Se ha tratado de imponer desde arriba un conjunto de candidatos que aseguran un respaldo al actual Gabinete. 
 Areilza: La burguesía atemorizada no tiene, en general, ideología, sino miedo     
 
 El País.    12/06/1977.  Página: 3-4. Páginas: 2. Párrafos: 36. 

EL PAIS, domingo 12 de junio de 1977

ESPECIAL ELECCIONES

Se ha tratado de imponer desde arriba un conjunto de candidatos que aseguran un respaldo al actual

Gabinete

José María de Areilza, una de las figuras más destacadas de la derecha española, será, en estas elecciones,

uno de los grandes ausentes. Una larga peripecia política le ha impedido coincidir con la candidatura y el

programa de Adolfo Suárez. Embajador de Franco durante quince años, ausente del régimen desde 1964;

con una larga hoja de servicios a la Corona, en la que destaca la primera salida hacia Occidente, que él

dirigió como ministro de Asuntos Exteriores del rey don Juan Carlos, pareció indispensable interrogar en

vísperas de las elecciones a una figura que marca la discrepancia hacia el actual Gobierno desde una

posición que en Europa se llama la derecha.

Areilza: "La burguesía atemorizada no tiene, en general, ideología, sino miedo"

PREGUNTA: Usted ha sido de algún modo excluido de estas elecciones. ¿Fue una autoexclusión o una

iniciativa superior? ¿Qué puede usted aclarar sobre su retirada? RESPUESTA: Creo haber explicado con

suficiente amplitud las razones de mi salida del Partido Popular y de mi voluntaria exclusión de estas

elecciones. El tema no da para más, ni hay que buscarle nuevas interpretaciones. Pensé —y sigo

pensando— que en la España del 77 existe un conjunto de tendencias políticas similares a las que se

manifiestan preponderante-mente en las otras naciones industriales del Occidente. Es decir, el

conservatismo, el liberalismo, la socialdemocracia, la democracia cristiana y el socialismo y, en Francia,

en Italia y en Portugal, el comunismo. Por ello entendía yo que eran estas elecciones una primera ocasión

para dar a conocer de modo espontáneo las fuerzas que laten en la sociedad y también para recontarlas

electoralmente. Pero ¿qué se ha hecho aquí? Un sector del conservatismo, que es el Gobierno, pretende,

además, asumir la representación del liberalismo, de la socialdemocracia, de la democracia cristiana y del

populismo. ¿Es esto verosímil? Parece más bien un manejo electoral, realizado con grandes medios desde

el poder, suplantando a esas fuerzas auténticas que existen en nuestra colectividad y utilizando tales

etiquetas para encubrir otra realidad, la del oficialismo. P.: ¿Por qué el Centro Democrático sufrió un giro

tan brusco con la desaparición de Areilza y la llegada de Suárez?

R.: Se dice que de no haber protagonizado el presidente del Gobierno la operación del centro, no hubiera

sido posible llevarla a buen término. Tal afirmación es inconsistente. Los muestreos de opinión llevados a

cabo a fines de enero de este año, poco después de iniciarse la coalición del difunto Centro Democrático,

revelaron altos porcentajes de expectación de voto en favor de dicha opción, superiores a los de Alianza

Popular y por encima también del voto socialista. Estoy convencido de que fue precisamente ese síntoma

de crecimiento espectacular el que determinó la paralización de las actividades del Centro a través de la

acción de varios de sus componentes, probablemente teledirigidos a ese fin. O en otras palabras, se quiso

utilizar la existencia de esa fuerte corriente de opinión que apoyaba a la incipiente coalición electoral para

requisarla en favor de una candidatura del Gobierno. Para construir una democracia es preciso que se

manifiesten desde abajo hacia arriba las diversas corrientes o aspiraciones que componen el pluralismo

social y político dentro de un clima de libertades efectivas. Pero se ha tratado de imponer desde arriba un

conjunto de candidatos que aseguren un respaldo parlamentario al actual Gabinete sin que se defina

claramente su ideología respectiva. Los carteles de la propaganda de la UCD vienen a

decir: «Nosotros, que somos también el Gobierno, representamos además la democracia cristiana, el

liberalismo, la socialdemocracia, el populismo y los independientes...» ¿No es un elemento de confusión

ese mosaico abigarrado de oportunidades?

P.: Usted ha sostenido que la piedra de toque de todo el proceso está en el carácter de las próximas

Cortes. ¿Por qué?

R.: El doble problema que se presenta es, por un lado, si las Cortes van, o no, a ser constituyentes. Y si de

las elecciones puede salir un Gobierno con fuerza suficiente para enfrentarse con las graves cuestiones

que tiene planteadas el país. La Alianza Popular ya ha declarado públicamente que se opone a que las

Cortes vayan más allá de una reforma gradual de las instituciones franquistas. ¿Hasta dónde llegará la

UCD en ese difícil terreno? Hasta ahora domina la ambigüedad en el Gobierno y la contradicción entre

sus candidatos sobre este punto fundamental. P.: Sin embargo, algunas encuestas otorgan un considerable

número de votos al franquismo... R.: El franquismo actual es, sobre todo, una actitud conservadora de la

burguesía que teme al cambio y trata de protegerse de él, acudiendo a guarecerse bajo pantallas

defensivas. Esa situación se da, en muchos países, a la salida de largos períodos autoritarios de signo

derechista, como ocurrió en Portugal, bajo el mando del profesor Caetano. No es un buen ejemplo a

seguir, visto lo que allí sucedió después. La burguesía atemorizada no tiene, en general, ideología, sino

miedo. Es una masa gregaria y amorfa, apta para la manipulación, sobre todo la televisiva, que lo mismo

puede servir para crear una conciencia ciudadana que para arrasarla con deformaciones sistemáticas. Y,

por supuesto, más sensible todavía a la llamada «estrategia de la tensión», que consiste en la creación de

un clima de terrorismo y violencia en vísperas de consultas electorales o plebiscitarias para condicionar su

voto y el voto indeciso en dirección al conservatismo.

