¿Y si matan al rey?     
 
 ABC.    08/11/1978.  Página: 2. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

A B C. MIÉRCOLES, 8 DE NOVIEMBRE DE 1978. PÁG 2.

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«¿Y SI MATAN AL REY?»

Con un siglo largo de Historia remansado en el estupor por esa frase, ABC no puede callar ni un minuto

más, primero, su protesta; luego, su exigencia. Porque, tras la absoluta indignación por algunos hechos

vamos a proponer, a quien corresponde —que son el Gobierno y las Cortes—, el único camino.

Algunos hechos. Desde las mismas vísperas de la restauración democrática en España —primavera del

año pasado— y muy señaladamente durante los debates constitucionales, todas las fuerzas políticas de

derecha, de centro y de izquierda han reconocido, expresamente, abiertamente, reiteradamente, la función

de la Corona en el más difícil trance constructivo de la Historia contemporánea española; y el inmenso

servicio histórico que ha prestado a España, en ese trance, con todas las posibilidades en contra, el titular

de la Corona, Su Majestad el Rey Don Juan Carlos de Borbón.

Cuando en esos debates algunos parlamentarios han discrepado legítimamente de la Monarquía —en

porcentaje mínimo— han manifestado noblemente, sin excepciones, su respeto y su gratitud al Rey por

ese servicio. Insistamos: sin excepciones. No tardarán ni la Historia ni la ciencia política en profundizar

como se merece sobre tan extraordinarios fenómenos de la transición.

Pero desde hace unos días los extremistas de derecha y de izquierda, unidos en esta aberración como en

tantas otras, han empezado a vulnerar aviesamente la Inviolabilidad del Rey consagrada en la

Constitución inminente: y lo hacen, además, de forma cobarde y vil, perqué saben que ni la Institución ni

la regia persona que la encarna van a defenderse: ya que ni siquiera podrían hacerle.

La extrema izquierda cubre de carteles intolerables las paredes del país entero: está en su derecho al

reclamar la abstención, pero comete gravísimo delito —hemos escrito delito— contra la ley y contra la

convivencia cuando mezcla, en su legítima crítica a personalidades políticas, la imagen inviolable del

Rey. Por su parte, las publicaciones de extrema derecha insultan al Rey en sus portadas, mientras uno de

sus líderes se hace en público la pregunta que nos sirve de título, aguanta sin la menor (muestra de

vergüenza una respuesta insultante en su auditorio y culmina así una campaña en la que se mezclan,

Irresponsablemente, la vileza y la vesanía.

Hasta aquí hemos llegado. El pueblo español no puede admitir una provocación más. Recordemos,

telegráficamente, la Historia. No fue el empuje republicano, sino la cerrazón de los monárquicos, quien

aisló y destronó a Isabel II; quien trajo, con sus votos en una asamblea parlamentaria ilegal, la I República

a una España en que no había sino unas docenas de republicanos militantes; quien amargó la vida del Rey

Alfonso XIII, le encerró en el callejón sin salida de la primera dictadura y le abandonó al asalto de la

calumnia personal y política durante el año 1930. Los primeros ataques frontales al Rey que ahora

estallan aislados recuerdan a nue s t r a conciencia histórica aquellos tanteos insultantes que el Gobierno

de 1930 no acertó a cortar de raíz, en agraz, y que acarrearon en pocos meses un alud imparable.

Estamos a tiempo. Pero hay que aplicar, sin esperar un día más, la cirugía política que exigen la

Constitución y las leyes. Si las leyes no son suficientes para proteger la figura y la misión del Rey,

arbítrense las necesarias por procedimiento de urgencia. Pero sin olvidar la responsabilidad de las Cortes,

es el Gobierno quien debe ejercitar, Inmediatamente —es asombroso que no lo haya hecho ya— toda su

capacidad legal de disuasión frente a quienes vierten sobre una persona y una Institución inviolable toda

su baba de frustraciones. El Gobierno tiene en su mano la posibilidad de cortar, antes de que degenere de

forma cancerígena ante la impunidad, tan funesta campaña. España entera se lo exige, y le apoyará

incondicionalmente, sin ´la menor duda. Nadie puede permitir que uno de los aspectos más delicados y

unánimes de la Constitución nazca violado, como letra muerta.

Porque, además, ni nos atrevemos a contestar serenamente a la pregunta alevosa que hoy proponemos

como revulsivo nacional al frente de estas líneas. SI se cumpliera tan espantoso presagio, terminaba en

España el Imperio de la Ley; se hundía la Constitución en el vacío; retornaba, inevitable, la dictadura; se

cancelaba fulminantemente la democracia; y la muerte, esa oena de muerte que hemos arrojado de nuestra

convivencia, volvería a ser protagonista de nuestra Historia. Puede que algunos Irresponsables

enloquecidos pretendan precisamente eso. Pero el resto de los españoles comentaríamos la tragedia —que

Dios alejará de nosotros— con la frase genial de un insigne historiador ante el asesinato de un Insigne

político:

«El lo era todo en aquellos momentos. Todo desapareció con él.»

 

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