Autor: Areilza y Martínez-Rodas, José María de. 
   Un luchador     
 
 El País.    15/10/1976.  Página: 7. Páginas: 1. Párrafos: 11. 

EL PAIS, viernes 15 de octubre de 1976

José María de Areilza leyó ayer unas cuartillas para presentar el «Diario» de José María Gil-Robles.

Traemos hoy este texto, lleno de valoraciones históricas, a nuestra Tribuna Libre. Es el homenaje de un

hombre público incansable a un viejo luchador, lúcido y activo ahora como cuando redactaba

aquel "Diario". Son dos políticos químicamente puros: dos ejemplos de la hoy tan necesaria derecha

civilizada.

Un luchador

JOSE MARIA DE AREILZA

Siempre resulta difícil definir la personalidad de un hombre con un sólo vocablo. Si el personaje es

además señero, extraordinario, polifacético y ha sido protagonista importante en la historia de su país, la

dificultad sube de punto. Tal es el caso de José María Gil-Robles, cuyo último libro, La Monarquía por la

que yo luché, tengo el honor y la satisfacción de presentar esta noche ante vosotros. ¿Cómo calificaría yo

la figura del autor si hubiera de buscar una clave de su carácter? Diría que se trata de un luchador. Por

encima del hombre de leyes, del jurisconsulto eminente, del profesor de Derecho Público, del político en

activo, del gobernante espectacular, del orador, del hombre de Estado, José María Gil-Robles es un

luchador. ¿Qué es un luchador en política? Un hombre que sacrifica a la causa que defiende, a los

principios en que se alimenta su fe, su comodidad, su bienestar, sus ventajas personales, sus pequeñas y

legítimas ambiciones, a las veces, su seguridad personal y el riesgo de su propia vida.

Gil-Robles es un luchador visceral, nato, idiosincrásico. Yo le conocí una tarde, hace ya muchos años, en

1932, desde las tribunas del entonces Congreso de los Diputados, y le escuché discutir con una dialéctica

contundente, casi a trallazos, en un salón de sesiones mayoritariamente hostil y encrespado. Esa imagen

lejana me quedó siempre en las entretelas de la memoria como un símbolo de su personalidad. Leyendo

ahora el libro que nos ocupa he vuelto a encontrar al luchador de los años de la República en el «diario»

suyo, que abraza los años 1941 a 1954, en que Gil-Robles residió en Portugal como exiliado. El exilio

parece ser una situación obligada de los hombres públicos españoles, desde 1814 por lo menos, al

comenzar la gran ruptura nacional, que no ha terminado todavía. Liberales y apostólicos, moderados y

progresistas, carlistas y republicanos, iniciaron el gran desfile hacia el exterior y en muchos casos el

rigodón de vuelta. Casi no hubo jefe político o militar durante el ochocientos que no cumpliera periodo de

exilio. La Restauración canovista, tan criticada, atenuó considerablemente esta lamentable costumbre

hasta hacerla desaparecer. Luego, con la Dictadura de Primo de Rivera, volvieron a producirse exilios y

exiliados. La República reanudó los mismos malos hábitos y al término de nuestra guerra el exilio fue —y

es— una parte importante de nuestras malas costumbres políticas. En Gran Bretaña, en Francia, en

Alemania Federal, en el Benelux, en Italia, en Estados Unidos, en Escandinavia o en Austria o Suiza no

hay prácticamente exiliados políticos. Los hay, en cambio, en todas las naciones del telón de acero, en los

pueblos africanos, en los del Tercer Mundo. Donde hay democracia liberal, en rodaje, no hay exiliados

políticos. Donde hay dictadura, despotismo, sistema totalitario del signo que sea, el exilio florece como la

mala yerba entre las ruinas o en los campos abandonados.

