Salvar la universidad     
 
 Informaciones.    10/05/1975.  Páginas: 1. Párrafos: 5. 

SALVAR LA UNIVERSIDAD

EN la calle, en los despachos, en las aulas y basta en los comedores de las casas de clase media crece día

a día el convencimiento de que nuestra Alma Máter, agónica y sin fuerzas, amenaza con desmoronarse.

La gravedad de los sucesos universitarios podría resumirse en este enunciado: la capacidad investigadora

e intelectual y de estudio de la Universidad española está bajo mínimos.

Nuestros títulos se ¿evalúan por momentos —en los periódicos ya aparecen anuncios de ofertas de

empleo tan los que se ruega abstenerse a los licenciados en los últimos cuatro años—. Ni catedráticos, ni

profesores, ni alumnos, saben a ciencia cierta qué día habrá clase o qué día no la habrá. (En el «campus»

de Bellaterra de Barcelona, por ejemplo, no se imparte una sola lección desde nace cuatro meses.) Las

perspectivas del mercado de trabajo para los futuros graduados son tan oscuras como la realidad presente

de su escasa formación. Y se ha llegado a una situación tal en que la institución básica de nuestra vida

intelectual, el cerebro y el corazón de España, ni siquiera pueda decirse qne se haya vuelto loco, porque lo

que sucede es que está a punto de la parálisis absoluta.

En el largo capítulo de responsabilidades exigibles, nadie escapa. Hemos sufrido largos años de una

política educativa incontratable, donde la demagogia sustituía a te auténtica reforma, y en la que las

promesas se incumplían repetidamente, provocando el descrédito de los gobernantes y la desilusión de los

gobernados. Cuando aplaudimos una ley general de Educación, teóricamente encomiable, no tuvimos

suficientemente en cuenta las limitaciones reales para su viabilidad práctica en un país de nuestra

estructura económica y social. El intento vano, por despolitizar la Universidad sólo logró pocaminar a

muchos estudiantes a la subversión. La Ausencia reiterada de no pocos catedráticos en sus clases, la

actitud, provocativa de grupos minoritarios de estudiantes, la inexistencia de cauces de diálogo, el miedo

del Estado a que las reformas degeneraran en conflictos, el egoísmo de los padres de familia —

ambiciosos de un título por encima de cualquier cosa—, la baja calidad departe del profesorado auxiliar

—justificada tantas veces por unas exiguas retribuciones y unas condiciones de trabajo insatisfactorias...

tantas y tantas cosas se han confabulado en contra que es difícil saber quién lanza la primera piedra. No la

lanzaron, desde luego, la inmensa mayoría de los estudiantes, que se han encontrado con una Universidad

defraudante y empobrecida, sometida a toda clase de hostiles presiones y en la que la luz de la

inteligencia se extingue día a día en medio del general desconcierto.

Un nuevo conflicto, de no menguadas características, se extiende ahora por las aulas. El paro

generalizado de profesores no numerarios y la amenaza formal de no realizar exámenes este año y optar

por el aprobado general en contestación a lo que entienden una postura inadmisible de la Administración.

Las negociaciones que han tenido lugar en el Ministerio no han sido rotas por ningún lado, pero apenas

puede decirse que se progrese en ellas. Las razones de ambas partes son tan evidentes, y la dificultad de

un acuerdo razonable taa clara —dificultad originada en gran medida por la escasez presupuestaria de

Educación y Ciencia—, que la cuestión amenaza con encaminarse por un callejón sin salida. Pero es

preciso pedir un acto de solidaridad social a la Administración, de un lado, y a los P. N, N., de otro, de

manera que sean capaces de encontrar una vía de acuerdo final sin necesidad de involucrar en la

negociación los derechos de los estudiantes, ya bastante menoscabados, ni la calidad global de nuestra

enseñanza.

Quede bien claro que estimamos que las reivindicaciones de los P. N. N. responden en gran medida a

razones objetivas de una evidencia insoslayable y qne si no se resuelve satisfactoriamente la situación de

este profesorado se habrá dado quizá la estocada final al problema de nuestra Universidad. Estamos

convencidos de la disposición de diálogo del Ministerio de Educación. Pero nos preocupan los efectos

finales de lo que puede ser una batalla entre dos bandos, en el qne la víctima final sean los estudiantes.

Por eso y porque creemos que es un deber social cooperar a la cordura y a la serenidad en estos momentos

es por lo que hacemos la convocatoria primera de este editorial.

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