Autor: Areilza y Martínez-Rodas, José María de. 
   Europa: el común denominador     
 
 El País.    02/09/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 11. 

EL PAIS, viernes 2 de septiembre de 1977

OPINIÓN

Europa: el común denominador

JOSE MARIA DE AREILZA

Las simplificaciones corren el riesgo de no reflejar la verdad cuando son exageradas, pero no sería posible

entender la perspectiva de un problema político sin elevarse alguna vez a la síntesis simplificadora. Para

resumir la Europa de hoy, es preciso recurrir al común denominador de su vida pública, al consenso

mínimo de su filosofía política, al tronco básico de sus instituciones representativas y al ámbito o clima

predominante en la convivencia general. La Europa de hoy es una gran comunidad de naciones

democráticas cuyos cimientos se llaman soberanía popular, sufragio universal, pluralidad ideológica, libre

acceso al poder por la vía legal abierto a todas las alternativas y respeto y protección de las libertades

civiles de la persona humana. Desde 1945, fecha en que se acaba la segunda guerra mundial, hasta el

momento presente, el proceso democratizador de la sociedad política europea no ha tenido sino un

continuo sentido de avance en tal dirección, sin que los frenos, inconvenientes y obstáculos habidos hayan

logrado entidad suficiente, a lo largo de estos 32 años, para impedir aquel progreso.

La verdad es que en el decenio de los años treinta, el sistema democrático de gobierno había perdido

prestigio, arraigo en la masa y autoridad en todos los campos. Imposibilitado de resolver por sí solo los

grandes aspectos de la crisis económica de 1929; rota la estabilidad del poder y la actuación de los

gobiernos por la irresponsabilidad parlamentaria y la atomización de los partidos; incapaz de crear unos

ideales populares abiertos a las nuevas generaciones, hay que reconocer —como escribía André

Fontaine— que las instituciones democráticas europeas se hallaban en grave trance de desaparecer por

consunción patológica interna, hacia 1939, cuando fueron atacadas, ideológicamente, a la vez que

militarmente, por los poderes del eje germano-italiano y sus satélites europeos.

El desenlace de la guerra de 1939-1945 supuso no sólo la derrota de los ejércitos del fascismo, sino

también el repudio de aquella doctrina, en beneficio de la. filosofía democrática de gobierno por parte de

los vencedores occidentales. El hecho de encontrarse como aliado decisivo en el bando victorioso la

Unión Soviética, con su totalitarismo dogmático, no impidió la identificación de los triunfadores

angloamericanos con los ideales de la democracia y la incorporación dialéctica de esos ideales a la guerra

fría que iba a iniciarse seguidamente contra el aliado de la víspera, amenazante e implacable en la

instalación de su poder autoritario, más allá del telón de acero.

Conviene recordar estos hechos para analizar el proceso de la renovación del pensamiento democrático

como mínimo común denominador de la Europa occidental. Los vencedores no sólo consolidaban sus

instituciones apoyadas en la voluntad popular sino que las imponían a los vencidos. Alemania occidental

fue reincorporada poco a poco al ejercicio de la vida democrática, partidista, parlamentaria,

democristiana, socialista y liberal, mientras la ayuda americana sé vertía generosa en la puesta en marcha

de la productividad industrial germana, asombrosa en su disciplinada resurrección. Italia se convirtió en

democracia parlamentaria. El general De Gaulle no cayó en la tentación que sus lecturas políticas de

juventud quizá le aconsejaban y restauró la Cuarta República, aun a sabiendas de que la estructura

funcional de la misma sería incapaz de regir las crisis venideras. Quedaron solamente en el ámbito

dictatorial España y Portugal, aferradas a sus regímenes personales, si bien el Gobierno de Lisboa fue

admitido en la Alianza Atlántica por carecer de las hipotecas que el franquismo llevaba consigo y también

por mantener «relaciones especiales» seculares con el Reino Unido.

Las dos grandes construcciones europeas de la posguerra, la NATO y la CEE, mantuvieron ese frente

común en sus principios informadores. La Alianza, con menor riesgo doctrinal que los países del Tratado

de Roma. Quizá fuera la presencia decisiva de Estados Unidos en la alianza militar lo que motivara ese

matiz, en época como aquella, en que la política de Foster Dulles, con su cerco implacable a Rusia y su

doctrina de la represalia potencial masiva, se apoyaba en el pragmatismo estratégico y hacia pactos con

dictadores asiáticos o suramericanos sin ocuparse demasiado de su virginidad democrática. La España de

Franco pudo así llegar a tos acuerdos ejecutivos de 1953, ya partir de esas fechas, manifestarse en

Washington, Congreso y Senado, por «unanimous consent», en cuatro o cinco ocasiones, en los años

sucesivos, en favor de la entrada de España en la Alianza Atlántica.

Así, pues, el proceso de unificación comercial, aduanera, económica y social del Occidente se puso en

marcha sobre la falsedad del régimen democrático aceptado ya, como un eje de referencia obligado que

casi no es preciso recordar entre los antiguos socios fundadores. Solamente se extiende la amistosa

advertencia a los Gobiernos antidemocráticos de Lisboa y Madrid, a los que se une más tarde Grecia, al

convertirse su Gobierno en dictadura militar en 1967.

