Autor: Areilza y Martínez-Rodas, José María de. 
   El predominio americano     
 
 ABC.    13/01/1978.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

EL PREDOMINIO AMERICANO

Una advertencia, luego puntualizada con más detalles, del Departamento de Estado de Washington, sobre

las consecuencias de una eventual participación de los partidos comunistas en los Gobiernos de la Europa

occidental, ha tenido la virtud de provocar un pequeño temporal político. En Italia —donde se originó

probablemente la iniciativa americana— y en Francia, donde se consolidó, a raíz de la visita del

presidente Carter a París, han surgido las más violentas reacciones contra la «injerencia» de Washington

en los temas de política interior. Incluso los, aparentemente, más favorecidos por el gesto americano, es

decir, el Gobierno Andreotti y el Gobierno Barre, se han apresurado a manifestar su disconformidad con

la toma de posición trasatlántica, estimándola inoportuna e inhábil.

Sería interesante conocer la génesis de esa pública notificación. Acaso se olvida muchas veces la fuerza

de los procesos de la política interior en Tas decisiones exteriores de los Estados Unidos, mientras que lo

recíproco no es cierto. Hace pocas fechas, Henry Kissinger ha puesto, en efecto, en imagen, en las

pantallas televisivas, una serie de reportajes comentados por él mismo, sobre los riesgos del avance

comunista en Europa y más precisamente en la Europa meridional. El serial podía interpretarse como una

crítica a la política exterior de Cárter, demasiado borrosa y desdibujada desde que la fuerte personalidad

del antiguo profesor de Historia de Harvard dejó de manejarla con exclusividad y protagonismo

publicitario. No sería imposible que la oportunidad elegida para el aviso conminatorio surgiera

precisamente del deseo del Departamento de quitar de las velas de la empresa de Kissinger los vientos

fáciles y populares del anticomunismo, siempre propicios a soplar en el inmenso crisol norteamericano.

Que los Estados Unidos, como primera potencia militar y económica del mundo contemporáneo, lleven

consigo la responsabilidad de su considerable poder es una afirmación de evidencia indiscutida. El peso

de la púrpura se desprende de su propia consistencia. Pero también es cierto que en el cambiante y

complejísimo contexto internacional !a simultaneidad de varios y contradictorios procesos de alcance

general hace que no exista esa aparente libertad de acción que presupondría el rango gigantesco de los

imperios de antaño. Charles Osqood escribía con acierto: «Cuanto mayor es la fuerza militar de una nación

resulta menor el margen de maniobra que le queda en política exterior... Por eso las iniciativas en la era

nuclear parecen congeladas.»

Estados Unidos ha llamado la atención, quizá con excesiva desenvoltura, sobre el riesgo de la entrada de

los comunismos europeos occidentales en el nivel de las decisiones ejecutivas de los respectivos

gobiernos. Bien, ¿y a qué tanto estrépito? Supongamos en una lejana e improbable hipótesis que en una

nación del Este europeo se abriera camino una fórmula de socialismo pluralista con elecciones libres. Y

que como resultado de los comicios, un grupo político liberal o conservador fuera llamado a participar en

el Poder. ¿Qué tiempo tardaría el Pacto de Varsovia en excluir de la mesa del mando supremo a los

representantes del país miembro que en tal riesgo de seguridad hubiese incurrido? En verdad, no parece

apropiado el aspaviento a lo sucedido. Aquí nadie es tan inocente como para asombrarse de cosas

parecidas. La defensa estratégica de Occidente reposa sobre unos cuantos principios y una serie de puntos

de apoyo. La península Ibérica, Italia, Grecia, Turquía y Francia forman parte del dispositivo geopolítico

en términos decisivos. Ningún elemento esencial del mosaico de los pueblos europeos integrados directa

o indirectamente en el mecanismo atlántico puede alterarse sin quebranto notable del entero sistema.

Los países que mantienen en el mundo formas de vida pública inscritas en las coordenadas de la libertad,

son relativamente pocos en número. Quizá no lleguen a treinta en un conjunto de ciento cincuenta

naciones independientes. Las grandes potencias industriales de la constelación democrática son quince o

veinte solamente. Para defender ese tipo de civilización liberal avanzada que permitió su progreso y su

desarrollo con un nivel medio superior a los siete mil dólares por habitante tienen que buscarse caminos

de entendimiento y de superación de las graves cuestiones que en los actuales momentos amenazan su

continuidad. El presidente Cárter y sus acompañantes, en la reciente gira por Europa y Asía, insistieron

una y otra vez en que trataban de afirmar su fe en la eficacia de las instituciones democráticas, ante la

general interrogante que muchos se planteaban, de si la democracia era válida para la sociedad

desarrollada y mudable de nuestro tiempo. A lo que se añade, que en 1978, como en los años de la gran

depresión de 1930, numerosos problemas económico-sociales despertados por la crisis, acaban suscitando

fenómenos de índole política de insospechadas consecuencias.

La globalización de la economía como conjunto interdependiente a escala mundial es uno de esos grandes

procesos latentes y pendientes que exigen la imperiosa necesidad de ordenar en un plazo no lejano los

desequilibrios crónicos del sistema monetario y de las relaciones comerciales. Sin reducir ese caótico

desorden a un esquema coherente no habrá manera de volver a una época de recuperada prosperidad. Otro

de los factores esenciales para la normalización internacional es evitar la tentación nacionalista, achaqué

universal en las épocas depresivas que busca refugio en el egoísmo protectivo con notorio daño para la

tendencia abierta, única capaz de buscar soluciones generales en el terreno de la solidaridad. Los ejemplos

de aguda rivalidad que ofrecen en estos momentos las negociaciones entre Norteamérica y el Japón, entre

Bonn y Washington y entre los miembros de la C. E. E. en su interior y la propia comunidad con sus

clientes europeos externos ilustran cuanto digo.

Pero en un contexto tan dificultoso y lleno de peligros, ¿cómo hablar, seriamente, de una «injerencia»

americana? James Reston, que ha tornado con tanto acierto el relevo del columnismo liberal de Lippmann

en las páginas neoyorquinas del «Times», escribía hace poco lo siguiente: «¿Cómo hacer frente a todos

esos problemas con equilibrio y serenidad? Eso es lo que preocupa a Washington. Haga lo que haga se le

acusará, como siempre se hace con los poderosos, de "dominar" a los demás o de "abandonarlos". Pero el

verdadero tema consiste en establecer un orden de prioridades para la actuación.»

Estados Unidos no trata de establecer un predominio hegemónico, que en la etapa actual del mundo no es

concebible. Pienso que la filosofía de Cárter consiste más bien en el propósito de evitar conflictos y de

eliminar los riesgos de guerra como línea general de su política. El panorama internacional ofrece tantos

motivos de expectativas sombrías, de pugnas y luchas de toda índole, de odios raciales, de disputas

ideológicas, de abismales diferencias entre los niveles de vida de unos y otros pueblos que Cárter acaso

aspira, con su talante de misionero sureño, a despertar una esperanza de unidad entre todos los países para

el establecimiento de un ordenamiento general. Wilson y Roosevelt también soñaron con ese propósito,

aunque la Sociedad de Naciones y las Naciones Unidas no colmaron luego las expectativas de quienes las

fundaron.

Pero hoy se impone con más necesaria urgencia alguna suerte de revisión moral que no sólo limite los

armamentos y la destrucción de los recursos y equilibrios naturales, sino también la errónea creencia de

que los ámbitos nacionales pueden bastarse a sí mismos para hacer frente a problemas de rango universal.

José María DE AREILZA

 

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