Autor: Vilar, Sergio. 
   Cuerpos y armas     
 
 Diario 16.    24/07/1979.  Páginas: 1. Párrafos: 10. 

Cuerpos y armas

Sergio Vilar

Acaba de celebrarse el décimo aniversario de la llegada del hombre a la Luna. Durante los últimos lustros,

el ser humano ha dado colosales saltos de progreso tecnológico. Pero, ¿existe un progreso moral?

¿Profundiza la persona en su dimensión ética?

Al dar los primeros pasos sobre la Luna, a las 15 horas y 56 minutos de la tarde del 21 de julio de 1969,

Neil Armstrong, comandante de la misión «Apolo II», decía ante millones de telespectadores de todo el

mundo: «Un pasito para el hombre, un gran salto para la humanidad.» Con esa distinta valoración de los

efectos del hecho, posiblemente el astronauta norteamericano quiso significar que a menudo existe un

enorme, grave desequilibrio entre la realización de la eticidad humana y la proyección tecnológiga del

hombre en el universo.

Volamos, pero no somos ángeles. Peor: muchas otras realizaciones humanas nos hacen pensar que

estamos lanzados —más exactamente: nos lanzan— en una demonología inconsciente que por su

tenacidad parasuicida parece ser que se convierte en una especie de monstruosa demonolatría consciente.

La loca carrera de armamentos es el principal signo del luciferismo de nuestro tiempo. En eso la

humanidad ya ha superado la capacidad de imaginación destructiva de los dioses más siniestros del

averno. Hoy, los hombres que controlan las panoplias atómicas de los Estados Unidos y de la U.R.S.S.,

pueden propagar la muerte global, no sólo una vez, sino quince veces.

¿Es posible imaginar tanta maldad condensada en unos cohetes termonucleares, en bombas de hidrógeno,

neu-trónicas, etcétera?

Tener la posibilidad de arrasar la vida sobre la Tierra una vez ya es de locos, pero poseer los elementos

mortíferos para sembrar la muerte otras catorce veces, si es que ello resultara factible, constituye una

realidaden-potencia que seguramente deja acomplejado al propio Satanás. Las clásicas descripciones del

infierno parecen hoy ingenuas. Las tradicionales calderas infernales quedan como un juego de niños en

comparación con las posibilidades destructivas de los arsenales nucleares norteamericanos y soviéticos:

contienen una potencia explosiva de 50.000 megatoneladas, que equivalen más o menos a 15 toneladas

por habitante de este mundo. Con razón se ha puesto en circulación un verbo bárbaro: «overkill», o sea

«sobrematar».

Esos datos, de por sí ya extremadamente preocupantes, multiplican la tensión que atraviesa la Tierra de

parte a parte, al observar que las recientes negociaciones que tuvieron lugar en Viena para limitar las

armas estratégicas, acabaron en el fracaso, apenas disimulado por las fórmulas de cortesía intercambiadas

por Cárter y Breznev.

Mientras tanto, siguen fabricando nuevas armas. Por ejemplo, el supermisil MX, compuesto de diez

cabezas nucleares, de unas 95 toneladas, que puede alcanzar una gran precisión, con el que perseguiría

destruir los silos en los que la U.R.S.S. guarda su cohetería. También se fabrica un nuevo tipo de

submarino, el Trident, de 19.000 toneladas, capaz de transportar 24 cohetes y unas 300 ojivas nucleares.

Todos esos armamentos miles de millones de dólares y de rublos.

Al mismo tiempo, en nuestro planeta millones de personas viven en la miseria material más atroz y

asimismo en la indigencia intelectual. Sobre todo en los países llamados del Tercer Mundo. Pero también

en Europa existen millares de niños sin escolarizar, adolescentes que no pueden proseguir sus estudios,

familias que apenas pueden atender sus primarias necesidades de subsistencia.

Probablemente una de las revoluciones más trascendentales que podría hacer la humanidad de hoy sería la

definitiva instauración de la paz. Porque en cierto modo estamos en guerra: de hecho la acumulación de

armamentos significa la perduración de uno u otro tipode «guerra fría», que puede convertirse en caliente

en uno o en otro lugar y repercutir en todo el mundo.

Si los centenares de miles de millones que se despilfarran en fabricar máquinas de sembrar la muerte se

destinaran a resolver los problemas socio-económicos y culturales que atraviesan los continentes a buen

seguro que inauguraríamos otra civilización en la que por fin el mejoramiento de la condición humana

seria extraordinario: sin pretender ser dioses, pero alejándonos del diablo. Por el momento no es cuestión

de soñar con establecer un paraíso sobre la Tierra, pero al menos hemos de evitar que nos aplaste el

infierno de la guerra atómica.

No obstante, las posibilidades de conflagraciones más o menos atómicas, trias o menos internacionales o

más o menos localizadas, desgraciadamente se acentúan ante la perspectiva de la escasez y del gradual

agotamiento de las tradicionales fuentes energéticas. Varios dirigentes, por ejemplo, el canciller alemán

Helmut Schmidt y el libio Gaddafi, ya han aludido explícitamente a esa hipótesis con tendencia a devenir

tesis.

Está bien viajar a la Luna y a otros planetas. Y a pesar de sus vinculaciones militaristas, hay que celebrar

las espectaculares e incontestables conquistas científicas de la exploración astronáutica. Pero, ¿por qué no

resolver antes las necesidades más urgentes de la Tierra? ¿Por qué no atender inmediatamente todas las

demandas vitales de los cuerpos? Sólo puede haber unas realizaciones tecnológicas progresistas y unas

guerras justas: las que alcancen graduales victorias contra la muerte.

 

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