Autor: Areilza y Martínez-Rodas, José María de. 
   El nuevo escenario     
 
 ABC.    30/12/1978.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 14. 

EL NUEVO ESCENARIO

Al elegir la disolución de las Cortes entre las diversas opciones que le concedía el artículo 115

en relación con la disposición transitoria octava de la Constitución, el presidente del Gobierno

ha colocado al país ante un escenario radicalmente distinto del que hasta ahora prevalecía

desde el 15 de junio del 77. Desaparecen de un golpe las Cámaras representativas y se

convocan elecciones generales para el mes de marzo. Se acabaron las aritméticas

combinaciones de las posibles votaciones de investidura, que habían dado lugar a las más

pintorescas ofertas y subastas, tanto más pretenciosas cuanto más reducidas eran en número.

Terminadas también las carreras para llegar a la meta del ventanillo del Congreso con este o

aquel proyecto, con objeto de condicionar el calendario legislativo de unas Cortes que se

suponían prorrogadas. Diputados y senadores —salvo las diputaciones permanentes que se

acuerden— se transforman en ciudadanos corrientes y sus opiniones o juicios serán valorados

por su contenido intrínseco, sin añadirles el coeficiente carismático de los sufragios obtenidos.

La proximidad de los comicios abre, desde ya, la campaña electoral. Batalla pacífica, en la que

la recíproca vigilancia no ha de permitir manipulaciones electrónicas ni monopolios o

exclusiones televisivas. Es decir, que se llevarán a cabo con un alto grado de sinceridad. Serán

las primeras votaciones generales de la Monarquía parlamentaria. Y en ellas se invitará a los

electores a dar su caución y su voto a uno u otro modelo de sociedad.

Porque no hay que engañarse respecto sobre ¡o que se halla en juego. El largo proceso de la

transición ha sido realizado bajo el signo del consenso. La Constitución refleja en su largo y a

veces ambiguo texto ese espíritu de transacción. Las prendas que se han pagado en el juego

habrán parecido a muchos excesivas y hasta quizá innecesarias. Pero el ordenamiento está ahí

y es preciso ahora aplicarlo para que funcione. El primer paso para esa puesta en marcha son

las elecciones generales, de las que saldrán unas nuevas Cortes y un Gobierno que refleje

coherentemente su mayoría parlamentaria.

Se pone fin a la estrategia del consenso, establecido para un fin determinado y preciso: lograr

que se aprobase una Constitución democrática de la Monarquía. Ahora empieza la clara

definición de objetivos políticos, económicos y sociales, con el propósito de que los electores se

manifiesten sobre ellos. No se trata de que la izquierda o ¡a derecha hagan concesiones, sino

de que expongan con neta precisión lo que juzguen más conveniente para el interés general

del país.

Cuando oigo hablar de «morder» votos a este o aquel sector ideológico a base de maquillarse

adecuadamente me sonrío de que pueda pensarse en serio que nuestro pueblo es menor de

edad. Es posible que un gran sector del electorado español sea escéptico o indiferente y hasta

que tenga mala opinión de la clase política y de la función pública en general. Pero que acepte

antifaces doctrinales y tome el carnaval por la realidad me parece más que improbable. Aquí

nos conocemos todos y resulta vano empeño disfrazarse. Lo único importante en una política

democrática es que la coherencia presida la oferta programática de una candidatura o de una

coalición.

Otra cosa que desaparece con el nuevo escenario es el «foto-fija» de los resultados del 15 de

junio. Había quien suponía que eran cifras definitivas, para siempre, como el número «pi», el

radio de la Tierra o la velocidad de la luz. Pero precisamente la esencia y la motivación de las

consultas electorales está basada en los cambiantes movimientos de la opinión pública que se

trata de registrar. «¿Cuál es e! espacio político que ustedes tratan de ocupar?», es una de las

preguntas que brotan, inevitables, en las ruedas de Prensa. Siempre respondo lo mismo: «El

del electorado que nos vote.» ¿O es que se trata de concesiones mineras o petrolíferas donde

se halla prohibida ¡a prospección política? El electorado son todos los que componen el censo

y no hay etiquetas prefabricadas ni atribuciones previas. La militancia partidaria es muy escasa

en España, y nadie, por muchos muestreos que maneje, puede anticiparse a la voluntad

ciudadana, aunque se puedan adivinar tendencias.

