento de Luis Carrero Blanco como «ministro subsecretario de la Presidencia». El hombre de la máxima lealtad al Caudillo alcanza en esta hora la destacada posición que mantendría hasta su asesinato. Gabriel Arias Salgado aparece como titular de un nuevo Departamento, el de Información y Turismo, que engloba funciones anteriormente dispersas. Ni en el más apretado resumen se puede dejar sin comentario la personalidad de este ministro que representó la máxima severidad en la vigilancia de unas normas morales severísimas. El cine, la Prensa, el teatro, guardan mil historias y anécdotas de estos años. Y, sin embargo, no toda la responsabilidad de aquel extremado celo le corresponde al personaje. Alguna habría que reservar para el alto clero, que a veces juzgaba su actuación como débil y tolerante.

En educación Nacional hay un nuevo ministro. Se llama Joaquín Ruiz-Giménez. Es un nombre que va a sonar mucho. Girón sigue al frente del Ministerio de Trabajo y Raimundo Fernández Cuesta se hace cargo de la Secretaría General del Movimiento. Manuel Arburúa es ministro de Comercio y Martín Artajo sigue -estaría doce años en total- en la cartera de Asuntos Exteriores.

1951 presenta algunos aspectos favorables para este sufrido país. Tal vez, en primer lugar, la postura de los Estados Unidos, que desean establecer bases militares en nuestro territorio y concederían a cambio ayuda económica y moderno material para el Ejército. El almirante Sherman viene en misión especial y se entrevista con Franco en El Pardo en julio, dos días antes del cambio de ministros. Aunque el primer acuerdo hispano-norteamericano no se establezca hasta 1953, las bases del convenio -nunca mejor dicho— están sentadas. Y este acercamiento a Washington significa un respiro para el Régimen español, que ha sostenido mucho tiempo un asfixiante cerco de hostilidad.

Otro dato positivo de estos años es que los turistas comienzan a llegar. En el año 49 han entrado 300.000 visitantes y él pronóstico para el 50 es optimista: se espera llegar al medio millón. Claro que hacen falta hoteles y buenas carreteras, y así lo pregonan voces autorizadas.

A nadie se le ocurriría vaticinar a estas alturas que el número de turistas iba a multiplicarse por sesenta en muy pocos años.

Marzo del 51 trae algo nunca visto en los doce años que ya cuenta el Régimen: el primer conflicto social con huelga, manifestaciones y desórdenes públicos. Y todo empieza por los tranvías. El aumento en el precio del billete provoca una reacción inesperada. La gente va a pie, mientras los tranvías circulan absolutamente vacíos. Claro que todo esto ocurre en Barcelona, y Barcelona es capaz de actitudes cívicas coherentes, de gestos colectivos unánimes. Al principio existe un espíritu alegre y hasta deportivo. Los barceloneses se calzan sus alpargatas y caminan hacia su taller o su oficina sin mezclar a esta andariega determinación ningún otro matiz de rebeldía. Pero las cosas se complican pronto. Hay piedras contra ciertas fachadas, abandono del trabajo, enfrentamientos con la fuerza pública... A los cinco días, la tranquilidad se ha restablecido y las tarifas se han rebajado. El saldo del incidente arroja un muerto y varios heridos. Pero arroja también la primera pequeña victoria del espíritu oposicionista. La obligada rebaja en el billete del tranvía demuestra a muchos que, aun dentro de un sistema de autoridad, la protesta es posible. Estas fechas de marzo de 1951 son la primera grieta—invisible todavía- en la recia estructura del Régimen, el primer tanteo de unas fuerzas contrarias que empiezan a organizarse en la clandestinidad.

Aparte este episodio, que sólo tiene repercusión en algunas provincias del norte y que fracasa en Madrid, las cosas siguen su curso favorable. Las restricciones eléctricas, pesadilla de estos años, cesan totalmente en Cataluña. La Bolsa está en alza. Se construye, se restaura, se encuentra poco a poco el acento de la normalidad. Los dólares del préstamo norteamericano se invierten en algodón, tractores y fertilizantes. El silencioso trabajo de los españoles durante una etapa difícil empieza a dar frutos visibles.

BREVE RECORDATORIO DE MUERTOS ILUSTRES

Don Alvaro de Figueroa, conde de Romanones, muere en 1950. Un hombre popular, un político de casi permanente presencia en los Gobiernos de la Monarquía. Acaparó en un momento dado la indignación de los leales de Alfonso XIII pero defendió gallardamente al monarca ante las Cortes de la República. Su agudeza, su instinto, su conocimiento del medio político español le convirtieron en figura insustituible. Desde 1901 hasta la caída´ de la Monarquía es difícil no encontrar su nombre en las listas de los numerosos gobiernos como

ministro o como presidente. Su perfil inconfundible sirvió de blanco a los caricaturistas de la época e incluso a los cómicos del teatro menor que lo remedaban en escena. Su vida fue de las más ricas en historia y en anécdota del primer tercio del siglo XX.

En la iglesia de la Macarena de Sevilla descansa el cuerpo de Gonzalo Queipo de Llano, un castellano de Tordesillas que conquistó la ciudad del Guadalquivir no sólo militarmente durante los primeros días del Movimiento Nacional, sino en lo sentimental y humano para todo el resto de su vida. Los sevillanos se deslumbraron ante el alarde de atrevimiento e imaginación, de arrojo y fantasía con que «el General», sin más fuerzas que un puñado de hombres y un micrófono, supo ganar una acción absolutamente decisiva para el Ejército Nacional. Su voz alentaba cada noche a los que en la otra zona, escondidos y temerosos, aguardaban la hora de su liberación. Gonzalo Queipo de Llano fue algo más que un militar victorioso. Fue un hombre en olor de multitud, una figura legendaria cuyos dichos y hechos se repetían con admiración y regocijo por las tabernas y los salones, por los casinos y las barberías. Llegó como nadie a esa cuerda secreta escondida en el corazón de los andaluces y la hizo vibrar con un son difícil de arrancar y que sólo escuchan los elegidos. Fue un general «con ángel».

El otro militar importante que 1951 escribe en su lista de bajas es el también teniente general José Enrique Várela. Andaluz de nacimiento -gaditano de San Fernando-, vive en la guerra de África sus años juveniles, de combate en combate, de herida en herida, y desde- segundo teniente hasta coronel gana todos sus ascensos por méritos de guerra. El Alzamiento lo encuentra preso en el fuerte de Santa Catalina, de Cádiz, de donde sale para ganar la ciudad.

En septiembre del 36 libera, con sus fuerzas marroquíes, el sitiado Alcázar de Toledo.

Reconquista Brúñete y Teruel. Era el único soldado de su tiempo que llevaba dos laureadas de San Fernando sobre el pecho.

Otro ilustre militar fallece en 1951, pero éste no es español. Se llama Henri Philippe Pétain y es -era- mariscal de Francia. Ha sido el gran sacrificado de la Segunda Guerra Mundial. «Ya que no he podido ser vuestra espada, seré vuestro escudo.» La Historia le repartió el papel menos agradecido y más difícil que él desempeñó con evidente buena fe, liquidando voluntariamente en la empresa su limpia espada y su inmenso prestigio. El héroe de Verdún muere en una prisión, aunque sus últimos días se agotaran en un hospital. Para muchos franceses y para muchos españoles, de los que fue amigo leal, su nombre continúa siendo digno y respetable.

Cayetano LUCA DE TENA

ABC. 70 AÑOS 507

 

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