Autor: Areilza y Martínez-Rodas, José María de. 
   La frontera     
 
 ABC.    27/08/1978.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

LA FRONTERA

Las fronteras son la concreción administrativa del contorno de la nación; el símbolo de los

límites del Estado y la advertencia visible de dónde empieza o acaba la soberanía territorial. Su

importancia decrece en la Europa democrática y desarrollada actual, que se halla metida en

lento proceso de integración comunitaria. Y se mantiene todavía hostil y enhiesta allí donde las

fronteras son, además, ideológicas; en donde la libertad es delito; el pluralismo, traición; las

opiniones, herejía, y el socialismo, una vana esperanza que se califica de horizonte,

entendiendo por tal el sentido literal del vocablo: es decir, una línea imaginaria inalcanzable que

retrocede sin cesar a medida que el ingenuo observador avanza en pos del espejismo.

Lo que ha cambiado el signo de la vetusta y radical concepción de las fronteras en los últimos

decenios ha sido !a evolución de la sociedad moderna democrática: es decir, el sentido global

de la interdependencia de los pueblos; la necesidad de los grandes espacios económicos,

técnicos y sociales para llevar a cabo e! progreso hacia la sociedad postindustrial; los nuevos

ingenios del armamento nuclear y espacial que han revolucionado las concepciones

estratégicas, logísticas y tácticas de antaño. En una futura Europa occidental unificada, sin casi

fronteras, de finales de este siglo, cabe presagiar un lecho de fusión muy activo que siembre

una conciencia colectiva en las nuevas generaciones. Sin que ello suponga renunciar al

patriotismo de cada grupo nacional, que es una fuerte e indispensable vivencia moral y

afectiva. Los nacionalismos regionales, que brotan hoy entre los pueblos más desarrollados de

la comunidad, irán perdiendo su encono y violencia en ese esquema que supone otro concepto

del Estado y del reparto del poder político que el imaginado por Jean Bodin a fines del siglo XVI

y que presidió el destino del pensamiento político de Occidente hasta nuestros días.

He recorrido en pasatiempo de viajero estival un pequeño trozo de nuestra frontera pirenaica.

Visité los Alduides, valle escondido del Pirineo, especie de cola de milano carpinteril en el

trazado hispano-francés de los límites territoriales recíprocos. Como muchos de los valles de la

gran cordillera separadora tiene una historia oscura, complicada y ambigua, en orden a su

definitiva adscripción nacional. Fue en 1856, en pleno bienio progresista isabelino, cuando se

fijaron definitivamente sus actuales contornos. Antes, durante siglos, los Alduides eran

solamente un inmenso bosque y una pradería excepcional de la que disfrutaban derechos de

tala y pasto los cuatro valles contiguos de Baigorri, Baztán, Val de Erro y Val-Carlos. Era el

"país del Quinto» o «Kintoa», siendo el último socio la abadía de Roncesvalles. Poco a poco la

prohibición de edificar y residir fue quebrantada por los caseríos de Baigorri, que levantaron

habitaciones permanentes y se instalaron allí. Los Aiduides gozaron, sin embargo, de una gran

autonomía fiscal y política. Fueron durante el largo período que media entre 1512 y 1856, al

decir de un historiador francés, un enclave vasconavarro entre Francia y España, la Andorra del

oeste pirenaico. Todavía hoy existen curiosos arreglos de pastos y de residencia entre

ciudadanos franceses y los valles navarros, titulares de los pagos de indemnización.