Finalmente hay en este nuevo escenario que hoy empieza otra importante novedad. Los

complejos obsesivos, que con el Parlamento abierto incidían de un modo visible, durante la era

del consenso, en la política de los partidos y muy especialmente en el partido del Gobierno,

dejan de tener importancia y levantan su hipoteca psicológica en el ánimo de aquél.

«¿De qué se trata?», preguntaba el mariscal Foch cuando había en la guerra europea un

momenta de grave confusión o desconcierto. Aquí podríamos contestar: «De ganar las

elecciones.» No de que pongan buena cara, como ahora ocurría, Fulano y Mengano para que

no voten en contra, en el hemiciclo. Para que esa victoria llegue hay que tener el propósito

de alcanzarla. Muchos millones de votos serán necesarios para ello y también un gigantesco

esfuerzo de abnegación y entusiasmo. Pero también habrá que pedir humildad y voluntad de

entendimiento, sin los que no puede conseguirse el triunfo. Hay que allegar muchos caudales

para engrosar el torrente de votos. Pero lo que une esos sufragios es la coherencia de los fines

últimos, no su ambigüedad. En la última elección general francesa hubo una voz que resumió el

sentido de la coalición centro-derecha que se alzó con la mayoría: «Solamente —decía— una

coalición que esté sólidamente adosada a sus convicciones esenciales y no a causas dudosas

o transitorias es la que puede ganar las elecciones y hacer frente a las dificultades del

momento.»

No es fácil ni seguro argumentar con cifras. Y menos si se trata de guarismos hipotéticos,

siempre refutables por otro más experto en Matemáticas. Me arriesgo, sin embargo, a hacerlo

por, creer que puede esclarecer con sencillez el panorama electoral inminente.

De los muestreos recogidos se pueden deducir unas consecuencias globales. Unidos en las

urnas, los votos del centro y de la derecha desbordarán ampliamente el cuarenta por ciento del

voto emitido. Separados, y en lucha enfrentada, ninguno de tos dos llegará a sobrepasar el

treinta por ciento. Con lo que resulta muy probable que el socialismo obtenga el mayor número

de votos entre todas las listas de candidatos. Lo que equivale a decir que la desunión entre el

centro y la derecha daría la victoria y el Poder al P. S. O. E.

Con una ley electoral como la francesa, con segunda vuelta en caso de no alcanzarse en la

primera la mayoría absoluta, los desistimientos, en favor del candidato que va en cabeza,

hacen factible un acuerdo electoral entre diversos grupos con una especie de automatismo que

funciona en ¡a derecha y en la izquierda. Con la ley electoral española no hay ni segunda

vuelta ni desistimiento. Los entendimientos han de ser previos si se quiere que funcionen a la

hora de los votos.

El método o coeficiente de Hondt complica más las cosas al establecer una prima importante a

la lista que va en cabeza, con lo que la suma de los resultados de listas afines no se traduce en

suma de escaños.

De todo ello es preciso hablar con claridad y sin pasión y explicarlo públicamente cuanto antes.

El partidismo es, por naturaleza, algo qué tiende a la mezquindad. Y la hora es demasiado

grave para perderse en polémicas estériles.

Unidos podemos y debemos ganar. Separados entregaremos la conducción del negocio

público ai adversario para los próximos cuatro años. A pesar de que existe una masa

considerable de millones de votantes que comparte nuestra visión de lo que debe ser un

programa común de Gobierno.

El nuevo escenario se inaugura hoy. No perdamos tiempo. Manos a la obra.

José María DE AREILZA

 

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