Autor: Areilza y Martínez-Rodas, José María de. 
   Suspense     
 
 ABC.    21/12/1978.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

«SUSPENSE»

En inglés, «suspense» significa incertidumbre o ansiedad y es vocablo que a través de los filmes y las

novelas policiacas se ha universalizado en los últimos años. Vivimos estos días un clima de «suspense»

político, de ansiosa incertidumbre. ¿Qué camino se va a tomar después de promulgada la Constitución? El

29 de diciembre, aniversario de la muerte de Tomás Becket, el fiero arzobispo sajón que fue asesinado en

su propia catedral de Canterbury por instigación de Enrique II, será la fecha de la puesta en marcha de

nuestro ordenamiento jurídico soberano. Consultado el santoral pareció más prudente saltarse los

inocentes por el temor a la broma inevitable. ¿Tan sensible y pudorosa ha nacido la Constitución que no

admite burlas?

Hasta el 29 de enero corre, pues, el plazo que señala la discutida disposición transitoria. Treinta días para

tomar uno u otro rumbo. El silencio es de rigor. Porque los caminos son bien distintos y aun antagónicos.

Y ¿quién sería capaz de diseñar una estrategia omnivalente que sirviera para tan distintas campañas?

Puede haber investidura. Puede el jefe del Estado aceptar la dimisión del presidente actual y designar a

otro jefe de Gobierno para encabezar un Gabinete neutral que lleve a cabo elecciones, con rigurosas

condiciones de objetividad. Y es posible, en fin, que el presidente Suárez, sin pasar por la investidura,

disuelva las Cortes y convoque elecciones generales en el plazo marcado por la Constitución. Cualquiera

de esas decisiones lleva consigo distintos planteamientos en las fuerzas políticas, Y mientras el secreto

siga sin desvelar existe una general desconfianza en la opinión, que no sabe a qué carta quedarse. Una

investidura, a su vez, puede ser amplia —lo que supondría una coalición gubernamental o parlamentaria

con la izquierda—, o ser ajustada, lo que significaría arrancar unos cuantos votos indispensables a fuerzas

regionales o independientes o a la minoría de derecha que en el Congreso existe. Esta segunda fórmula

Nevaría a celebrar elecciones municipales en el plazo acordado y adentrarse con la discusión de leyes

orgánicas y estatutos autonómicos en la prórroga parlamentaria que teóricamente alcanza hasta 1981. La

situación actual del país, ¿permite realizar ese programa, de escasa mayoría, sin grave quebranto y

erosión del Gobierno que lo haga suyo? ¿No existe, en cambio, una extendida convicción de que el

Parlamento no corresponde numéricamente a lo que son las actuales tendencias de opinión, de que las

Cortes del 15 de junio no representan con verosimilitud a la voluntad actual de los electores?

La otra solución es la de que se presente a la Cámara un Gobierno funcional de alcance temporal, y

comprometido a considerarse ajeno a la contienda electoral, para garantizar la imparcialidad en las

elecciones generales. ¿Obtendría ese Gabinete la investidura anunciando su carácter y ese limitado

propósito? Hay quienes opinan por la afirmativa y quienes dudan de que eso se lograra. En cualquier caso

es un planteamiento enteramente distinto del anterior y perfectamente constitucional.

Existe, finalmente, una tercera salida, prevista en la disposición transitoria. La de que el presidente actual

proponga al jefe del Estado el decreto de disolución de las Cortes sin pasar por su dimisión, ni por el voto

de investidura. Ello significaría la celebración de elecciones generales en un plazo de sesenta días. En

otras palabras, que nos hallaríamos de golpe en plena campaña electoral.

Esta última solución habría de arbitrar alguna fórmula que respetara el propósito de celebrar las

elecciones municipales, bien aplazándolas para una fecha posterior, bien haciéndolas coincidir con las de

diputados, lo cual no es técnicamente imposible ni legalmente objetable. Se lograría así simplificar la

inevitable perturbación que toda consulta popular lleva consigo, reduciendo a una sola fecha y campaña la

profunda alteración que las votaciones producen en la existencia cotidiana.

Tantas y tan variadas combinaciones posibles son las que integran el «suspense» nacional. Pero hay que

hacerse la pregunta que muchos se formulan: ¿un secreto tan celosamente guardado, como si fuera

materia de alto interés estratégico, es buena práctica en un sistema democrático? ¿O es por el contrario un

hábito poco recomendable?

Creo que fue Gracián, en alguno de sus deliciosos ensayos políticos, quien exaltaba como virtud del

gobernante el «llevar sus cosas con suspensión». Pero eran otros tiempos y otros gobiernos. También

Maquiavelo atribuía al Príncipe renacentista la astucia suprema de esconder las decisiones hasta el

momento final, con lo que la sorpresa y el desconcierto eran aún mayores. Pero, ¿no fue con la obra del

perspicaz florentino con la que se rompieron los vínculos de la política y la moral y a partir de entonces

—como escribía Maritain— todo fue, en la conducta de los Estados, cinismo inteligente regido por las

normas de la violencia y del disimulo? En nuestro tiempo era el general De Gaulle quien practicó más a

menudo el «suspense» en sus decisiones, convirtiéndolo en doctrina de gobierno. Uno de sus

colaboradores, que objetaba a ese criterio, declaró una vez que "el Elíseo debe dejar de ser un lugar

omnipotente y secreto para convertirse en una residencia accesible y transparente del poder

gubernamental que respetemos todos".

Poder y misterio. Mando y sorpresa. ¿Por qué la vida civil de una democracia ha de ser regida a golpes de

asombro? ¿O es que tras el arcano meditabundo no hay quizá contenido efectivo para construir un

programa de gobierno? Grande es el empeño que ahora se inicia y costoso por cierto. ¡Ahí es nada,

levantar un Estado de nueva planta y convertir en edificio funcionante y habitado los planos que contiene

la Constitución! Labor de años; de paciente responsabilidad cívica; de obligado clima de mutuo respeto;

de realismo y sentido común en los legisladores y en la Administración; de entereza y seriedad

gubernativas. La tarea es inmensa. Y los riesgos, considerables. Pero cuanto antes se empiece, mejor,

como decía el mariscal Lyaütey de las plantaciones de árboles que su avanzada edad no le permitiría ver

crecidos.

Mientras dura el «suspense» florecen los rumores, como en la selva tropical después de las lluvias

torrenciales se oyen trepar las enredaderas. Y frente a las hablillas que corrompen la dignidad del negocio

público no hay sino un remedio específico: la información, la noticia, la comunicación al público.

Ninguna ventaja tiene en estas circunstancias alargar el «suspense», como si contempláramos un serial

televisivo. Salgamos de dudas y hagamos frente a la situación que ya va siendo hora de mirar a los

problemas de cara y llamar a las cosas por su nombre.

José María de AREILZA

 

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