Autor: Areilza y Martínez-Rodas, José María de. 
   Traer la democracia     
 
 El País.    26/10/1976.  Páginas: 1. Párrafos: 12. 

EL PAIS, martes 26 de octubre de 1976

José María de Areilza inicia hoy la publicación de una serie de artículos sobre la situación política

nacional y su futuro inmediato. Al que hoy damos en exclusiva nacional, compartida con La Vanguardia,

seguirán cuatro trabajos más sobre las garantías electorales, la crisis económica, la reconciliación de los

pueblos de España y la lucha contra la corrupción administrativa. Con este análisis de conjunto de la

realidad española José María de Areilza —ministro de Asuntos Exteriores en el primer Gobierno de

la Monarquía, embajador en Buenos Aires, Washington y París, personalidad clave en la derecha

democrática - se reincorpora a la política activa

TRIBUNA LIBRE

Traer la democracia/1

JOSE MARIA DE AREILZA

Traer la democracia a España no es un problema fácil ni de plazo rápido. Es una cuestión compleja que

tardará varios años en llevarse a término y que exigirá, ante todo, un cambio de mentalidad en las clases

dirigentes del país. Hablo de los que en la derecha, en el centro y en la izquierda tienen liderazgo, nombre

o responsabilidad. No solamente de los que ejercen cargo.

Pasar sin revolución de una mentalidad autoritaria a una mentalidad democrática es un proceso de

inevitable lentitud. El talante, las palabras, los conceptos y el tono que se utiliza para dirigirse a los

demás, a la opinión y hasta a los propios seguidores es todavía, en muchísimos casos, el de la situación

franquista, con la verdad guardada, como en tabernáculo, por sus poseedores y los discrepantes o los

indiferentes, tratados como paganos en espera de la conversión.

Los epítetos degradantes sustituyen todavía, con el sonoro vocablo peyorativo, la racionalidad de una

crítica analítica o constructiva. Cuarenta años de Sardá y Salvany -«el liberalismo es pecado»— y de

«Mein Kampf» —«el morbo demoliberal»— han deformado los hábitos del diálogo político,

indispensable para la convivencia democrática. La convivencia misma es palabra que tiene todavía mala

reputación en algunos medios. Supone relativismo de la verdad política. Respeto a las opciones ajenas.

Posibilidad de que el adversario tenga una parte de la razón. Y que pueda acceder al poder por la vía de la

legalidad electoral. Convivir es. pues, para ciertas mentalidades, la imposibilidad de poner en claro que el

adversario no es tal, sino enemigo y, además, traidor. La palabra traidor y el vocablo traición son de los

más frecuentados por la derecha española desde los tiempos de Fernández y González, el gran autor de

los folletines por entregas, en el pasado siglo.

Organizar la democracia es proceder a la educación cívica de la derecha y de la izquierda y proscribir la

violencia como instrumento de la acción política. En eso debe de haber previo acuerdo formal y absoluto.

Hay que denunciar las violencias y a los violentos como enemigos públicos del propósito democrático

colectivo. Hay que descubrirlos y desenmascararlos para que sientan en su conciencia el repudio general

de la sociedad hacia esa forma degenerada y primitiva de propugnar o defender las ideas y los

sentimientos políticos.

Una democracia no se puede apoyar sino en el diálogo de los que hayan de protagonizarla. Y, por

consiguiente, en el ulterior entendimiento. Suponer que la democracia consiste en fingir un truco para que

se legitime aparentemente la continuación en el poder, no ya de las mismas personas, sino de la misma

mentalidad y de idéntico sistema, es una necedad y un simplismo. ¿A quién engañaría una ficción de esa

naturaleza? ¿A la opinión pública nacional? ¿A la opinión internacional del Occidente? Nadie

medianamente lúcido contestaría con la afirmativa. Aquí, o se ponen de acuerdo todas las fuerzas

políticas reales del país en ese propósito común o no se puede ir a la democracia de verdad.

¿Es posible poner de acuerdo a las fuerzas políticas o a las corrientes ideológicas de España para un

programa de esa naturaleza y alcance? A mi modo de ver, sí. Siempre que exista el intento y la voluntad

de hacerlo. Si unos desean traer a España la democracia, como sistema de su vida pública, pero otros

desean exactamente lo contrario, porque no les gusta esa forma de gobierno o porque desconfían de ella,

el empeño resultará imposible y los equívocos, las ambigüedades, la confusión y el desorden imperarán

por todas partes. Hay que lograr el acuerdo entre todos los grupos y partidos políticos que quieran traer

sinceramente la democracia a España.

