Autor: Areilza y Martínez-Rodas, José María de. 
   América y Europa     
 
 El País.    20/08/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 20. 

EL PAIS, sábado 20 de agosto de 1977

OPINIÓN

TRIBUNA LIBRE

América y Europa

JOSE MARIA DE AREILZA

No acabamos de explicarnos los europeos la poderosa vitalidad norteamericana, entendida como foco de

irradiación global de sus hábitos y de sus costumbres hacia los demás pueblos. Todavía nota en

declaraciones oficiales, en discursos, en editoriales, en crónicas televisivas de las naciones del viejo

continente un cierto y predominante gusto reticente que persiste en determinada visión -y versión-

peyorativa, de Estados Unidos como escenario penenne de violencias, crímenes, luchas raciales,

corrupción de poder y oscuras complicaciones del dinero con altos niveles de la Administración. Esta

imagen es simplista y, por consiguiente, falsa, como saben cuantos vivieron durante algún tiempo en la

gran República del Norte.

Estados Unidos no son exclusivamente el suburbio de Nueva York o de Chicago; ni las tensiones raciales

de ésta o la otra ciudad conflictiva; ni la explosión del homicidio espectacular en un gigantesco país de

más de doscientos millones de habitantes: son, en cambio, más representativas de su esencia las decenas

de miles de ciudades, de dimensión media que viven fuertemente arraigadas en un clima de paz y de

libertad y que sirven de base a la comunidad civil. De esa gran América media, sale el ímpetu gigantesco

que permite al coloso extender sus formas de vida a las viejas tierras de nuestro occidente.

Me impresionó, viajando hace poco por Europa, comprobar, en cambio, hasta dónde llegó en su invasión

pacífica el americanismo auténtico y profundo que ha contagiado a gran parte de la juventud europea y

aún de la población en general. Alemania Federal es quizá la nación en que Estados Unidos han dejado

más impronta en los últimos veinte años. La misma destrucción y reconstrucción consiguientes a la guerra

mundial sirvieron para dar más pátina de americanismo a las resucitadas ciudades alemanas, ahogadas

hoy día por el tráfico; con los derribos sistemáticos; la floración de los aparcamientos múltiples; el tipo de

los bares y cafeterías; los alimentos y las bebidas consumidas, los semanarios gráficos, los filmes y

comedias musicales; el hippismo excursionista y orfeónico y sulibérrimo vestuario; las modalidades

externas de la libertad sexual; los drive-in y los moteles.

Es un ambiente que se palpa, en los núcleos urbanos, sobre todo. Pero en otro orden de cosas, la

universidad y la tecnología, por ejemplo, son asimismo dos áreas de americanismo activo en que la

mentalidad ultramarina ha prendido en forma incisiva, especialmente en lo relativo a la conexión

funcional entre industria, investigación y aulas universitarias. Alemania Federal tiene una estructura

científica y un sistema industrial que se van pareciendo cada vez más a los modelos correspondientes de

Estados Unidos. Tal ha sido una de las consecuencias de la segunda guerra mundial. La otra, también

importante, fue la de traer el poderío militar soviético hasta las riberas del Oder y del Danubio austríaco.

Pero la diferencia esencial (también hay unidades militares norteamericanas estacionadas en el territorio

germano occidental) estriba en que la proyección de los hábitos norteamericanos de vida es rápidamente

asimilado, con fácil entusiasmo, por la población europea, mientras que el esquema de convivencia de la

Unión Soviética no es exportable y se mantiene artificialmente dentro de sus dominios y protectorados,

con el rígido poderío de sus instituciones autoritarias.

