Autor: Prego, Adolfo. 
   Cada día una batalla perdida     
 
 ABC.    10/10/1979.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 4. 

ABC.

UNA BATALLA PERDIDA

CUANTO más se virilicen las mujeres más se afeminarán los hombres.» Y en eso estamos. Don Salvador

de Madariaga, que en tantos problemas del mundo moderno puso su o¡o clínico, hizo aquella observación,

a la que añadió esta otra: que la incorporación de la mu¡er a tareas antes reservadas casi en exclusiva el

varón representa la ruina de la familia, célula madre de la sociedad.

No es creible que las cosas vayan a cambiar. Pero aunque no cambien los problemas necesitan alguna

explicación, y cuando por acá andamos entrando en el debate de «divorcio, si», «divorcio, no», hay que

recurrir a las evidencias que parecen olvidadas. El matrimonio es cada vez más frágil porque los cónyuges

se niegan a tolerarse mutuamente. La palabra «tolerar» tiene su miga. Pongamos en vez de «tolerar» el

término «aguantar», y todo quedará más claro.

Porque aun en el caso de la pareja ideal, es inconcebible que no se produzcan enfrenamientos de origen

temperamental, psicológico. Paro la idea madre de que el matrimonio tenia trascendencia decisiva desde

el momento en que se contraía, de que era un contrato sin cláusula de retracto, garantizaba que los

choques serian sobrepasados con la naturalidad con que un coche pasa sobre los baches de la carretera.

Ahora, esos enfrenamientos, esas disidencias, esos aburrimientos se convierten en un atentado que la

dignidad del individuo no puede admitir.

Si las leyes que regulan el divorcio tienen un inconveniente fundamental es que entronizan el derecho a la

egolatría. Nos adoramos, nos admiramos, nos mimamos, nos condolemos. «Yo soy yo y nada más que

yo.» Naturalmente, en esa convicción cualquier incidente se transforma en «casus be//i», y la repetición

de los incidentes, en un infierno. Lo cierto es que un acusado sentido del deber y del compromiso

libremente contraído puede superar las etapas de crisis y alcanzar incluso la paz y la dicha.

Ese sentido del deber y del compromiso libremente contraído produjo tn otro tiempo aquellas uniones

perdurables que los viejos socialistas llevaron a término como maridos y padres ejemplares, aunque no

habían pasado por e/ altar. Tales parejas constituían ejemplo escandaloso entre la pacata burguesía de las

pequeñas ciudades españolas, pero la verdad es que entre ellas abundaban tos comportamientos de total

fidelidad. Ahora ni en la Izquierda, ni en el centró, ni en la derecha, tales comportamientos dominan el

panorama.

La batalla emprendida por la Iglesia contra una ley de divorcio es una batalla perdida, porque aunque

venza la tesis eclesiástica, el panorama social continuará siendo desolador. Pero hay en esa actitud una

grandeza inocultable: se da una batalla en defensa de un principio, y eso merece todos los respetos,

aunque uno crea que con ley o sin ley el matrimonio está como institución en ruina, devorado por termitas

de las que no se habla.—Adolfo PREGO.

 

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