Autor: Ruiz Gallardón, José María. 
   La sociedad sin fronteras  :   
 De Fernando Ponce. Seminarios y Ediciones S.A., Colección "Hora h", Madrid, 1972. 
 ABC.    18/01/1973.  Página: 51-52. Páginas: 2. Párrafos: 12. 

A B C. JUEVES 18 DE ENERO DE 1973. EDICIÓN DE LA MAÑANA. PAG 51.

LA SOCIEDAD SIN FRONTERAS

De Fernando PONCE

Seminarios y Ediciones, S. A Colección "Hora h" Madrid, 1972

Por José María RUIZ GALLARDON

No conozco personalmente a Fernando Ponce. Por otra parte, es la primera vez que me encuentro ante un

libro suyo. Y debo decir que, aparte las reservas que luego señalaré, su trabajo me ha apasionado. Sobre

todo por la claridad de la exposición de conceptos no exenta, en absoluto, de profundidad. Vaya por

delante que para mí el mayor mérito de esta obra surge del hecho, nada frecuente, de enfrentarse con los

problemas más graves y acuciantes de nuestra hora, con vigor, con diafanidad y sin escurrir el bulto.

Fernando Ponce puede, pues, estar orgulloso de su obra y quienes, como yo, la lean no dejarán en el

futuro de estar atentos a sus próximas producciones. Y digo esto con la doble alegría que para todo

crítico supone un hallazgo valioso y que además puede, sin prejuicio de clase alguna, emitir su Juicio

esperanzador. Pero, a todo esto, ¿qué es "La sociedad sin fronteras"? Es, por lo pronto, la respuesta de un

hombre de mente lúcida ante los problemas de su tiempo. Ponce parte, en esta que él denomina

revolución atómica, de una doble perspectiva; el progreso creciente y la inexistencia de un humanismo

justificador. Asi, desde la primera página de su libro escribe: "Durante los últimos lustros el mundo se

ha despegado hacia el progreso consiguiendo una serie de conquistas superiores en númaro e importancia

a las logradas por varios siglos de especulaciones y tanteos teóricos. Su influencia sobre la sociedad es

capital, revolucionaria, y se encuentra esperanzadoramente abierta a una continuidad de incalculables

consecuencias. En buena medida, la inestabilidad social de nuestros días tiene sus bases en la

inexistencia de un humanismo capacitado para servir de plataforma sustentadora a tan febriles impulsos

superadores." De lo anterior obtiene sus propias tesis: la consecuencia del progreso se ha manifestado en

una alteración de los órdenes de convivencia de los hombres y también de los pueblos, suplantando

aquellos órdenes por caracteres comunes y universales. "Entre nosotros, por encima da las diferencias

raciales y temperamentales, se está afirmando la tabla rasa de una generalidad en la que ya no caben

fuertes choques psicológicos ni distinciones fundamentales entre las ideas de los hombres y al desarollo

da las colectividades." En una palabra, los hombres del último tercio del siglo XX -o por mejor decir

con al autor, "de la anticipación del siglo XXI, que es en realidad la etapa que estamos protagonizando-

acusan una progresiva igualdad de formas en su existencia. La sociedad sin fronteras es un hecho vivo y

concreto. Pero, al tiempo, esta homogeneozación da hombres y colectividades produce una sensación

angustiosa de vacio, "El hombre de hoy se ha quedado sin las anclas brindadas por el pasado y no puede

todavía, porque no están a su alcance, afirmarse en las que habrán de sustentar su porvenir." Y lo

curioso es que "siendo el hombre más libre qua nunca, no sabe qué hacer con sus recien estrenadas

posibilidades de libertad".