Lo dicho de Alemania Occidental puede aplicarse con diversos coeficientes de corrección en los demás

países democráticos de Europa. Raymond Aron habla en su último libro de una Europa decadente que se

halla a la defensiva, que busca difícilmente su identidad sin encontrarla y que carece de grandes

personalidades políticas que contribuyan a su hallazgo. ¿Por qué llamar a eso decadencia? A Europa

como conjunto de pueblos le corresponde un decisivo papel en la historia contemporánea. Miremos una

estadística significativa: Suiza y Suecia, están sobre los 9.000 dólares de PNB percápita, contra 7.600 de

EEUU. Noruega se halla a este mismo nivel de 7.600; seguida de Dinamarca, Alemania Federal y

Bélgica, todas por encima de 7.000. Francia, Luxemburgo y Holanda oscilan entre 6.500 y 6.300. ¿Cómo

calificar peyorativamente a ese conjunto de pueblos ricos que se hallan a la cabeza de la productividad

por habitante del mundo entero? La Europa de hoy es un continente, no de la decadencia, ni de la

pobreza. Es un mosaico de naciones de altísimo nivel de vida, cuya media es ligeramente superior a la de

Estados Unidos. Este hecho económico y social no es discutible. Como tampoco lo es, que tal resultado se

debe, fundamentalmente, a la protección militar prestada por Estados Unidos, desde 1945, a la Europa

Occidental, a cuyo amparo pudieron prosperar, sin demasiado sobresalto, los pueblos de sistema

democrático con libertades civiles y sufragio universal que se encontraban situados a pocas horas de

marcha, en caso de ataque sorpresivo, de las inmuerables divisiones blindadas del ejército soviético

situadas entre el Báltico y el mar Negro.

En el orden económico, también es significativo el progreso de Europa hacia la morfología de una

sociedad industrial democrática cuyas modalidades últimas se van perfilando en Norteamérica a medida

que avanza ese complejo proceso que van sin cesar transformándose, en una perenne evolución. Los

nueve países de la Comunidad y Suiza, Suecia y Noruega, van acusando en su productividad interior, en

los esquemas de relación de las fuerzas que intervienen en el sistema productivo, en el papel que juegan

respectivamente capital, empresario, ejecutivos, técnicos y trabajadores, la influencia creciente del

modelo americano salvando las diferencias de escala y de dimensión de mercado. Las mismas sociedades

multinacionales, tan criticadas y debatidas en los últimos años, han sido adoptadas por los grandes

empresarios europeos como fórmula última de un neo-capitalismo que busca en mercados cada vez

mayores y más diversificados un apoyo dinámico al enorme crecimiento de las inversiones y al inevitable

aumento de los costos de producción. Así, la ejemplaridad norteamericana se hace presente en Europa en

un largo camino de identificación progresiva que es visible en todos los niveles, al margen de los vínculos

oficiales, políticos y diplomáticos que existen entre Washington y el Occidente continental.

Otros aspectos de la vida europea ofrecen perspectivas menos positivas. Me refiero, por ejemplo, a la

lenta y difícil integración política comunitaria. Mil años de historia; de rivalidades dinásticas, primero, y

nacionalistas después, envenenaron la convivencia continental, en un atroz tejido de guerras, luchas

religiosas, querellas ideológicas, fricciones lingüísticas y culturales y disputas colonialistas y mercantiles,

inacabadas todavía. Cada vez que la Comunidad europea intenta dar un paso hacia adelante, en ese

terreno, surgen las fuerzas autóctonas del egoísmo nacional; los proteccionismos; los celos patrióticos; la

insolidaridad, en suma. El parlamento europeo, elegido por el sufragio de todos los pueblos puede

simplificar ese ambiente con la aparición de grandes agrupaciones políticas por encima —o por debajo— de las

fronteras. Es un mecanismo nuevo que puede desencadenar movimientos irreversibles hacia la unificación

europea que sigue siendo un ideal relativamente lejano, todavía.

