Autor: Areilza y Martínez-Rodas, José María de. 
   Las alternativas     
 
 ABC.    05/03/1978.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

LAS ALTERNATIVAS

Las alternativas de la política no son exclusivamente doctrinales sino, con mucha mayor frecuencia, de

otra índole, entre lo personal y lo que mueve a la opinión a confiar o no en determinado grupo o líder

político. Un ejemplo típico, dentro del cuadro de nuestra historia contemporánea, lo fue don Antonio

Maura y el amplio movimiento popular que se llamó el maurismo. Si hubieran de analizarse en riguroso

cotejo los programas del Partido Conservador que siguió la jefatura de don Eduardo Dato a partir de

1913, y el contenido del maurismo como partido propio, desde esa misma fecha, se vería que no existía

apenas diferencia, ni en los grandes principios, ni en la política exterior, ni en las reformas sociales. Tenía

el maurismo puesto el acento en los problemas de autonomías locales y regionales, en la lucha contra el

caciquismo y la corrupción electoral y en el empeño de movilizar la ciudadanía conservadora en una

actividad popular, democrática y callejera. Pero estos matices no eran abismos de distancia, sino casi

pretextos de identidad respectiva. En el ámbito ideológico era difícil distinguir un conservador idóneo de

un maurista comprometido. Su bagaje dogmático era en gran medida común. Sus reflejos, su clientela, se

movían en coordenadas semejantes.

Y sin embargo, ¡qué gran estremecimiento cívico el que acompañó a don Antonio Maura desde su

alejamiento, impuesto por la Corona, hasta el golpe de Estado de Primo de Rivera que abrió el paréntesis

dictatorial! Se han examinado con profusión las causas que motivaron esa rotunda eliminación. Alguien

que conoció bien a Don Alfonso XIII me contó en cierta ocasión que el Monarca, ya en el exilio romano,

abordó en cierta sobremesa el tema, justificando su decisión por la agobiante presión de las fuerzas

liberales de la Europa occidental. «No hubiéramos podido resistir el temporal que se nos venía encima»,

exclamó. Lo cierto es que el veto a Maura procedía originariamente del Partido Liberal, que anunció su

incompatibilidad para turnar con él, probablemente porque intuía el riesgo que representaba como rival un

partido conservador auténticamente democrático que iba a buscar los votos y los apoyos en la calle y no

solamente en los despachos de Gobernación. Sea cual fuere la explicación completa, Maura salió ungido

de la crisis con la aureola de la dignidad intacta y el camino difícil de quienes escogieron la lealtad

política en vez del reparto gubernativo de actas y prebendas. Ser maurista significó en esos años —del 13

al 23— mantener una fidelidad, no sólo ideológica, sino con una punta de insumisión a la domesticidad,

lo que, incluso en aquella sociedad española de la primera guerra mundial, añadía quilates de entusiasmo

a los seguidores que buscaban en el viejo líder mallorquín un caudal de ilusiones nacionales que la chata

rutina del sistema turnante oficial no permitía albergar, incluso a los más optimistas.

Nadie podría explicar este fenómeno diciendo que Dato era más de derechas o más de izquierdas que

Maura. Tal simplificación hubiera resultado ininteligible. Maura era otra opción alternante

del voto conservador. Inspiraba confianza, despertaba esperanzadoras expectativas, parecía tener un

proyecto claro de reformas de la sociedad y el Estado, y sobre todo irradiaba credibilidad. Tenía, por

supuesto, feroces y poderosos enemigos, y concitaba recelos desde los más altos niveles a los más

remotos y oscuros cenáculos. Los ataques en la Prensa se hicieron famosos por su implacable

irracionalidad. Acontecía que unos cuantos profesionales del periodismo se hicieron profesionales del

antimaurismo visceral, cotidiano y vindicativo. A pesar de ello fue llamado a presidir gobiernos

nacionales de salvación y de emergencia en situaciones límites que tuvieron poco o nulo éxito, en razón a

la intrínseca ineficacia del sistema en que se verificaba la operación de salvamento. Pero su arrastre en la

opinión era tan fuerte e indiscutido que levantó, aunque fuera por poco tiempo, una oleada de optimismo

en trances que parecían perdidos.

Nunca, ni menos en estas ocasiones sonadas, hurtó don Antonio Maura el cuerpo a la responsabilidad.

