Nueva mentalidad ante la universidad     
 
 Informaciones.    29/01/1974.  Páginas: 1. Párrafos: 12. 

MENTALIDAD

ANTE LA UNIVESIDAD

EXISTE una generación de políticos —a la que pertenece don Cruz Martínez Esteruelas— nacidos en la

indigencia socioeconómica y que gracias primero al esfuerzo de sus padres y luego a sus personales dotes

y capacidades se han elevado en no más de tres décadas hasta la cúspide del brillo intelectual y el poder

político. Muchas biografías de ministros, de grandes empresarios, de presidentes de Consejos de

Administración, corresponden a esta trayectoria vital. De entre los primeros citaríamos dos casos. El de

don Manuel Fraga Iribarne, hijo de bracero, alfabetizador de su propio padre, y el de don Cruz

Martínez—Esteruelas, ahora ministro de Educación y ciencia, cuyos orígenes se encuentran en el hogar

de un humilde pastor.

No son ellos quienes acostumbran alardear de un origen humilde y nos perdonarán ahora contravenir su

lógica actitud por cuanto ello puede explicar la mentalidad de una generación política que ha prosperado

sobre la peana de su exclusivo esfuerzo. La generación de un bachillerato mucho mas duro que el actual,

de los exámenes de Estado, de las carreras universitarias fulgurantes y brillantísimas y de las oposiciones

durísimas. La generación de la competitividad intelectual, en la que una serie de periódicas barreras no

podían ser superadas por las influencias de la cuna y sí por un acumulativo esfuerzo personal.

Es una generación política que no puede olvidar fácilmente los años primeros de su biografía y, con

lógica experimentada, cree firmemente en la selección de los mejores por encima de su extracción social.

Son hombres que lo que ahora quisieran descontar de esa selectividad del esfuerzo es el tremendo

sacrificio que pudieron advertir en sus padres. Hombres que aspiran a que ese sacrificio familiar sea

absorbido por el Estado, pero, naturalmente, no para financiar el triunfo de los diletantes, sino el de los

esforzados.

Esta mentalidad que apuntamos debe tenerse en cuenta para entender los nuevos rumbos que pueda

adoptar nuestro sistema educativo. Por dos opciones podemos —teóricamente— decidirnos. Una:

predicar el libre acceso de todos a la enseñanza superior, a costa del Estado. Otra: seleccionar a los

mejores sin que en la "selección", que ha de ser natural, intervengan factores económicos. La primera es

del todo loable y a ella aspiramos llegar algún día. Pero hoy por hoy puede ser incluso demagógica en

tanto y cuanto son perfectamente sabidas las limitaciones presupuestarlas que la hacen inviable. La

segunda nos lleva de la mano al tan denostado "numerus clausus".

Más de un comentario podrá encontrarse en estas páginas contra el "numerus clausus". Pero contra una

selectividad que se alza como una barrera en el pórtico de la Universidad y que es contraria a la auténtica

igualdad de oportunidades. Nada objetaríamos —y confiamos en por ahí circule la política del nuevo

ministro— contra una selectividad que arranque de la cuna, que obvie las dificultades económicas de los

más débiles desde la enseñanza primarla, que dirija hacía la formación profesional a los menos aptos

intelectualmente al margen de sus posibles familiares. Quien esté dotado de capacidades intelectuales o

volitivas que estudie hasta el final a cuenta y cargo del Estado. Quien no tenga esas dotes, que pague el

coste real de la enseñanza.

En favor de la selectividad educativa está la realidad: no hay fondos para una educación gratuita para

todos. Contra el libre acceso a la Universidad de aptos y de ineptos está la pirámide profesional española

en la que pronto —sí no ya— tendremos más ingenieros que obreros especializados. Contra la

"Universidad abierta" se encuentra la frustración de tantos titulados superiores que han de ir

acostumbrándose a percibir salarios inferiores a los de un obrero cualificado.

A medio o largo plazo, los objetivos de una política educativa debieran ser los siguientes, tanto del lado

de la Administración como de los educandos y el claustro:

1.° Igualdad de oportunidades "real". Es decir: resolver el problema de quienes no pueden aceptar becas

(incluso becas-salarios) del Estado en tanto en cuanto han de sostener económicamente a sus familias.

Ello implica resolver el problema de quienes no pueden acceder a la Universidad por cuanto no pueden

completar —por razones socioeconómicas— una enseñanza media.

2.° Descargar sobre las espaldas del Estado el esfuerzo individual de las familias económicamente débiles

que hasta ahora financian espartanamente la promoción social e intelectual de sus hijos dotados.

3.° Abolir ese nefasto entendimiento social del "titulismo" que, permítasenos la paradoja, es antisocial.

Las diferencias salariales entre "universitarios" y técnicos u obreros —todavía excesivas— van

aproximándose lentamente. Un titulado universitario debe acostumbrarse a ser un asalariado más, que en

ocasiones tendrá menor o igual poder adquisitivo (en muchos casos ya es un hecho) que un especialista

que no haya pasado por los claustros universitarios.

4.° En un futuro, cuando la realidad económica del país lo permita, y con el anterior entendimiento social

de la figura del universitario, que todo aquel que sólo a trancas y barrancas puede ultimar una carrera,

pueda cursarla, pero pagando su coste real sin beneficiarse de la subsidiariedad del Estado.

Tales objetivos merecen cuando menos una tregua de reflexión.

 

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