Autor: Areilza y Martínez-Rodas, José María de. 
   Una obsesión perniciosa     
 
 ABC.    29/06/1978.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

UNA OBSESION PERNICIOSA

La obsesión que embarga ahora a una parte de los dirigentes del Centro de este país es la de pactar con el

socialismo un Gobierno de centro-izquierda de modelo italiano o italianizante que sirva de base a la

conducta del negocio publico en los primeros cuatro o cinco anos posconstitucionales. El moverse por

analogías es un recurso frecuentísimo cuando se trata de plantear iniciativas de futuro. La analogía y su

inevitable compañero de dialéctica; la atribución a los demás, de frases o de situaciones o de etiquetas que

jamás han sido las suyas, forma parte de la estrategia de la pereza mental que predomina en tantos

sectores de nuestro ruedo político. ¿Por qué hace falta en España un Gobierno centro-izquierda? «Ya lo

ve usted —nos dicen los expertos—. En Alemania federal gobiernan juntos, socialistas y liberales.» En

Gran Bretaña, hasta ahora, los liberales daban sus votos a Callaghan, primer ministro laborista, en el

famoso acuerdo «Lib-Lab», que parece una sigla feminista. Además, para que la Monarquía se consolide

definitivamente, es mejor que gobiernen los socialistas, como en Escandinavia o el Benelux. La banalidad

de estos comentarios de sobremesa no tiene fin. A esto se añaden misteriosas y supuestas insinuaciones

que llegan de altísimos niveles europeos o americanos que abundan en esa misma dirección: Monarquía

de izquierdas, burguesía de izquierdas, liberalismo de izquierda, empresarios de izquierdas. He aquí la

receta breve y sencilla para salir del marasmo económico y emprender el camino hacia la tasa mínima de

crecimiento y el nivel indispensable de inversiones que sirvan de soluciones a) dramático problema del

paro laboral.

¿De dónde ha salido esa mítica fascinación que nubla la mente de algunos líderes centristas en los

actuales momentos? A mi entender, de dos motivos esenciales. De una parte, el suponer que un pacto de

esa naturaleza les daría el soporte necesario para lograr la permanencia en el Poder, uniendo los votos

populares —y los escaños— del socialismo con los de la parte del Centro, que se ha contagiado del

mimetismo colectivista. Los sondeos actuales —que no hay que confundir con quien sale más tiempo en

televisión— confirman la probabilidad de un fuerte voto socialista en las elecciones próximas y una

reducción notable del erosionado Centro. Yendo solo este último sacaría menos votos que el socialismo,

según todos los indicios. Si se llega al suspirado pacto centro-izquierda le podría seguir en el ejercicio del

mando, aunque fuera como satélites menores del socialismo predominante. ¿No es suficientemente fuerte

semejante tentación? Y junto a ello existe otro motivo, el psicológico. ¿Habrá mejor Jordán para lavar

supuestas culpas, pasados imputables y desvíos juveniles que un bautismo democrático impuesto por

quienes tienen en sus manos, por lo visto, el crisma infalible de perdonar los pecados del fascismo?

Pero esa perspectiva parcial y egoísta ¿qué tiene que ver con la opinión del país ni con el futuro

constitucional de nuestra política? La gran mayoría de la población española no quiere un sistema

marxista, ni en la vida pública ni en la estructura económica. Quiere progreso, modernidad, libertades,

Gobierno efectivo y respetado, corrección de desigualdades sociales, transparencia administrativa y

justicia independiente. Pero nada de eso hace indispensable o necesario el socialismo en el Gobierno o

exige un Gobierno centro-izquierda. Si la mayoría del país no es socialista, ¿por qué jugar a dividirla en

un puro intento de aferrarse, siquiera parcialmente, al Poder compartido?

Tampoco son ciertas las supuestas fórmulas ambiguas europeas, tal y como se plantean en la realidad. El

conservatísmo británico define con nítida claridad sus opciones frente al laborismo, al que sirve de

alternativa de Gobierno pero no con la pretensión equívoca de gobernar con él. Tal es también la

situación de los cristianos demócratas alemanes y, por supuesto, de los grupos centristas y de la derecha

franceses, recientes vencedores frente al programa común social-comunista en las últimas elecciones.

Las Monarquías europeas no se han consolidado o han subsistido porque en ellas gobierne el socialismo,

sino porque impera en su vida pública un sistema democrático y liberal basado en el pluralismo político,

es decir, en el libre acceso al ejercicio del Poder, del partido o grupo de partidos que obtengan mayoría

parlamentaria para apoyar en ella un Gobierno. En España estará vigente, dentro de poco, una

Constitución de esa inspiración. Dentro de sus cormas, cualquier partido político legalizado tendrá abierta

la vía de acceso al Poder por el camino del sufragio mayoritario. Esta y no otra es la

premisa en que ha de asentarse el futuro de la institución monárquica en España. Tampoco es válido el

argumento de que la existencia de dos grandes bloques contrapuestos llevarían de nuevo a España al

enfrentamiento de la violencia. El hecho de que se formen en un país dos fuertes formaciones de parecida

dimensión, una a la izquierda y otra a la derecha, no genera por sí mismo una guerra civil. Una contienda

de esa índole tiene sus raíces en otros motivos más profundos y no en un problema estadístico. Las

desigualdades sociales, el atraso cultural, los fanatismos de diverso signo, la falta de educación cívica

pueden empujar a la guerra fratricida. Pero que en un sistema democrático se decidan las elecciones por

escaso margen entre dos coaliciones o partidos es algo que está ocurriendo desde hace años en Estados

Unidos, en Gran Bretaña, en Alemania federal y en Francia, por no citar sino los casos más notorios, sin

que nadie piense en una guerra civil, porque los resultados del sufragio revelen que hay una división casi

a medias del electorado. En la España evolucionada, demócrata y desarrollada de hoy y de mañana no hay

sitio para otra guerra entre españoles.

Que el socialismo español tiene abierta la vía al ejercicio del Poder es algo qué se deduce de la norma

constitucional aprobada y nadie lo discute. Pero que la derecha y el Centro dejen por ello de luchar por

sus opciones respectivas es cosa enteramente distinta. El consenso para establecer unas reglas de juego

comunes es algo necesario y conveniente para la definitiva paz civil. Pero la confusión deliberada a partir

de este momento no tiene ni sentido ni ventaja alguna para nadie. Y menos para el sistema democrático

recién estrenado, que se vería dañado en su propia esencia.

Yo no creo que en el mundo vertiginosamente cambiante de nuestros días, con enormes problemas de

dimensión global, él advenimiento del socialismo tenga carácter inevitable, como algunos aseguran en

tono profético y fatalista. Más bien pienso que la necesaria solidaridad internacional tomará otros rumbos

bien distintos, basados en el desarrollo tecnológico postindustrial capaz de corregir a gran escala los

desequilibrios del Tercer Mundo y en la revisión moral de los valores sociales de la convivencia. Ambos

criterios no significan, ciertamente, marchar en dirección a un sentido colectivista de la Humanidad. Y

España, que está en el grupo de los países industriales desarrollados, no será una excepción esa tendencia.

En el escenario constitucional español se halla a punto de caer el telón. Vueltos los actores al camerino,

de aquí en adelante que cada uno se vista como se llame y se llame como se vista.

José María DE AREILZA

 

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