El autor vivió trece años de exilio en Portugal y durante ese tiempo llevó y compuso un diario minucioso

de su quehacer político. Una parte de esa rica documentación se perdió en una inundación fortuita del

lugar donde se hallaba depositada. Lo que sobrevivió se publica aquí, en este volumen, y tiene entidad

suficiente para servir con el rigor de los datos y de los hechos para escribir en su día con objetividad y sin

pasión la historia política de los últimos cuarenta años de nuestro país.

¿Qué nos cuentan estas cuatrocientas apretadas páginas? El relato puntual, recortado y desnudo de las

impresiones cotidianas del autor sobre lo que veía, escuchaba y hablaba en torno a un primordial y

decisivo problema, planteado ya.entonces con aparente urgencia y en el que se ventilaría nada menos que

el futuro sistema político español. Es decir, si la salida de la guerra civil iba a ser la restauración de la

Monarquía o, por el contrario si el franquismo iba a sucederse a sí mismo con distintos ropajes hasta

agotarse con la vida de su creador y fundador. Gil-Robles mantuvo con entereza admirable su posición

ideológica cerca del hijo de Alfonso XIII, el Conde de Barcelona. Entendía el autor que la institución que

representaba, don Juan de Borbón sólo podría válidamente asentarse en España si representaba para el

pueblo español una opción distinta, claramente diferenciada, del franquismo, que iba tomando fuerza y

acumulando notas características que lo convertían inconfundiblemente en un régimen personal,

autoritario, fascista y reaccionario. La Monarquía debía, en opinión de Gil-Robles y de otros muchos,

significar el paso a un régimen en el que tuviesen cabida la totalidad de las tendencias

y opiniones políticas de los españoles, y que debía tener presente la pluralidad inevitable de la sociedad

nacional, es decir, la aceptación de la libertad y de la responsabilidad de los grupos y partidos políticos

que era indispensable dejar que se organizase en nuestro país. O el Rey iba a ser el Rey de todos los

españoles sin excepción, o la Monarquía se convertiría en una maniobra estratégica y táctica de Franco

para ganar tiempo, calmar al sector monárquico militar y de la derecha, y aplacar el inmenso frente

exterior, hostil y encrespado desde que la guerra mundial empezó a tomar su rumbo hacia el desenlace

inevitable y hacia la derrota final del Eje y del imperialismo japonés.

Es llamativo y de gran interés comprobar en este «diario» la constante presencia del factor internacional

en el desarrollo del problema institucional español. Ello se debía, de una parte, a la grave implicación que

en nuestra guerra civil tuvieron las potencias del Eje, de un lado, y las fuerzas de la izquierda

internacional, del otro, implicaciones que desde 1940 empezaban a traer consecuencias de todo orden que

la habilidad maniobrera del general Franco trataba de sortear constantemente. Resulta sorprendente

asimismo la ausencia de sensibilidad que en gran parte de los sectores de la derecha y de la izquierda

españoles se aprecia para valorar en su justa medida y proyección esa profunda vinculación de nuestro

problema con el exterior. Gil-Robles es una de las raras excepciones de ese daltonismo nacional para

apreciar los colores reales que ofrecía el contexto internacional hacia el problema de España. Su en juicio

chocaba de modo constante, ya con el criterio de los adversarios, sino con los propios correligionarios que

en ocasiones no veían más allá de sus pequeños intereses o ambiciones de ámbito local o regional, y

aconseja con oportunidad y realismo al jefe de la Casa Real española, generalmente bien avisado y alerta

en esa clase de cuestiones. Se ha dicho y repetido durante muchos años hasta la saciedad —en la leyenda

mítica del oficialismo preponderante— que gracias a la tenaz resistencia del franquismo a la restauración

monárquica, España pudo salir adelante, sin claudicación alguna, hasta llegar a la prosperidad de los años

sesenta. Pero analizando objetivamente la historia, y este libro es esencial para conocerla, se adivina la

dura realidad tal como fue. La Restauración llevada a cabo al terminarse la guerra mundial, entre 1945 y