En abril de 1974 desaparece el caetanismo salazarista en Portugal. En julio de 1974 cae la dictadura

griega y vuelve Karamanlis al poder con un Gobierno democrático. En noviembre de 1975 termina en

Europa la dictadura franquista y empieza el reinado de Juan Carlos I. Se ha vuelto a establecer la

homogeneidad de los sistemas democráticos en la Europa occidental, aunque los procesos de

normalización hacia ese tipo de régimen no hayan llevado el mismo ritmo en Grecia, en Portugal y en

España. Pero lo cierto es que han desaparecido los factores de heterogeneidad política y que tanto en el

tema de la ampliación de la Comunidad, como en el futuro Parlamento Europeo elegido por el voto

popular, habrá una presencia de los tres pueblos que salieron del ámbito de los gobiernos personales hacia

formas institucionales de representación, sufragio, libertades, alternativas de poder, y en definitiva,

Estado de derecho.

Un paréntesis breve: se empieza a decir —como en los años tecnocráticos— que esta homogeneidad

democrática requerida para ingresar en la CEE no era el obstáculo que se oponía a la aspiración española

manifestada ya en 1962, en el «memorándum-carta» del ministro Castiella. Que eran por el contrario, las

dificultades económicas y las rivalidades comerciales de algunas naciones las que utilizaban el argumento

político como freno a la adhesión y subsiguiente incorporación de España al MC. Las cosas eran, sin

embargo, de otra manera. Mientras no desapareciera la dictadura franquista, y se abriera el camino a la

democracia, la negociación de ingreso no era simplemente posible. Ahora esa negociación va a comenzar.

Que contenga dentro dé sí inconvenientes y plazos muy largos, es seguro. Que, dados los años

transcurridos desde 1962, han surgido otras circunstancias desfavorables para esa tramitación, es muy

posible. Que la gravedad de la crisis económica general complique aún más la gestión, puede anticiparse.

Pero ¿quién es en definitiva responsable de que se haya perdido quince años en iniciar el diálogo por no

haber alcanzado todavía España el nivel del común denominador a los países que constituyen la

Comunidad?

El basamento democrático europeo no presupone, evidentemente, que los problemas políticos hayan

desaparecido en el seno del occidente continental.

La democracia es un ámbito jurídico de convivencia pública. No una panacea milagrosa para evitar

conflictos. Tensiones y luchas, contradicciones y riesgos llenan el panorama cotidiano de la Europa de

hoy. El terrorismo anarquista o marginal de la izquierda activista; el irresuelto nacionalismo teñido de

religiosidad diferencial del Ulster; los brotes del irredentismo regional o lingüístico de Córcega, Flandes o

el Alto Adigio. Las residuales pero larvadas formaciones fascistas que proclaman la violencia y el

racismo discriminatorio, son otros tantos focos de perturbación grave para el buen funcionamiento del

sistema predominante. Las libertades civiles se ven amenazadas por quienes aprovechan su vigencia para,

en último término, acabar con ellas. El Estado democrático tiene que optar constantemente entre la

obligada limitación de su uso por parte de la ciudadanía o el inevitable naufragio de las mismas si no se

pone coto a su ejercicio abusivo. Pero en lo esencial, existe enorme consenso entre las poblaciones de

Europa en el sentido de mantener en la vida pública instituciones plenariamente democráticas. No es la

menor de las razones de la aparición de las nuevas formulaciones «eurocomunistas» en la Europa

occidental, y concretamente en Francia e Italia, donde los partidos comunistas son especialmente

poderosos, el convencimiento de sus dirigentes de que no hay otra manera de salir del ghetto

oposicionista hacia la alternancia compartida del poder, sino arrojando por la borda el lastre doctrinal del

totalitarismo dogmático de una Iglesia moribunda, aceptando el libre juego de unas instituciones que con

sus inevitables limitaciones y defectos inherentes a la condición humana no son comparables, a lo que del

Oder-Néis se hacia el Este se ofrece como modelo dé convivencia política en tiempos de paz.

Y ¿cuáles son, en conciso resumen, los elementos que integran el mosaico democrático de los pueblos de

la Europa occidental además de los principios doctrinales? En primer lugar, la opinión pública, cómo

punto de referencia permanente, a la que se deben gobernantes, líderes, partidos y sindicatos. En segundo

término, la información abierta, plenaria, sin más fronteras que el respeto a la personalidad humana y a la

veracidad de los hechos. En tercer puesto, la conciencia crítica que permite relevar de un modo constante

los aspectos más insinceros del sistema por otros más auténticos y evitar la corrosión o la «perversión de

la democracia» —como la llama Duhamel— por la manipulación de los medios de comunicación. Así se

va transformando sin cesar la sociedad de Occidente, democrática y liberal, ensayando nuevas formas de

convivencia más adecuadas al vertiginoso cambio que imponen en sus estructuras el avance de la ciencia

combinado con el arrollador empuje de la tecnología. 

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