Llegar a un acuerdo no quiere decir forzosamente gobernar en coalición. Significa, sencillamente, aprobar

un plan, un programa de mínimos indispensables, para sobre él desarrollar el sistema operativo

correspondiente. Es una iniciativa que aunque eventualmente conformada por los partidos, pertenece en

realidad al ámbito del Estado: es una operación de Estado. Como tal ha de ser concebida y ejecutada. No

veo qué otro camino viable existe para traer, pacíficamente, la democracia a España. Otros métodos, el de

la imposición, por ejemplo, o del simple otorgamiento, no me parece que conduzcan a ninguna parte,

salvo al callejón sin salida, es decir, a volver a entrar de donde se quiso salir. Puede que algunos sectores

vayan buscando precisamente eso. Pero sería bueno para todos que lo manifestaran con claridad. No hay

que tener miedo al definir las posiciones de unos y de otros.

No existen en realidad grandes partidos en el momento actual. Hay fuertes y definidas tendencias en la

sociedad. Y gentes que se sienten más o menos intérpretes de esas tendencias. En rigor, no se podrá

hablar de partidos hasta después de las elecciones y siempre que éstas lo sean de verdad, es decir, que se

lleven a cabo con garantías totales. Después de la primera consulta popular habrá una base

estadísticamente cierta para calibrar la importancia y el volumen de los partidos, Y todavía tendrá que

esperarse a las segundas elecciones generales, unos años después de las primeras, para que los grandes

partidos aparezcan como tales, tras un rodaje de cierto tiempo. Así ocurre y ha ocurrido en los sistemas

democráticos de las naciones de la Europa occidental. Y así sucederá también entre nosotros.

Si se logra un pacto de principio para traer la democracia a España habrá de ser entre todos. Quiero decir

entre la derecha, el centro y la izquierda. No se puede pretender que la democracia la traiga la derecha

sola, o la izquierda en exclusiva, o el centro. Ese es un planteamiento utópico y además anuncia con

seguridad un fracaso a plazo fijo. El sistema democrático tienen que pactarlo y traerlo todos los sectores

ideológicos de la política futura. En eso consiste precisamente la clave de la operación. Los que no la

entiendan así son precisamente quienes no desean traer la democracia a España.

Ese pacto o entendimiento hay que intentarlo sin demora. El tiempo apremia. El tiempo es un factor

decisivo en política, tan decisivo como resulta, a veces, olvidado o desdeñado por quienes viven y actúan

como si no hostigara con su dardo acuciante los acontecimientos. El ritmo de nuestro tiempo de acción es,

ahora, vivísimo, casi angustioso. La movilización popular, de un lado, que sube en oleadas cotidianas, con

motivos diversos pero con sentido unívoco, presiona en dirección de la democracia sin duda razonable. El

clima de conciencia crítica informativa hace que los estados de opinión se levanten y generalicen en

horas, a pesar de la parsimonia deformante de la televisión, todavía sujeta a las inercias del pasado. Por

todo ello hay prisa, hay poco tiempo, hay urgencia en la actuación. El compromiso para traer a España la

democracia y lograr el establecimiento de una Monarquía constitucional debe ser obra inmediata por

imperiosa exigencia de las circunstancias. Ningún sector, ninguna personalidad, ningún partido que quiera

servir sinceramente a la patria debe hurtar el cuerpo a esa grave responsabilidad.

Sentarse a la mesa los que hayan de intentar ese pacto o entendimiento de alcance histórico es un ejercicio

perfectamente viable. La responsabilidad y la racionalidad con qué piensan y se mueven los jefes

naturales de las diversas tendencias hoy existentes en España auguran una posibilidad cierta a la

iniciativa. El simple hecho del contacto humano y personal desmitifica los «tabúes» y neutraliza los

prejuicios. Esa será la primera y grata sorpresa si el diálogo se inicia para este fin.

Traer la democracia a España. Ese es el primer objetivo. No de palabra, sino con hechos y sobre todo con

un nuevo talante que se corresponda con el que busca ansiosamente la mayoría de nuestra población.

Puesto que el proceso ha de ser largo, comencemos, cuanto antes, a ponerlo en marcha.

 

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