Autor: Areilza y Martínez-Rodas, José María de. 
   La incidencia norteña     
 
 ABC.    10/12/1978.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

LA INCIDENCIA NORTEÑA

Me escribe un querido amigo para comentar las noticias de violencias cotidianas, que ponen acentos, cada

vez más alarmantes, en la tormentosa convivencia española. «Menos mal —me dice— que tratándose de

un terrorismo localizado en una región pequeña como son, desde el punto de vista demográfico y

territorial, el País Vasco y Navarra, no podrá influir ese brote de manera decisiva en el conjunto español y

en su proceso político.» Mal conoce mi comunicante la Historia de España. Si algo se desprende de su

curso, en el siglo XIX, es exactamente la tesis contraria. Muy brevemente voy a comentarlo porque se

trata de hechos sucedidos en época «reciente», para emplear medidas de historiador.

Empezó la primera guerra carlista en 1833, a los cuatro días de morir Fernando VII. Se sublevó primero,

en Talavera, el administrador de Correos, y a poco, en Segura, don Ignacio de Lardizábal y Altuna al

frente de un nutrido grupo de voluntarios realistas, cuyas blancas «txapelas» brotaban como hongos en la

verde umbría de las montañas. La vida de Segura está en el corazón del Goyerri, la Guipúzcoa alta y

campesina. La primera guerra civil duró seis años largos. Tuvo dos grandes caudillos militares en el

campo de don Carlos María Isidro, que fueron Zumalacárregui y Cabrera. El País Vasco y Navarra eran el

bastión fundamental de la rebeldía. Don Ramón Cabrera fue el genio estratégico de la campaña en Aragón

y Cataluña. El Pretendiente se movía de un modo casi exclusivo entre las poblaciones vascas adictas a su

causa, residiendo en Oñate, Durango, Estella y Tolosa, salvo la breve expedición militar que le llevó al

interior de España. Su corte errante no se salía de los límites geográficos del carlismo vasco-navarro en

armas. Agustín de Chano, escritor vasco-francés, que visitó los campos de batalla de aquella contienda

desde el lado carlista, llamó a su famoso libro, escrito en 1835, «Viaje a Navarra durante la insurrección

vasca», pues según él tenía ese profundo sentido a pesar de su nominal versión dinástica.

Esa insurrección dominó con su llaga sangrante, abierta en el flanco pirenaico, los años de la menoridad

de Isabel II. Los caudillos militares moderados y liberales del ochocientos —Narváez, Córdoba, Prim,

O´Donnell, Serrano— se forjan luchando con ella y empezaron en ese paisaje su carrera política. Entre

todos destaca don Baldomero Espartero, que lleva el peso de la campana final, levanta el sitio de Bilbao,

después de la batalla de Luchana, y pacta en 1839 un convenio en Vergara que desarma, con su aparente

contenido fuerista, al carlismo vasconavarro precipitando la paz. Espartero, empujado por los

acontecimientos, se convierte en la figura cumbre del progresismo; es nombrado Príncipe; interviene

decisivamente en la política; se proclama Regente del Reino; expulsa de España a María Cristina y

culmina así la primera parte de su meteórica ascensión. La «guerra del Norte», limitada a unas provincias

pobres, de población rural en su mayoría y de hábitos tradicionales, había modificado con sus seis años de

campañas incesantes toda la problemática de la España isabelína.

Pasan treinta años y la Revolución de Septiembre, con su trayectoria ideológica, desencadena otra vez, en

1872, la insurrección vasconavarra con el nuevo Pretendiente, Carlos VII, nieto del anterior. Esta

contienda dura cuatro años y moviliza decenas de millares de combatientes en ambos bandos. La «guerra

del Norte», como se la vuelve a llamar en los periódicos de la época y en las sesiones de Cortes, es un

problema de tal importancia qué incide de modo directo en el curso de los acontecimientos de la capital.

Y la primera República se viene abajo, en buena parte, por la serie de fracasos militares que encajan sus

soldados y sus generales ante los ejércitos carlistas. El flamante Regente, Duque de la Torre, asume el

mando supremo, pero no logra el vencimiento definitivo. En la tercera batalla consecutiva de Somorrostro

triunfa por fin el general Concha, entrando en Bilbao. Tan decisiva fue esta victoria que los alfonsinos

intentan proclamar Rey al Príncipe Alfonso, al socaire de la liberación de la Villa, dos veces invicta. El

hecho de Sagunto pudo ocurrir en mayo de 1874, en las afueras de Bilbao, y se aplazó para dar lugar a

que el mismo general Concha ocupase con sus victoriosas tropas la ciudad santa del carlismo, Estella, con

lo que la insurrección se suponía podía quedar vencida. Pero el destino cortó, en el combate de Abárzuza,

la vida del valeroso jefe hispano-argentino, nacido en Tucumán. Martínez Campos no se «pronunció»

hasta seis meses después y la Restauración se hizo en función de los avatares de la guerra del Norte.

Todavía, medio año más tarde, Alfonso XII se halló en un tris de caer prisionero o perecer, en el combate

de Lácar a manos de los voluntarios vasco-navarros, con lo que se hubiera modificado de nuevo el entero

panorama del canovismo triunfante.

«Guerra del Norte». ¿Incidente bélico? No, sino problema nacional. Desgarrón interior en un tejido

neurálgico. Contradicción abierta de los enfrentamientos fratricidas. Proceso dinámico de tal intensidad

que arrastró en su vorágine personalidades, prestigios, ambiciones frustradas o logradas y planteamientos

partidistas en mucha mayor medida que una guerra exterior. La guerra de la Independencia, por ejemplo,

que también duró seis años produjo casi un millón de víctimas —cifra enorme, dada la población de

España en 1800— y no condicionó, hasta su término, el proceso político institucional. Las guerras civiles

—ya es sabido— llevan consigo una mucha mayor carga pasional y dramática que las rebeliones o

contiendas de independencia contra un invasor foráneo.

También en 1833 o en 1873 se minimizaban en el Congreso y en el Senado madrileño las noticias de la

insurrección vascongada, foral y dinástica. Cuando el Pretendiente entró, en julio de 1834, por el collado

de Urdax, hacia Elizondo, para ponerse a la cabeza de sus partidarios, se dijo desde el Poder, por

Martínez de la Rosa, que se trataba de «un faccioso más», con esa inveterada costumbre española de

aplicar palabras despectivas a los problemas graves creyendo que el tono de los vocablos sirve para

conjurar la realidad de los hechos.

La incidencia de las guerras norteñas fue tan profunda en el pasado siglo que alteró sustancialmente el

curso de los acontecimientos, al margen de que su dimensión fuera local y poco extendida. Tan

importante enseñanza no debe ser hoy menospreciada. Los problemas de Vasconia afectan a todo el ser y

al devenir de España. Calcular la dimensión de un conflicto por el coeficiente numérico de los habitantes

de un pueblo, en relación con la totalidad de los que componen la comunidad entera, es un frecuente error

de perspectiva. Lo que allí está planteado es una cuestión que nos afecta a todos. Y la Historia nos

muestra en qué grave medida alteró en el ochocientos rumbos de gobierno, cambios de régimen y

efemérides que jalonaron el destino de nuestro pasado. No releguemos el tema al frigorífico de lo que

puede esperar turno ante otras prioridades. La incidencia norteña es la primera de las irresueltas preguntas

que la esfinge del futuro dirige a los políticos y a los hombres de Estado de la España presente.

José María de AREILZA

 

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