Autor: Areilza y Martínez-Rodas, José María de. 
   Una opinión sobre el foralismo     
 
 ABC.    03/10/1978.  Página: 3, 5. Páginas: 2. Párrafos: 12. 

UNA OPINION SOBRE EL FORALISMO

Por José María de AREILZA

Me pide el director de ABC una opinión sobre el problema de los Fueros vascongados traído ahora a la

candente actualidad por la enmienda adicional a la Constitución aprobada en la Comisión del Senado. No

intento entrar en la polémica surgida en torno al tema en el que —como ocurre inevitablemente en

discusiones parecidas— la controversia puede eternizarse sin resultado por hablar o escribir los

discrepantes en terrenos conceptuales heterogéneos. Es como si en un mismo tablero de juego uno

utilizara las fichas de damas y su antagonista la piezas de ajedrez, cada uno con sus reglas propias. La

locución que más excita el celo de los antifueristas es la de «los derechos históricos». Leemos, por

ejemplo, que «la Historia no puede servir de base a ningún derecho». Que se trata de una denominación

«extravagante» y «anticuada». A lo que añaden otros que se trata de una aplicación del legítimismo

dinástico tradicionalista transferido a los entes territoriales. También espigo el malsonante vocablo

«ahistórico» en la letanía de los dicterios. Veamos a qué sirve tan copiosa dialéctica verbalista aplicada al

problema vasco.

En una comunidad llamada España, a la que todos queremos servir y pertenecemos, hízose

trabajosamente durante siglos un largo proceso de unificación política, social, económica y cultural que se

inició en 788 en las montañas de Asturias, último reducto que resistió a la pleamar invasora. Allí brotó de

nuevo la chispa de la reconstrucción nacional de una colectividad cristiana peninsular que estaba entonces

sumergida bajo el océano dominante, islámico. El proceso de esa idea primitiva hasta que cuaja en la

consolidación de la Monarquía de Fernando e Isabel es conocido de todos. Uniones personales,

matrimonios ínterdinásticos, señoríos incorporados a la Corona eran algunas de las formas que durante los

siglos medievales utilizaron los Reyes para extender, afianzar o proteger su dominio sobre pueblos y

territorios: Vizcaya era Señorío y se incorporó al Reino de Castilla en 1371. Guipúzcoa lo hizo en 1200.

La cofradía de Álava en 1332. Tenían estas tierras un complejo sistema de administración pública.

Vizcaya tuvo no uno, sino muchos fueros: el de los señores. El de los hidalgos. El de los Reyes. El de las

hermandades. El de las villas. Pero el sistema foral no era una yuxtaposición de otorgamientos y

privilegios, sino un modo de gobernarse el Señorío o la tierra de Álava o el Reino de Guipúzcoa con

arreglo a unas normas y a un conjunto de reglas y costumbres respetadas por todos. El Fuero era, en gran

medida, un código de garantías individuales y procesales que hoy llamaríamos derechos civiles y

personales; y un funcionamiento de instituciones representativas que, sin que pudiéramos calificar como

democráticas a la usanza moderna, llevaban implícito el principio de conceder a villas, anteiglesias y

ciudades el derecho de alzar su voz y su opinión en las Juntas generales o asambleas provinciales basadas

en la tradición municipalista de los núcleos locales.

Este sistema no era privativo de la tierra vasca. Existió de una forma o de otra en los demás reinos

peninsulares. La idea de que el Monarca pactaba con el pueblo garantizando la vigencia de ciertas leyes,

usos y costumbres, privativo de éste, es uno de los cimientos históricos de la Monarquía española y no

hay que esforzarse en demostrarlo con citas y ejemplos archiconocidos.

La llegada de los Aústrias cambia radicalmente el panorama de la Monarquía española. Afronta Carlos V

el primer choque con los sistemas representativos de Castilla en la guerra de los Comuneros. La derrota

de Villalar equivale al desmoche de la forma peculiar de gobernarse el Reino de Castilla y al término de

la autonomía, junto a la impotencia de sus Cortes. Felipe II acaba con los privilegios de Aragón al socaire

de las alternaciones creadas por la persecución contra Antonio Pérez. Felipe V liquida el gobierno general

de Cataluña en torno a las batallas de la guerra de Sucesión. ¿Qué se mantiene en pie de la vieja España

tradicional en orden a las instituciones locales y provinciales? El sistema de los Fueros de las llamadas

entonces «provincias» por antonomasia y el régimen del Reino de Navarra. Y muy poco más. Cuando en

la guerra de la Independencia Asturias se levantó contra Bonaparte utilizó la Junta General del Principado

para investirla de autoridad y jurisdicción. Toreno escribe: «Esta Junta era una reliquia, dichosamente

preservada, del casi universal naufragio de los antiguos Fueros.»

Cánovas en su «Bosquejo histórico-de la casa de Austria señala este insólito fenómeno de la escasa

supervivencia, de lo que se llama con acierto «la libertad antigua» de España. Pero no emplea el adjetivo

con el tono peyorativo de cosa anacrónica o residuo inútil. Al contrario, observa que allí donde ese

remanso del pasado representativo local ha quedado en pie existe «un mayor apego a la libertad» y un

profundo respeto a las instituciones del país, que contrasta con la indiferencia y el despegó de los otros

pueblos de España hacia la vida pública, local o regional, al ser privados de los órganos específicos por el

rasero igualitario de la política centralizadora. Con Godoy empiezan los intentos sistemáticos de acabar

con la insularidad foral vasca. Pero es en las guerras carlistas donde se juega el destino definitivo del

foralismo condenado por la política de Madrid en 1839 y 1841. Y años más tarde, en 1876, terminada la

segunda guerra civil. Sin entrar en la consabida interpretación de textos, puede decirse que el foralismo

quedó abolido en su contenido esencial y que del arreglo o reforma de los Fueros previsto en la ley de

1876 sólo subsistió el llamado «concierto económico», vestigio que se extiende al terreno recaudatorio y

administrativo, abolido a su vez en 1937 para Vizcaya y Guipúzcoa y vigente todavía en Álava.