Las fronteras separan. Pero vistas de cerca, la geografía física es en ellas un tremendo

argumento en favor de la unidad de la tierra. Hemos subido de los Aiduides por el collado de

Esnazu hasta el cordal de las cumbres, alcanzando la inmensa perspectiva que se ofrece del

lado español. Desde lo alto, el coto forestal se denomina el «Quinto Real», como corresponde a

la Navarra histórica. Apenas hay en la ruta ni barreras ni vigilantes. El arbolado se desparrama

por los barrancos, con hayedos, robles, tilos, laureles y alguna conífera solitaria cubriendo el

tupido helecho. Las palomeras anuncian sus altos itinerarios de septiembre al cazador, como

las truchas invitan, al llegar abajo, a detenerse junto al Arga cristalino que acaba de brotar entre

las rocas. E! bosque se extiende hacia el Noroeste y a través de sus sombras entramos en el

Baztán por Irurita, cuna de tantos linajes jaquelados. Por Maya y Otsondo descendemos al

valle de la Nive. Urdax, a la izquierda, nos recuerda el despacho telegráfico que anunciaba a

los lectores de la Prensa madrileña, en el ochocientos, los comienzos de las guerras carlistas

con un lacónico: «Ha entrado en España por Urdax el pretendiente don Carlos de Borbón»

El Pirineo es un mundo propio, inmenso, mal conocido, lleno de riquezas y bellezas naturales

entre las cuales predomina su arbolado insuperable y sus praderios, sus arroyos y cataratas, la

interminable sucesión de picos y cumbres, la fauna superviviente y la flora exótica

y atrayente. Ganados y pastores son los verdaderos dueños de este gigantesco parque natural

franco-español. Viven a uno y otro lado de la demarcación territorial, a la que no prestan

demasiado atención por su artificialidad geográfica. El contrabando surgía más de un instinto

lúdico de los «frontalliers» que de un propósito de obtener ganancias ilegales. Tenía algo de

burla arriesgada frente a la rigidez cartográfica de las Administraciones. El contrabando era una

especie de deporte favorito del ámbito pirenaico.

El otro gran deporte del contorno es la pelota en sus múltiples variedades. En Francia

predomina el frontón abierto o e! trinquete. En España, el frontón bi o triparedaño. Saltan y

rebotan en él las blancas esferas azotadas por el brazo del jugador. El frontón acompaña a la

iglesia como un elemento indispensable y cercano en la arquitectura urbana de las

comunidades. Se pasa los domingos de la misa al partido sin solución de continuidad. El juego

es la dialéctica del trallazo que no devuelve —como en el tenis— el contrario, sino el muro de

piedra al que se pide que ponga en aprieto al rival. Es como apelar a la opinión pública para

que azuze al adversario. Las leyendas del pelotari son todavía vivas en el mundo pirenaico y

fronterizo. En Alduides visitábamos la iglesia y nos sorprendimos al ver junto al pórtico un

mojón terminal que representa el «largo» de un frontón de rebote. El muro primitivo de éste se

hallaba al otro extremo de la plaza a gran distancia, notoriamente mayor que la habitual. La

asesora de la parroquia nos explicó que era un recuerdo del célebre Perkain, mítico jugador del

siglo XVIII de fuerza y destreza insuperables. Era este atleta hombre conservador y enemigo

implacable del terror jacobino que asoló los valles por considerarlos desafectos al credo

revolucionario. Perkain vio llegar al piquete terrorista que venía a llevárselo prisionero y ni corto

ni dubitativo le arreó un pelotazo en la frente al sargento que lo mandaba, dejándolo seco en la

plaza del pueblo.

El Pirineo es la frontera; pero es, además, un elemento decisivo para el equilibrio ecológico de

media España del Norte y media Francia del Sur. Hay que cuidarlo como un tesoro común. En

Tarbes se han manifestado miles de alpinistas para prohibir el acceso de los automóviles al

«circuito de los lagos» que atraviesa la reserva de Neouvielle, parque natural pirenaico que

atrajo a trescientas mil personas el pasado año que dejaron toneladas de basura en el

incomparable paisaje. La polución puede destruir la gran cordillera. Si es posible que a fin de

siglo las fronteras de Europa se hayan ido borrando, esperemos que se pueda seguir diciendo:

«Hay Pirineos.»

José María de AREILZA

 

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