Autor: Areilza y Martínez-Rodas, José María de. 
   Tras un congreso     
 
 ABC.    20/05/1979.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 9. 

TRAS UN CONGRESO

Confieso mi decepción ante el imprevisto desenlace del vigésimo octavo Congreso del Partido Socialista

Obrero Español. Líbreme Dios de opinar sobre los problemas interiores de un partido ajeno y de su

madurez o de sus crisis de identidad y de crecimiento. Lo que quiero decir es que me desalienta

contemplar a un notable y joven político español, de indudables condiciones vitales e intelectuales, ser

rechazado por la mayoría de los delegados de su propio Congreso, en torno, al parecer, de la polémica

ideológica definitoria de su contenido. He leído con reiteración que la decisión del líder contestado era de

naturaleza ética y que en el fuero de la conciencia se veía obligado a renunciar al mando ejecutivo de la

formación. Los gestos de esta naturaleza son en el parecer de algunos muy rentables ante la opinión

española y dan fugar a comentarios hiperbólicos en que se mezclan la política y la moral. Personalmente

discrepo de la eficacia y de la conveniencia de estas actitudes y pienso que finalmente acarrean

consecuencias negativas para la política en general y para los afectados, en particular. La historia de la

España contemporánea registra muchos casos que confirma lo que digo.

No creo que sea bueno, ni para el prestigio del sistema democrático ni para el de la Monarquía

parlamentaria española, la desaparición, siquiera temporal, del jefe socialista, del timón de su partido. Son

momentos graves, sumamente difíciles, tos que tenemos ante nosotros. Hay una situación económica y

social y una tensión laboral que requiere decisiones globales urgentes. Tenemos en el terreno autonómico

conflictos de naturaleza límite que no admiten indiferencia ni demora. El desafío energético nos obliga a

considerar medidas de emergencia seguramente impopulares. En el contexto internacional se adivinan

nuevas áreas de riesgo inminente que pueden no ser lejanas. ¿Cabe pensar que el segundo partido de la

nación, al que correspondería en la probable aritmética electoral ejercer «la alternancia del Poder, pueda,

ahora, quedar inhibido de una presencia efectiva y regido por una Comisión gestora, cuyo solo nombre

indica su carácter coyuntural e interino, poco o nada propicio a tomar compromisos importantes? ¿Se

concibe la paralización efectiva de toda dialéctica interpartidista que supone semejante decisión?

La democracia parlamentaria o es diálogo y discusión constructiva o no es

nada. Es evidente la dificultad de establecer un sistema de esta naturaleza, desde cero, después de un

largo plazo de vacío constitucional. Pero esa dificultad exige que se mantenga cuidadosamente

funcionando la maquinaria precisa.

En países como la Gran Bretaña o Francia o Estados Unidos, en que ese tipo de Gobierno se halla

asentado desde hace años o siglos, la rutina democrática no se altera porque ocurra un episodio como el

que comentamos. Aquí, sí. La democracia plenaria es un lujo reservado a muy pocos. Veinte países entre

ciento sesenta. Ello quiere decir lo complejo que resulta preservar su funcionamiento.

Esperaba ver discutido y aprobado un programa moderno destinado a plantear al país las perspectivas de

los años próximos en la vertiente industrial, en la tecnológica, en la educativa, en la investigadora, en la

sanitaria o en la urbanística. Un conjunto de criterios racionales e imaginativos pensado para un largo

período de cambio y de transición; no ya político e institucional, sino sociológico y cultural.

España, como el resto del mundo occidental, está inserta en un proceso de mutación acelerado, cuyos

signos evidentes nos confrontan cada día. Tarea urgente de los líderes políticos de cualquier signo es la de

asumir esa realidad cambiante y encauzarla hacia sistemas de estabilidad en el progreso. Cada tendencia

es libre de buscar en el apoyo de sus principios -el punto de partida para esa labor orientadora y directiva.

Pero partiendo de la situación real de la comunidad. Mantenerse en la abstracción doctrinal de un debate

teórico sobre las interpretaciones de éste o aquel vocablo es, a mi juicio, entrar en el

juego teológico de los dogmatismos de Bizancio o de Trento y condenar un partido vivo a convertirse en

una Iglesia languideciente y moribunda.

Creo que fue el propio Marx el que habló del peso de la sombra de los muertos sobre la voluntad activa de

los vivientes. Que haya contradicción entre los distintos sectores es lógico y natural en el seno de un

Congreso de raíz democrática. Pero que esa tensión contradictoria acabe en un período de hibernación de

varios meses, con la renuncia al mando de su más destacado jefe, es, cuando menos, una solución

sorprendente. «El tiempo resuelve los contradictorios», escribía el filósofo. Lo malo es que, a veces,

también los disuelve en tribalismo disperso.

No me convence el argumento ético invocado como justificación. Que se diga a la manera francesa:

"Reculer pour mieux sauter», sería una explicación de habilidad táctica encaminada a retirarse ahora para

dominarlo todo, después, en el próximo Congreso. Pero en esa hipótesis sobran las exigencias morales.

Leía hace poco las densas páginas del «Testamento de Dios» en que la joven mente de Bernard Henry-

Levy replantea desde su ángulo específico las respuestas morales a las confusiones Ideológicas y políticas

del tiempo presente. «Limitar la política para dejar su sitio a la ética» es su pensamiento fundamental. La

ética como exigencia hacia el hombre; con la política desacralizada, minimizada en sus límites justos,

como un mecanismo o sistema que trata de regir con acierto los problemas de la colectividad, de acuerdo

con sus tendencias de opinión dominantes. Pero sin implicaciones éticas que no hacen sino confundir,

muchas veces, la «moral del Estado» con otros fines perfectamente ajenos a esta alta exigencia.

Yo espero, como muchos españoles no socialistas, que este episodio quede pronto superado por las

apremiantes circunstancias y por el sentido de la responsabilidad. Ya es grande el grado de escepticismo

de un importante sector de la opinión hacia las instituciones democráticas recién estrenadas. Los nueve

millones de votantes abstenidos en las últimas elecciones son un índice de ese desencanto. No lo

agravemos ahora dando la Impresión de que una de las ruedas de la maquinaria establecida entra en

talleres para comprobar si su diseño está de acuerdo o no con el modelo primitivo, que data de hace un

siglo.

José María de AREILZA

 

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