Hace unos días comentábamos en estas mismas páginas las tesis pragmáticas de Samuel Pisar en

orden al acercamiento entre el Este y el Oeste. Desde otra perspectiva llega Ponce a las mismas

conclusiones: ´Anótemos que, en determinadas estructuras, dos sociedades aparentemente tan dispares

como la rusa y la norteamericana, empiezan a tener que encararse con parecidos problemas. La

subversión juvenil, a la qua me referiré con la amplitud que merece, está extendida por

todos los países con muy similares calidades." Ello, en parte, obedece a una transformación -idea muy

original- de las masas en multitudes. Y las multitudes están formadas por los hombres que han elevado

su nivel cultural. El hombre de la sociedad sin frontera no puede ser sólo objeto de autoridad. Tiene

responsabilidad política y moral y necesita ejercitarla con participación y representatividad en la vida

colectiva. Y no se nos diga que viene a ser lo mismo la consideración de los conjuntos humanos como

masas o multitudes. Bien probado han dejado los políticos lo que ocurre en uno y otro caso. Actuar

políticamente sobre masas no es lo mismo que actuar sobre multitudes. En las primeras cuenta la

colectividad deshumanizada y necesita la autoridad sin concesiones. Las segundas están formadas por

hombres y hay que descender hasta ellas teniendo siempre a mano el temor de herir o destruir

sensibilidades humanas. Esta "colectivización" del hombre repercute en su moral. Hoy el triunfo es el único

guia del hombre (tesis por demás conocida desde Sombart). Ahora bien, el triunfo no se consigue sin un

dominio de la técnica. Técnica que paradójicamente no produce seguridad, sino un cierto miedo

colectivo latente y con él una subversión total de valores donde, de hecho, lo que se encuentra en peligro es

nuestra propia supervivencia como hombres, como seres dotados de una sensible receptividad moral.

Y para agravar el problema, las soluciones al uso son insatisfactorias. Para Ponce: "El capitalismo nos ha

mostrado sus grietas. Quiebra cuando reparte la riqueza que ha producido. Pero al socialismo se

encuentra en circunstancias similares. Quiebra también cuando se trata de multiplicar los bienes

requeridos por una sociedad que ha encontrado en el consumo una finalidad y un sentido de la vida. Y ello, tanto

en los países de estructura capitalista como en aquellos que se han configurado bajo el designio de

motivaciones socialistas. Los Ismos políticos están perdiendo buena parte de su virtualidad ante al

empuje de una época cuyo crecimiento cobra si misma se encarama en progresiones geométricas. A los

lideres y teorizantes políticos se les ha escapado tener en cuenta la velocidad de cambio imprimida al

mundo por la aplicación práctica de la tecnología sobre la sociedad y las multitudes." Ello no quiere

decir que el autor comparta la tesis radical de la muerte de las ideologías. Por eso escribe: "En el ser o no ser

de las ideologías está lo que seremos mañana, la concreción de nuestros proyectos de vida en común. No

creemos que pueda hablarse de las ideologías en sentido de extinción. Si acaso, como veremos más

adelante, se encuentra en un crepúsculo de renovado amanecer." Ello sin olvidar que: "Contra las

Ideologías en la forma que las ha analizado un importante sector de pensadores de hoy, estamos todos. Si

son extremas y de tipo monista y totalizador, deben desecharse. Son éstas las que no solamente están en

fase crepuscular, sino también para la mentalidad occidental en franca decadencia y desprestigio." Pero

"la palabra ideología tiene también un sentido noble y constructivo, afincado en el hombre como ser

espiritual y que pretende la ordenación de la convivencia manejando valores y principios de humanidad.

La ideología es una filosofía política -sin ella sería muy difícil coordinar la vida social- que pretende

realizarse para que el hombre se realice a si mismo".

Mas retomemos el hilo del pensamiento del autor. El, en definitiva, lo que propugna es: "La

transformación de la sociedad de consumo sa realizará por la misma transformación de au caudal

numérico. Ya hemos hablado del cambio que debe producirse en la mentalidad del poder, sea intelectual,

político, económico, religioso, etcétera, para tomar conciencia del paso de los hombres desde su

condición de masas a la de multitudes. En la segunda no se dan los caracteres negativos que suelen

acompañar a la primera. El hombre multitudinario vive en un gran conjunto, pero con autonomía propia.

Con la "humanización" de la multitud se consigue la humanización da las estructuras sociales. Si se

pone el énfasis sobre una caracterización del hombre como masa, sólo pueda llegarse a la enajenación

individual. El hecho de que el consumo masivo esté condicionado por la producción masiva, y no al

revés, es una buena prueba de lo que puede conseguirse por este camino. El hombre debe vivir la vida

material y espiritual en toda su plenitud, sin necesidad de que, solapadamente, se la imponga una

planificación económica determinada." Este hombre nuevo, no sometido a la técnica, no "simple

apéndice del ruido de su radio", como decía Max Picard, se encuentra rodeado de mil problemas. Entre

ellos no es el menor al de su propio habitáculo. Los ternas de urbanismos, polución, migraciones son

agudamente examinados por Ponce y es lástima que no podamos detenernos en ellos.

