Valladolid candente     
 
 ABC.    17/04/1975.  Página: 27. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

VALLADOLID CANDENTE

Ante la persistente del cierre de la Universidad de Valladolid, el alcalde de aquella capital, en nombre de

la Corporación, ha solicitado una nueva audiencia —la segunda— con el presidente del Gobierno, don

Carlos Arias.

Se concita en la petición una evidencia: la preocupación ciudadana por el problema que representa la

clausura, por todo un curso, de las cuatro Facultades que componen la Universidad vallisoletana. Es toda

la capital, sus fuerzas vivas, la representación de las mismas ante el Gobierno y las Cortes, la que pide se

reconsidere una sanción que desde un principio se estimó excesiva, desproporcionada.

Al encabezar el Ayuntamiento el clamor popular, el sentir prácticamente unánime de una ciudad, se da

cumplimiento así a los deseos del Gobierno, que busca un entronque eficaz, representativo, de los

ciudadanos con quienes asumen la responsabilidad de la administración de sus intereses comunitarios. La

unidad, en este caso, no ofrece fisuras. Es todo un bloque el que, entendiendo que el cierre no puede

prolongarse más sin grave deterioro para la ciudad, se dirige al presidente Arias buscando el éxito que

embajadas anteriores, ante el ministro de Educación, no han encontrado.

La tutela que sobre su Universidad quiere asumir ahora la sociedad vallisoletana, la responsabilidad que

busca, al solicitar la reapertura de la misma, sólo tiene un posible pero: su tardanza. Sabido es el cruel y

tradicional divorcio existente entre la Universidad y la sociedad española, la falta de canales de

comunicación, la ausencia de la lógica y anhelada fusión de objetivos y afanes.

Sólo ahora, ante la terrible realidad del cierre, ante el sombrío panorama de unos rumores esperanzadores

que han ido deteriorándose progresivamente, la sociedad ha reaccionado. Y lo ha hecho, eso sí, solidaria

,y convincentemente. Sólo ahora ha advertido cuanto la Universidad significa, el problema, a muy

distintos niveles, que conlleva su clausura. Y por ello reclama esa parte, a la que no debería haber

renunciado nunca, que jamás hubiera debido olvidar, en la tutela de los intereses universitarios,

sabiéndolos suyos.

Si la sociedad hubiese tutelado desde siempre a la Universidad, preocupándose de su desarrollo y del

clima en que éste se producía, seguramente los incidentes que dieron lugar a la drástica medida del cierre,

acordada en Consejo de Ministros, no se hubiesen producido.

Valladolid ha reaccionado. Quizá no valoró, como se valoró fuera, el relieve de los incidentes, su posible

trascendencia. Pero ahora es absolutamente consciente de la situación originada sin su concurso. Y

padece con la inactividad de sus estudiantes universitarios, y con el tristísimo panorama de un curso

próximo en que el rencor venza al temor, en que las aulas de los primeros cursos sé nieguen,

materialmente, a admitir nuevos alumnos.

La postura del Ayuntamiento, en suma, es la de un lícito grupo de presión sobre el Gobierno que

administra y vigila los intereses nacionales. Reclama una atención, una reconsideración, y esgrime unos

argumentos absolutamente coherentes y respetables. Es un Valladolid candente el que pide ser escuchado

por el presidente Arias.

 

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