Y en ese aspecto, sí que Estados Unidos con su «lecho de fusión» imbatible, dentro de la gran caldera

nacional —el melting pot— ofrecen resultados sorprendentes. Cuando hablamos de unificar Europa, se

trata en fin de cuentas de -poner de acuerdo a nueve o doce países que pertenecen a una cultura de raíces

comunes cristianas y humanistas clásicas, pasadas por el renacimiento. Norteamérica tiene ese mismo

problema dentro de sus fronteras, más veinticuatro millones de negros, tres millones de amarillos y un

millón de indios, junto con una intensa floración de religiones, sectas, iglesias, creencias y ritos de toda

especie. La «paz con libertad» como principio de unidad es, no sólo una locución rutinaria sino una

realidad tangible. De alguna manera, esa paz se ha logrado entre clases, estamentos, razas y credos y se

acepta como un axioma del que hay que partir. No es una paz inmóvil y estática, sino evolutiva y flexible.

Pero sirve como «hipótesis de trabajo» al equilibrio sustentador de la sociedad. La sociedad es

altipermeable y esponjosa, haciendo partícipes al mayor número sus decisiones colectivas. A Georges

Simenon, el gran novelista belga, que vivió diez años en Estados Unidos le llamaba la atención sobre todo

la sensación de «pertenecer» a la comunidad, fuera ésta restringida, municipal o comarcal. En cuanto a la

libertad, no puede ignorarse su vigencia omnipresente como propósito central que justifica y oxigena la

convivencia política. En la vieja polémica sobre el contenido de la Constitución de 1776, a mí me parece

más atenida a su filosofía inspiradora la que entiende el sistema democrático como método instrumental

que garantice la efectividad de las libertades individuales. Pienso que esa interpretación americana se

extiende hoy a todos los países del occidente europeo que tiene por último fin en sus instituciones lograr a

través de la soberanía popular la vigencia de los derechos de la persona humana en la comunidad civil.

Noreteamérica ha de salir de la crisis económica mundial, en la que todavía nos debatimos, con mayor

poderío relativo que en 1973, cuando empezó a crujir el edificio de la prosperidad occidental, después del

brusco aumento de los precios del petróleo crudo. Su fortaleza económica le permitió encajar, el golpe y

lograr una recuperación industrial y comercial con gran ventaja sobre sus aliados europeos y japoneses.

Ventaja en la velocidad de recobro de la normalidad. Y ventaja de eliminar, rivalidades y competencias

de los mercados mundiales. Al propio tiempo, el desafío de la tremenda coyuntura adversa, produje en

Estados Unidos un auténtico despertar de la conciencia energética cuyos resultados tardarán años en

incorporarse al torrente de la tecnología universal pero que darán otro empujón hacia adelante al control

de las fuentes de energía —de forma directa o indirecta— por parte de Estados Unidos. Este tema será

—con el de la alimentación mundial— prioritario y decisivo en los próximos veinte años. Europa sabe que

no puede, ni debe desengancharse de la tecnología y del dominio americano en tan sensitivas materias.

Finalmente, observo en el contacto con los pueblos de Europa un intimo extendido convencimiento de

que el objetivo de mejorar los niveles de vida y elevarse a un tipo de bienestar social dentro de las

coordenadas económicas del sistema vigente es preponderante y mayoritario, sin que ello quiera decir que

no existan hondas corrientes igualitarias y encaminadas a la lucha contra las injusticias y los grandes

defectos y fallos del sistema capitalista y de la economía de mercado. La memorable y terrible frase de

Lammenais: «Los gobiernos estables lo han sido porque los pobres se resignan a seguir siéndolo...» sería

inaplicable en la Europa americanizada de hoy. Sólo pueden ser estables hoy día los gobiernos que se

apoyan en pueblos que no se resignan a ser pobres, sino que aspiran, por el contrario, a un alto nivel

compartido, de producir más bienes disponibles para el mayor número. Esa es la Europa de hoy y creo

que será la Europa del mañana, cuando al final del, todavía oscuro callejón, brille de nuevo la luz de la

prosperidad.

 

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