Ahora bien, el fenómeno de crisis se muestra en toda su plenitud en los problemas que tiene -no sólo

que plantea- la juventud actual, Juventud nihilista -y al nihilismo dedica un espléndido capitulo

el autor- pero juventud que busca, a tientas, aún sin conocer las soluciones,

un desarrollo integral del hombre, una justicia real, aquella que utiliza como arma predilecta de equidad.

Tiene que existir una relación de igualdad entre la riqueza que se crea y el trabajo que la produce.

Mientras no sea asi, el mundo entero estará dando vueltas en torno al mismo círculo vicioso, puesto que

se traía tan sólo de poner en práctica lo que, desde el alto magisterio de la justicia, se ha expresado con

claridad meridiana.

La función social del trabajo, la valoración distributiva de la riqueza, son capitales para entender lo que

está ocurriendo en la nueva sociedad. Ello lo sabe la juventud y va en su busca. Lo que es intolerable es lo

que ahora sucede. Dice Ponce: "Ha crecido la riqueza, pero se ha polarizado en cantidades excesivas

hacia las mismas zonas y grupos que tradicionalmente la han acaparado. Concretando un poco más,

podemos decir que la mayor parte de los bienes creados han ido a acumularse sobre otros bienes ya

existentes."

El hecho necesita clarificarse. Una de las grandes tareas que tiene planteadas el siglo XX está

determinada por una justa equiparación, con respecto a los beneficios, entre trabajo y riqueza. Y ello

debe o tiene que hacerse por los caminos de la paz y el orden. Porque hoy -el disfrute del confort y del

bienestar lo ha conseguido- la subversión o la revolución extremistas para la clase media de la sociedad

opulenta son actitudes reaccionarias que consiguen precisamente fines opuestos a aquellos que

Idealmente persiguen.

Habrá que ir, por tanto, a la reforma de la empresa, con la correspondiente reforma de los emolumentos

percibidos por el trabajador. Capital y trabajo obtienen sus beneficios a través del interés y del salario. Lo

que queda debe ser repartido en absoluta proporción de igualdad.

Y a eso tiende la nueva generación. Lo que ocurre es que está decepcionada, que ya no tiene maestros.

¿Qué puede pensar un joven cuando descubre que sus padres tratan de mantener y se aferran

desesperadamente a una visión juvenil de la vida que no les corresponde, cuando comprueban que cerca

de ellos se están traicionando esos elevados conceptos morales que se les han inculcado desde la niñez?

A los jóvenes se les ignora como hombres y se desprecia la idea básica de que el egoísmo propio del

adolescente y su libertad de acción están condicionados por la edad, por sus funciones vitales; pero están

condenados a perecer al impulso de preocupaciones más serias, generosas y trascendentes. Continuar

con aquélla es reducir la vida, por si misma dinámica y evolutiva, a una de sus fases más brillantes

seguramente, pero mas vacia también de plenitud real y fecundidad creadora. El cine, el teatro, la

televisión y la propia realidad que vivimos, nos han dado noticias suficientes de estos choques, en los que unos

hombres frente a otros se niegan a admitir el proceso normal de la existencia.

Se ha quebrado la autoridad o el padre y la misma familia ha entrado en crisis al no saber prescindir de lo

accidental y mantener lo sustantivo. O tal vez por haber sacrificado lo sustantivo a lo accidental.

Muchos otros temas se tratan en esta obra. La unidad de Europa entre ellos. Y quien esto escribe

suscribiría con gusto el noventa por ciento de las consideraciones del autor. Quizá -y ahí está al diez

por ciento de discrepancia- seria mejor hablar de reforma, que no de revolución. Y de dotar de un

mayor orden a las ideas -tan sugerentes- que parecen fluir a la pluma de Fernando Ponce, a

borbotones, como si una fuerza incontenible y admirable le empujara a llamar la atención de todos nosotros

sobre la crisis de nuestra civilización.

-José María RUIZ GALLARDON.

Dibujos de CAÑIZARES

 

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