1955 —los años que abarca este «diario» precisamente—, hubiera permitido a España acogerse a los

beneficios del Plan Marshall, primero, y a la puesta en marcha de los organismos comunitarios europeos,

después. Es duro decirlo, pero el egoísmo de Franco retrasó en diez o veinte años la normalización

económica del país y obligó a pasar al pueblo español un largo período de carencias y de atrasos que

repercutió en todos los órdenes de la vida española, en la falta del progreso cultural y técnico y, por

supuesto, en la evolución política y social de la entera nación. «Yo no daré ninguna libertad al pueblo

español en los próximos diez años», dice en un pasaje de este libro el entonces Jefe del Estado a un

personaje que le visita. ¡Ni en los diez, ni en los veinte! El desarrollo se hubiera llevado a cabo con otro

modelo, no autoritario, sino democrático y España tendría, ya hoy, una democracia política en rodaje

activo y experimentado desde hace muchos años, con un nivel de vida bastante más elevado que el actual

—el puesto 29 entre las naciones del mundo— sin necesidad de haber pasado por las experiencias

traumatizantes que todos conocemos y de las que todavía, ni en el orden político, ni en el económico, ni

en el social, hemos salido del todo. En el ámbito internacional hubiésemos normalizado desde hace varias

décadas nuestra personalidad institucional, sin necesidad de soportar vetos, dar explicaciones, entrar por

la puerta falsa, y en definitiva, recibir desaires por el mero hecho de haber perpetuado una forma de

Estado, anacrónica, que únicamente servía para justificarse como plataforma a un sistema de autoridad

personal.

Gil-Robles, en su «diario», nos revela una vez más el viejo problema de gran parte de la derecha española

de antaño. Tan cerril, tan egoísta, tan corta de alcances, tan soberbia como lo era buena parte de la

izquierda. La derecha, triunfadora en la guerra, aceptó implícitamente y en su mayoría él sesteo a la

sombra de la dictadura de Franco, sin inquietudes ideológicas ni lealtades excesivas a la Corona, que en

algunos aspectos representaba un estorbo para el egoísmo material de la clase dirigente. Y lo que en 1950

no era más que un comienzo de actitud servil, fue, con los años, convirtiéndose en una riada, primero, y

en un intento de justificación doctrinal, más tarde. Los buenos negocios de la derecha reinventaron el

integrismo franquista, dejando a un lado la lealtad dinástica y el sentido común. Más valía, por lo visto,

una derecha repleta que una derecha civilizada.

¡Ahí es nada, haber propugnado entre 1940-50 una Monarquía cuya soberanía reside en el pueblo, con

partidos políticos, libertades civiles, Parlamento elegido por sufragio universal, derechos de la persona

humana y libertad-sindical! ¡Qué locura!

Una Monarquía como las del resto del occidente europeo: como la de Gran Bretaña, las del Benelux, las

de Escandinavia, en que el rey reina (que es lo de más) y no gobierna (que es lo de menos). Pero no una

Monarquía a lo norteafricano ni a lo asiático. Esa Monarquía es la que Gil-Robles quería para España y

por ella luchó.

Y yo me a trevo a decirle en público esta noche, y para terminar: Querido Gil-Robles, la Monarquía por la

que usted luchó tan tenaz y tan valientemente, cuyas formulaciones entonces escandalizaban a la derecha

y crispaban los nervios del general Franco, es hoy, en España, la Monarquía por la que luchamos todos.

La del Rey serás si ficieres derecho e si non, non, que decían en Castilla; la que inventó el Parlamento

representativo antes que lo hicieran Gran Bretaña y Francia; la del nos, que cada uno valemos tanto como

vos y que juntos valemos más que vos, que decían en Aragón; la que permitía que se llamaran naciones,

sin escándalo, a los diversos pueblos de España unidos con el lazo de la Corona de todos.

Usted en este libro se hace precursor de ese camino. Fue su clarividencia la que hace treinta años formuló

la Monarquía tal y como debía ser. El tiempo no siempre es generoso con los anticipadores. La historia,

sí. La historia le hará justicia y dirá que su larga y difícil lucha no fue en vano.

 

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