¿Qué denominador común tienen esas sucesivas derogaciones que acaban con la vida foral de los vascos

en el curso de un siglo? La de que vienen dictadas como un castigo de guerra contra los habitantes de un

territorio español por su ideología supuestamente dominante. Durante el siglo XIX las provincias fueron

sancionadas porque eran abrumadoramente carlistas en su población. Las motivaciones derogatorias están

ampliamente expuestas en los debates de las Cortes por quienes sostenían la necesidad no sólo del

«castigo ejemplar» para el fuerismo tradicionalista, sino la conveniencia, también, de acabar con la

plataforma política que suponía la existencia del «oasis» foral —como lo llamó Mañé y Flaquer— para

favorecer nuevos alzamientos en favor del pretendiente. Asimismo la supresión de los conciertos

económicos en 1937 tuvo su origen explícito, según puede verse en la disposición correspondiente, en la

desafección mayoritaria de ambas provincias al Alzamiento de julio del 36, lo cual sirvió de fundamento a

la derogación del. sistema concertado, caso insólito en la guerra civil última, al que únicamente puede

compararse la supresión del Estatuto catalán llevada a cabo en 1939.

¿Qué se siguió de esta dramática sucesión de hechos? Un inmenso sentimiento de frustración en la

población de las provincias vascas, heridas en lo más íntimo de su ser por lo que consideraban enorme

injusticia y, quizá, pretexto, de la fobia política capitalina contra la personalidad de Euskalherría como tal.

Esta ola de amargura empieza a partir de 1841 y se aviva y actualiza en 1871 al iniciarse la segunda

guerra carlista. A partir del término de la misma, y después de la segunda abolición, la frustración se va

convirtiendo en in-solidaridad. De la insolidaridad se acaba desembocando en el independentismo.

El nacionalismo brota como un resultado natural en ese contexto desesperado y hundido por las derrotas.

El trauma material y moral causado por las dos guerra carlistas fue enorme en la población vasca.

Cualquier conocedor del problema sabe que, incluso Sabino Arana, los fundadores y primeros

colaboradores del partido fueron, en su inmensa mayoría, carlistas exiliados o procedentes de familias de

esa significación. La reivindicación foral quedó, a partir de entonces, en manos del tradicionalismo

político en sus diversas ramas; pero el nacionalismo vasco fue mucho más allá, con extrapolaciones

históricas y doctrinales que muchos vascos no compartimos por considerarlas erróneas e inconvenientes

para el interés general.

Mas en la dialéctica del irresuelto problema hay un punto de partida común que es el que más arriba

señalo. La supervivencia foral no era una extravagancia ni un capricho arqueológico. Era nada menos que

un testimonio vivo de la España antigua de lo que fue la Monarquía nacional antes de que empezara el

absolutismo austríaco y el centralismo a lo Luis XIV. Y por supuesto mucho antes de que el unitarismo

jacobino francés nos trajera en el XIX otra moda foránea del pensamiento revolucionario. Lo único

español, lo verdaderamente autóctono, es el foralismo que respetaba los usos, costumbres y leyes

tradicionales y que se mantuvo enhiesto, funcionando, corno se conservó vigente el eúskara, otro testigo

verbal único de las lenguas primitivas de la Península antes de que naciera el concepto de España. ¿Nos

burlaremos también de este tesoro filológico y cultural? ¿Qué pensaríamos de quien llamara a la dama de

Elche escultura ahistórica y anticuada?

Mientras el nacionalismo apoye sus aspiraciones en el marco del foralismo no habrá riesgo para la unidad,

porque ahondando en su esencia se descubre la urdimbre de la vieja solidaridad entre los pueblos de

España, que no creó necesario recordar aquí porque está presente en los anales de nuestro pasado común.

Y además el sistema foral puede ser, debidamente adaptado, un elemento importante en el concepto de un

Estado de participación democrática moderna que ya se adivina en el horizonte político de la Europa del

año 2000. La variada morfología de un esquema de vida democrática no obstruye sino que enriquece la

autenticidad de las instituciones a condición de que estén de verdad, arraigadas en la tradición. Y como

decía Azorín, «nada hay más funesto en un país que romper con la tradición».

Yo, que me siento vasco por tres costados al menos, pienso que hay que hacer un gran esfuerzo individual

y colectivo para detener el proceso de insoli-daridad de la tierra vasca y volver a emprender la tarea del

esfuerzo común, sin excepciones, entre todos los que habitamos el viejo solar hispano. Miguel de

Unamuno, que era hombre de treinta y seis apellidos vascongados, hizo en su juventud un bello poema en

prosa eúskara al árbol de Guernica, del que entresaco este pasaje: «Nos arrebataron las Viejas Leyes —

escribe— siendo, como eran, nuestra vida; pero si guardamos nuestra alma euskaldun surgirán aquí, de

nuevo, los Fueros y brillará el sol de la justicia en una primavera perdurable...» Este vasquismo de

Unamuno era compatible con un patriotismo que refleja la obra entera de su vida como un canto perenne,

incesante y apasionado:

Es mi patria, la España universal y eterna, a que en todos los pueblos del mundo tiene estada.

J. M. de A.

 

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