Suyas eran las palabras que lo definieron en esa materia y que hablaban de asumir personalmente el

riesgo del error o del acierto del gobernante "sin escudarse —decía— en el pecho ajeno de los cola-

boradores". Suprema enseñanza que constituye quizá la primera lección de la democracia constitucional:

la de acabar con los chivos expiatorios, fórmula mágica y plebeya para eliminar la responsabilidad.

Pienso en otro ejemplo parecido entre los muchos que podían espigarse dentro de la historia del

Occidente, para explicar el carácter de ciertas alternativas. Me refiero a Winston Churchill en sus últimas

y decisivas singladuras políticas. Tránsfuga del conservatismo y vuelto a rescatar por el liderazgo de

dicho partido en manos de Baldurin, en 1924, sin explicación, ni juramentos previos, siguió en el

Gobierno, hasta la entrada del laborismo de Ramsay Mac Donald, en el Poder, en 1931. A partir de ese

momento, Churchill fue por sí mismo una perenne alternativa dentro del conservatismo. Su agudo instinto

adivinó con certera y anticipada intuición que el nazismo germano llevaba de modo inevitable a la

confrontación armada en Europa y quizá en el mundo entero. No necesitó modificar ni programa, ni

estatutos en el Partido Conservador, para diferenciarse netamente de Neville Chamberlain en la

trayectoria de apaciguamiento de éste, frente a la desafiante arrogancia del Eje Roma-Berlín. Churchill

denunció los errores, uno tras otro, en una campaña que iba a durar desde 1931 a t939, en cuya fecha, ya

declarada la guerra, el propio primer ministro Chamberlain, que tantas veces lo había acusado de

insensato, de catastrofista y de sombrío irresponsable, lo incorporó a su Gabinete como primer lord del

Almirantazgo. Los códigos de la Flota transmitieron a las más remotas unidades dispersas por los siete

mares el célebre mensaje: «Winston ha vuelto», y esas tres palabras equivalían a un programa concreto

que significaba en esencia que la confianza se había restablecido.

Todavía duró el Gobierno Chamberlain —con Churchill dentro— hasta la invasión de Francia, en 1940.

En esa fecha se hizo inevitable el cambio hacia un verdadero Gabinete de guerra y de coalición. Churchill

no era el jefe de su partido, pero los laboristas hicieron saber que la condición de su alianza era la de que

el primer ministro fuera precisamente Churchill y no Neville Chamberlain. La Corona recogió la

indicación.

Sería vano pretender que en esa alternativa había un contenido doctrinal más proclive a la izquierda

laborista o al centro liberal. La opción era de otra índole. Representaba una corriente de opinión que poco

a poco fue creciendo a medida que los acontecimientos —exteriores en este caso— iban confirmando los

temores, los recelos, las previsiones de Churchill frente al optimismo pragmatista de Neville. Pero no fue

un proceso repentino, sino lento, y al comienzo, estimado por los observadores imparciales como una

causa perdida por la desproporción de los medios entre un primer ministro que ejercía el Poder y otro

hombre del mismo partido que le señalaba de un modo continuo los errores y los peligros que cometía o

que le acechaban. Todavía en 1938, después de la crisis de Munich, trató Churchill desesperadamente de

que el Parlamento, con mayoría conservadora, votara una propuesta para crear un Ministerio de

Abastecimientos, anticipo administrativo de una situación bélica. No encontró siquiera cincuenta votos

entre, sus propios correligionarios que le siguieran en el empeño. Cuando Neville Chamberlain volvió de

Munich blandiendo el pacto firmado con Hitler ante la multitud que le ovacionaba en Downing Street —

«¡Os traigo la paz con honor!»—, Churchill era todavía objeto de una campaña de vilipendio que lo

motejaba de imperialista, sanguinario y enemigo de la paz. Su cota de impopularidad era, efectivamente,

altísima. Y sin embargo ya los acontecimientos iban confirmando estrepitosamente todas sus

advertencias.

Las alternativas, en uno y en otro ejemplo, no eran, pues, cuestión ideológica, sino de criterios de

confianza, de esperanza colectiva. Nadie pensó en decirle a Maura, en España, ni a Churchill, en Gran

Bretaña, que no tenía espacio político por donde salir. El espacio lo crearon las circunstancias y los

errores de los demás. El resto fue cuestión de tiempo.

José María de AREILZA

 

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