Autor: Areilza y Martínez-Rodas, José María de. 
   Reconciliar los pueblos de España     
 
 El País.    29/10/1976.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

Reconciliar los pueblos de España / 4

JOSE MARIA DE AREILZA

Entre los temas prioritarios de España, por ser problemas irresueltos de grave y creciente conflictividad,

se hallan los de la tensión elevada —con distintos matices—en que se encuentran el País Vasco y

Cataluña en los actuales momentos. Cualquier observador, medianamente lúcido, que visite las tierras

catalanas, sacará la impresión de que en el antiguo Principado se vive hoy una vida democrática cuasi

plenaria, en lo que se refiere al ambiente, a la opinión y a los medios de expresión e incluso a las

manifestaciones públicas. En muchos aspectos, Cataluña vive su existencia propia al margen de la política

general española, con una subrayada indiferencia que acentúa aquella insolidaridad. El hecho puede

parecer un síntoma o una curiosidad sociológicos, pero en realidad responde a una motivación profunda,

llena de riesgos para el futuro. No porque de ahí se deriven afanes de ruptura nacional, siempre

minoritarios y reducidos, sino porque el hecho de que un pueblo tan importante en el conjunto hispánico,

por razones económicas, culturales, históricas y sicológicas, como el catalán, se sienta hondamente

desvinculado del destino global español, significa que algo ha funcionado irremisiblemente mal en estas

décadas y que el tratamiento del problema catalán por la política de Madrid ha sido una acumulación de

dislates, basado en un dogmatismo apriorístico, enteramente errado en cuanto a las raíces considerables y

complejas de la cuestión. El simplismo, aliado a un falso concepto unitario del patriotismo, ha logrado

este increíble resultado por parte de quienes en 1939 profetizaban para un breve plazo una solución

definitiva del tema catalán y de su nacionalismo específico.

Si el mismo observador se traslada al País Vasco y más concretamente a Vizcaya y Guipúzcoa, recogerá

otra impresión distinta, pero no menos grave y alarmante. Aquí el tono es de violencia, de temor y de

sospecha generalizada. Los vascos no «viven su vida» ni practican una semi-democracia a su aire, como

ocurre en Cataluña, sino que aguantan, acorralados, los resultados de una política de signo discriminatorio

y humillante que duró cuarenta años. El vasco ha sido pública y privadamente denigrado por quienes

podían hacerlo por disponer de la mordaza. Ha sido perseguido, injuriado, amenazado y calificado como

una raza inferior. Cultural y étnicamente se le ha vejado de un modo sistemático. Las prohibiciones que

todavía subsisten y que en Cataluña no constituyen problema banderas e himnos revelan el trato

discriminatorio que los prejuicios personales, han logrado instilar en determinados niveles

decisorios. El vasco es hombre que vivió siempre con intensidad la vida pública municipal o regional. Ésa

era en alguna manera la esencia del foralismo. La inexistencia de un ejercicio democrático, desde 1939,

ha creado en ese ámbito local un patente y enorme desvío entre el pueblo y sus autoridades más

inmediatas en mayor medida que en el resto de España. En Euskalerría es hoy esa divergencia un hecho

visible, que incluso, tiene consecuencias insospechadas como, por ejemplo, el gran número de

ayuntamientos guipuzcoanos de origen franquista que capitanean actitudes públicas de signo vasquista,

autonómico y democrático en línea con el movimiento popular.

Junto a ese panorama, y en gran parte como consecuencia de él, ha brotado la terrible espiral de la

violencia: terrorismo, antiterrorismo, represión, violencia y, en definitiva, escalada do la sangre. El

delirante proceso que conocemos y que también se ha instalado en muchas otras naciones del mundo.

Tremenda y difícil situación a la que no se debió llegar nunca, pero que está ahí en plena virulencia como

una llaga abierta en el costado de nuestra convivencia.

El problema general es el de crear en España un Estado democrático en cuya constitución tengan cabida,

con la máxima holgura, las formas autonómicas que requieran y demanden los diversos pueblos de

España que así la manifiesten mayoritaria-mente. Ello supone aceptar una filosofía política y un

entendimiento histórico de nuestra Patria común que poco o nada tiene que ver con el monolitismo

triunfalista y verbal que imperó durante tantos años. La tradición hispana es el venero de esas normas de

autarquía que vienen del pasado y que si hoy revisten lenguaje y símbolos diferentes, no por ello son

contradictorias con el fondo de la cuestión que data de muchos siglos atrás. La Monarquía española,

constitucional y democrática, puede y debe encontrar soluciones auténticas a esa reconciliación de los

pueblos que la forman, con el destino colectivo de España. La hora europea es también favorable al

planteamiento de esa clase de soluciones.

Por supuesto, que esa nueva estructura del poder, en el orden de las autonomías regionales, no debe ser

exclusiva dedos regiones determinadas, sino extenderse, como antes decía, u (ocios los

pueblos de nuestra comunidad que se sientan calificados para aspirar a su ejercicio.

La situación en Vasconia y en Cataluña, pueblos que gozaron en el pasado de estatutos de autonomía, es

hoy tan delicada que se impone aprobar durante la operación dé transición democrática y hasta que la

nueva Constitución se promulgue, unas normas transitorias que establezcan un régimen autónomo

temporal democrático, recogiendo el sentir popular en aquella dirección. Cuanto se haga para desarmar

las tensiones y normalizar el paso de la corriente entre las opiniones vascas y catalana, bloqueadas en su

incomunicación con los gobernantes de Madrid, será rentable y efectivo. No se resolverán estos

problemas deprisa y sin dificultad. Nos esperan tiempos y años conflictivos.

Pero no es posible por más tiempo ignorar la gravedad de la cuestión. Si la estructura de nuestro Estado

español futuro debe orientarse en dirección a una síntesis de autonomías regionales, abandonando el

centralismo bonapartista que hizo suyo la política española dominante durante el siglo XIX y buena parte

del XX, vayamos a ese sistema con fe absoluta en la convivencia democrática, posible entre los pueblos

de la comunidad española. Es una gran operación pendiente, la de la reconciliación regional. No una

operación policíaca, sino política, en el más noble sentido del vocablo.

 

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