Autor: Cierva y Hoces, Ricardo de la. 
   La carta número quinientos     
 
 ABC.    08/11/1978.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 5. 

MIÉRCOLES, 8 DE NOVIEMBRE DE 1978. PÁG. 3.

La carta número quinientos

SEÑOR don José María Chico de Guzmán y Barnuevo, distinguido amigo:

La carta número quinientos venia firmada por usted. Mientras usted, en uso de su perfecto derecho,

descansaba con su familia en una playa o en una montaña, los senadores de mi grupo consumíamos

jornadas agotadoras, de nueve a nueve, de lunes a sábado de agosto, no para destruir lo que usted

defiende, sino para defender aquello en que usted cree: porque aunque a usted le cueste comprenderlo,

estamos con usted, venimos del mismo origen y navegamos en el mismo barco; compartimos la misma fe

y e] mismo sentido de España.

La única diferencia es que representamos a un pueblo que incluye a personas dignas de todo respeto,

como usted, y a personas dignas del mismo respeto que piensan al revés que usted. Y durante horas y

horas de angustia y esperanza tratábamos, como habían hecho las semanas anteriores nuestros

compañeros del Congreso, y luego intentarían nuestros compañeros de la Comisión Mixta, Junto con

nuestros enemigos de ayer, convertidos ya solamente, gracias a Dios, en adversarios de construir una

Constitución de todos y para todos; una Constitución en que quepan usted y loa demás españoles; una

Constitución que permita, sin bandazos, todas las alternativas políticas; sin que una derrota electoral

suponga un exilio, ni un pronunciamiento ni una guerra civil, como sucedió fatalmente con las tres

derrotas electorales anteriores.

Pero usted, y quinientos amigos suyos —muchos de los cuales son amigos míos, y familiares a veces—

decidieron reunirse y escribirnos una carta. He esperado a la carta número quinientos: la de usted. No

piense usted que las he despreciado. Las he leído una a una; las he comprendido una a una. He visito un

ejemplar de esas cartas sobre la mesa del presidente Suárez; quien me habló de ra preocupación por esas

cartas y de su estima por los firmantes. Tan importantes me parecen esas cartas, tan estimable su objetivo,

que voy a montar sobre ellas mis meditaciones públicas acerca de la Constitución.

Y voy a responderles a ustedes desde mi terreno profesional: desde la Historia. En estos días aparece en

los escaparates de mis amigos libreros mi libro de historia número 24. Vivo en b Historia de España y

escribo desde la Historia.

Desde la primera infancia sufrí en mi píente y en mi sangre la tragedia que ustedes, en sus cartas, tratan,

como yo, de evitar. Pretendemos lo mismo. Diferimos en el método. Ustedes creen que el método para

evitar la tragedia consiste en el NO o la abstención en el próximo referéndum. Con toda la experiencia

histórica detrás yo veo clarisimamente que la tragedia no se evita con el NO, sino con el sí. Veo, y tengo

la obligación de decírselo a ustedes, que historia atormentada de esta nación nuestra nos exige el 6 de

diciembre, desesperadamente, el SI. Y con estos comentarios estoy casi seguro de que voy a lograr

convencerles a ustedes; porque están escritos con mirada serena y con la pluma tan limpia como la

intención de ustedes cuando me dirigían, una a una, estas quinientas cartas a las que hoy tengo el honor de

responder.

Entraré, en otros comentarios, dentro del profundo espíritu positivo que hay en esas cartas.

Permítanme hoy que, con la Constitución en la mono —figúrense ustedes lo viva que está en mi memoria,

después de haberle dado la vuelta, como observador y como participante, unas den veces, por fuera y por

dentro— tes invite a corregir sus cartas ante el texto que vamos a votar. Lo que no se puede es atribuir a

la Constitución lo que la Constitución no dice; e ignorar lo que dice.

Dicen ustedes que «en esta Constitución se niegan derechos universalmente reconocidos». Pero todo el

título I se refiere a «los derechos y deberes fundamentales»; y el número 2 del artículo 10 exige

expresamente que «las normas relativas a los derechos fundamentales y a las libertades que la

Constitución reconoce se interpretarán de conformidad con la Declaración Universal de Derechos

Humanos».

Dicen sus cartas que esta Constitución niega Ion derechos humanos en lo que se refiere a 1» familia. Pero

el artículo 39 dice: «Los poderes públicos aseguran la protección social, económica y jurídica de la

familia.» Dicen ustedes que la Constitución no reconoce relación alguno de los padres con los hijos. Pero

el párrafo 2 de ese artículo 39 dice: «Los poderes públicos aseguran la protección integral de los hijos.» y

El párrafo 3: «Los padres deben prestar asistencia de todo orden a los hijos.» Y el párrafo 4: «los niños

gozarán de la protección prevista en los acuerdos internacionales.» Ya ven ustedes cómo no se regulan

exclusivamente las que ustedes llaman situaciones patológicas familiares sino, antes que nada, las

situaciones normales de la familia normal.

La Constitución no trata de fomentar esas situaciones patológicas, sino de defender y amparar a la»

víctimas inocentes de los actos antifamiliares. Ustedes lo comprenderán así cuando repasen

cuidadosamente el texto, lo misino que, con sumo acierto, no aluden en su carta al tema del aborto —que

la Constitución NO permite, eon su declaración en favor del derecho * la vida; la mención del aborto fue

expresa y unánimemente rechazada en lo* debates a que yo asistí. Les felicito también por no haber

enconado el tema del divorcio, que la Constitución tampoco determina y que deja a la responsabilidad de}

pueblo español en ta» Cortes.

Esto supuesto analizan ustedes, en sos cartas, el problema constitucional de la enseñanza. Lo que ustedes

dicen merece la reposada respuesta de mi segundo artículo.—Ricardo DE LA CIERVA.

 

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