Con otros tres de los oficiales sublevados. 
 Tejero recluido en la prisión militar de Alcalá de Henares     
 
 ABC.    26/02/1981.  Página: 16. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

Con otros tres de los oficiales sublevados

Tejero, recluido en la prisión militar de Alcalá de Henares

MADRID. Junto con otros tres oficiales de la Guardia Civil, Antonio Tejero Molina, el cabecilla

del asalto al Congreso, está en la prisión militar de Alcalá de Henares, donde ya había sido

recluido durante un período de su arresto a raíz de la(Operaclón Galaxia». Hoy, como

entonces, ha declarado que se encuentra cómodo en aquel «hotel», según él mismo confió a

sus padres, que, residentes en Málaga, han recibido una llamada telefónica suya, la primera al

cabo de varias semanas.

Nuestro corresponsal en Málaga, F. Acedo, dice que los padres del teniente coronel, aunque

muy preocupados, afirman: «Está muy entero. Él nunca se pone triste por nada, ya que tiene

un carácter eminentemente bueno, adaptándose a todo lo que ocurra.»

Por cierto, que los «fans» del insurrecto encarcelado exigen su libertad, a tenor de pintadas

parecidas desde ayer en Madrid con la coletilla de «Arriba España». En zonas céntricas de

Bilbao se leen frases como «José Antonio (sic) Tejero, te vengaremos» o «Ejército al poder»:

incluso una especie de rótulo que reza: «Calle dej teniente coronel Tejero», en la de Buenos

Aires, y cerca de la sede de Fuerza Nueva.

De manera paulatina se van reuniendo evocaciones y testimonios, anécdotas personales,

incidentes, en fin, de los secuestrados en el edificio del Congreso. Varios de esos testimonios

coinciden en que el elemento más «duro» --el «hueso»— entre los asaltantes fue el teniente de

la Guardia Civil Alvarez, cuyos modos diferían de los de su jefe, Tejero Molina, y de la mayoría

de los guardias rasos. Estos trataron con relativa corrección a sus rehenes. Al diputado

socialista y alcalde de Madrid, señor Tierno Galván, por ejemplo, le hablaron con respeto y le

llamaron «profesor». Asimismo, se mostraron serviciales y comunicativos con los «prisioneros».

LA LECTURA, MAL VISTA

El señor Tejero no se dirigió personalmente al vicepresidente Gutiérrez Mellado, al ministro de

Defensa, Rodríguez Sahagún; a Alfonso Guerra, a Felipe González (PSOE) ni a

Santiago Carrillo mientras permanecieron encerrados fuera del hemiciclo. Aunque sí visitó (a

sala donde a los recluidos —dice Europa Press— «se les sometió a una auténtica guerra

psicológica". Adolfo Suárez, aislado de todos los demás, se vio impedido de hablar con nadie.

Acerca de las dotes intelectuales e idiomáticas —sobradamente conocidas merced a las

múltiples grabaciones sonoras de sus órdenes, interjecciones, comentarios,, etc., «recortes»

literales a veces de determinada Prensa— del personal ocupante, baste citar que uno de tos

números arrebató airado al señor Puig Olivé (socialista catalán) el libro que leía, y pidió a los

demás,diputados que no leyeran.

BLAS PINAR, TACITURNO

Había curiosidad por saber cómo se comportó el diputado del Grupo Mixto don Blas Pinar

López. Se sabe ahora que guardó un «silencio sepulcral», en palabras de Europa Press. A

instancias de algunos guardias civiles, salió dos o tres veces del hemiciclo. Sus vecinos de

escaño, lógicamente, le preguntaban cómo iba todo, y don Blas respondió: «Yo no sé nada.

Pero, claro, vosotros no me informáis.» Los no informantes comentarían en broma: «Creemos

que estaban intentando captarle para su causa.» Habría que añadir, siempre en clave de

humor, que los insurrectos tampoco andaban muy «prácticos» en aritmética parlamentaria.

Nadie acaba de comprender, es cierto, la relativa facilidad con qué el pelotón de guardias

civiles al mando de Tejero franqueó la entrada al Congreso., Sin embargo, todo fueron

obstáculos para el acceso a la Cámara del representante socialista por Granada don José Vida

Soria, quien nada más conocer el incidente tomó el primer avión desde la capital granadina

para unirse a sus compañeros en el infortunio.

A lo largo del camino hacia las Cortes toco el mundo —taxistas, guardianes del Congreso, e

incluso el general Prieto, de la Guardía Civil— quería disuadirle de su empeño. Prieto fe

porfiaba: «Hombre, Pepe, no entres, que no sé sabe lo que puede pasar ahí dentro.» Vida

Soria, erre que erre, y Prieto insistiendo: «¡Si te van a matar, te van a matar lo mismo fuera que

dentro!» Al final, logró ocupar su escaño.

CISNEROS: EL TEMPLE DE UN ENFERMO

De los enfermos evacuados del Congreso hay que resaltar el inapreciable servicio del centrista

Gabriel Cisneros. «Gabi», conducido en ambulancia al Hospital Provincial, pidió llamar —desde

la UVI— a la Comisión de Subsecretarios, para transmitir un mensaje del candidato Calvo-

Sotelo instándoles a que desistieran, dada la grave situación dentro del Congreso, de una

«operación rescate», que podía tener consecuencias aún más dramáticas y crueles. El principal

intermediario entre Calvo-Sotelo y Cisnéros fue el citado doctor Fuejo. En medio de tanta

confusión y la ausencia total de contactos, la figura de Cisneros —por fortuna ya recuperado—

adquiere la grandeza del heroico mensajero de Marathón.

 

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