Autor: Garrigues y Díaz Cañabate, Antonio. 
   No seguir los caminos que llevan a la muerte     
 
 ABC.    10/10/1979.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

ABC. MIÉRCOLES. 19 DE OCTUBRE DE 1979. PAG. 3.

«NO SEGUIR LOS CAMINOS QUE LLEVAN A LA MUERTE»

SON palabras de Juan Pablo II en Drogheda (Irlanda) dirigidas al I.R.A. y al terrorismo. Lo que

sigue a continuación es una paráfrasis de este texto referida al pueblo vasco y al terrorismo.

Tenemos ante todo que poner en daro, poner en evidencia, en dónde residen las causas de esta lucha

dramática. Debemos ante todo llamar por su nombre a los sistemas y las ideologías que son responsables

de este conflicto. Debemos también preguntarnos si la ideología de la subversión trabaja para el

verdadero bien del pueblo vasco, para el verdadero bien del hombre. ¿Es posible fundar el bien de los

individuos y de los pueblos sobre el odio y sobre la guerra? ¿Se tiene el derecho de empujar a las

generaciones jóvenes al abismo del fratricidio?

El vasco es un pueblo fundamentalmente cristiano. Desde la fe en Cristo hay que proclamar que la

violencia es un mal, que la violencia es inaceptable como solución a los problemas, que la violencia no es

digna del hombre. La violencia es una mentira porque va en contra de toda la verdad de nuestra fe, de la

verdad de nuestra humanidad. La violencia destruye aquello que pretende defender: la dignidad, la vida,

la libertad de los seres humanos. La violencia es un crimen contra la humanidad, puesto que destruye el

tejido mismo de la sociedad.

El sentido moral no puede jamás ser oscurecido ni menoscabado por la mentira de la violencia ni por la

mentira de llamar al acto de dar muerte a otro hombre —que es siempre un hermano— con otro nombre

que el de crimen o asesinato.

Todo ser humano tiene derechos inalienables que deben ser respetados. Cada comunidad humana —

étnica, histórica, cultural o religiosa— tiene derechos que deben ser respetados. La paz está amenazada

cada vez que uno de esos derechos queda violado. La ley moral, guardiana de los derechos del hombre,

protectora de la dignidad del hombre, no puede ser descartada por ninguna persona, por ningún grupo, ni

por el mismo Estado ni por ninguna razón, incluso por la seguridad o el interés de la Ley y el orden

público. La Ley de Dios está por encima de todas las razones de Estado.

Sin duda se pretende buscar la justicia. Todo hombre cree en la justicia y busca la justicia, pero la

violencia no hace más que retardar el día de la justicia. La violencia destruye el trabajo de la justicia. Un

aumento de violencia en el País Vasco no puede más que acarrear te destrucción de la tierra que

pretenden amar y los valores que pretenden querer los terroristas y sus cómplices.

Pero hay que hablar, a todos los que tienen responsabilidades políticas, de una manera tan fuerte y tan

insistente como se habla a los hombres de la violencia. Para que no provoquen, no admitan, no toleren las

condiciones que sirven de excusa o de pretexto a los hombres de la violencia. Los que recurren a la

violencia pretenden siempre que solamente ella aporte los cambios y pretenden que la acción política no

pueda establecer la justicia. Los hombres políticos tienen el deber de demostrar que están equivocados,

demostrar que hay una vía política pacifica para llegar a la justicia. Hay que demostrar que la paz realiza

el trabajo de la justicia y que la violencia no lo hace. Los que tienen la notable vocación de te

responsabilidad política deben tener el coraje de enfrentarse a sus responsabilidades, de ser los líderes de

la causa de la paz, de la reconciliación y de la justicia. Si los hombres políticos no deciden y no realizan

los cambios que se imponen, el campo queda libre para los hombres de la violencia; la violencia se

desarrolla más fácilmente cuando hay un vacio político y un rechazo de te acción política.

Estas palabras de Juan Pablo II tienen la fuerza de si mismas y te fuerza, la gran fuerza y la autoridad que

reciben de quien las dice. Es verdad que la violencia no se detiene sólo con palabras. Hace falta el empleo

de la fuerza que mana de la Ley y de la Justicia. Pero sí, atendido lo uno y lo otro, alguna vez el empleo

de la fuerza está Justificado es en el caso del terrorismo, sea cualquiera su denominación.

Antonio GARRIGUES

 

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