P.: Habla usted de manipulación y de confusión. ¿Acaso no están claras las opciones? ¿No se distingue

claramente a los que quieren que algo cambie para que todo siga igual, de aquellos que defienden

auténticas y profundas transformaciones?

R.: Yo entiendo que la salida del problema está en explicar claramente en qué consiste el cambio Qué

significa realmente un sistema democrático en nuestra vida pública. Y cuáles son las responsabilidades de

la burguesía en ese tránsito. En vez de dejarse engañar por el mito del temor a la revolución violenta hay

que explicar el hecho de que democracia es un ámbito en que los intereses del empresario, especialmente

del mediano y del pequeño, y del propietario urbano y rural están perfectamente protegidos por el

sistema, que contiene en su propia esencia la capacidad de ofrecer a los ciudadanos el acceso a la

independencia económica y a un más alto nivel y calidad de la vida, dentro de unas coordenadas de

libertad. En algunas zonas de España más altamente politizadas, como Cataluña por ejemplo, la burguesía

ya tomó hace años la iniciativa y el protagonismo del cambio, adivinando lo que realmente iba a ser el

difícil problema de la salida de la dictadura. Pero esta actitud ha cundido todavía poco en las demás

regiones, en las que la burguesía va despertando muy lentamente a la realidad.

" La modificación de las estructuras consistiría en cambiar unos cientos de apellidos de la incesante noria

de los cargos y puestos decisivos, que se repite igual a sí misma."

P.: Se ha descrito en muchas ocasiones la necesidad de desplazar a una minoría que hereda todo el poder

de la etapa anterior. ¿No empieza ya a agrietarse ese poder?

R.: El conservatismo del antiguo régimen está tan enquistado que no logra romper su cerrojo para

conectar con la nueva realidad social. La modificación de las estructuras del conservatismo continuista

consistiría en cambiar unos cientos de nombres y apellidos de la incesante noria de los cargos y puestos

decisivos que se repite, igual a sí misma, durante tantos años. El Estado español actual es protagonista

activo en el campo de la economía como empresario a través del sector público, y como regulador y

ordenador de la moneda, del crédito, de los precios, del comercio y de la industria. En una hipótesis

democrática no es aceptable que este enorme instrumento se halle dominado y controlado siempre por una

reducida «elite» de las mismas personas en los puestos determinantes. Tecnócratas y políticos de cierto

signo, juntamente con grupos profesionales procedentes de cuerpos del Estado, forman el eje de esa

«noria» a la que me refiero. Por una serie de circunstancias, bien conocidas, esa

«elite» se halla hoy día conectada y dependiendo de los núcleos financieros más reaccionarios del país. El

control de las palancas del poder del Estado está, pues, a través de ellos, en manos del conservatismo más

hirsuto. El desmontaje de esa situación es la que democratizará sustancialmente al Estado, haciendo que

sea realmente «de todos los españoles» y no de una minoría, inasequible al desembarco.

" La imbricación de los intereses privados con la política económica del Estado y la formación de grandes

fortunas al amparo de ese poderío dio una nueva dimensión al conjunto tecnocrático."

P.: La última década del franquismo fue dominada por los políticos del Opus Dei. ¿Cuáles son sus

posibilidades hoy?

R.: Los «tecnócratas» —por llamarlos de un modo aséptico— surgieron a la vida política española

La burguesía atemorizada no tiene, en general, ideología, sino miedo con fuerza y poderío a fines de la

década de los cincuenta. Representaron un propósito de modernizar el régimen franquista e introducir en

su renqueante economía una nueva dimensión desarrollista y liberalizadora. Su impacto fue importante,

dentro de errores considerables de orientación general. No hay por qué regatear los resultados de progreso

industrial, de crecimiento del PNB y de aumento del nivel de vida que se obtuvieron en aquella etapa. La

imbricación de los intereses privados con la política económica del Estado y la formación, asimismo, de

grandes fortunas al amparo de ese poderío dio una nueva dimensión al conjunto «tecnocrático»,

abriéndose entonces la posibilidad de infiltrar masivamente los órganos estatales para proceder más

adelante.a su conquista definitiva. La operación, cuidadosamente planeada a comienzos de los años

sesenta, tenía como sustancial cimiento la renuncia de Franco como Jefe del Estado y la exaltación del

príncipe Juan Carlos a la sucesión de aquel cargo. Pero intervinieron factores inesperados que

modificaron su desarrollo. Uno de esos episodios fue la quiebra de Matesa, que reveló un insospechado

estado de cosas en los aledaños de la economía «tecnocrática». Otro fue el asesinato del presidente

Carrero Blanco, cuya repentina desaparición obligó a reconsiderar la entera operación. Pero a pesar de

esos contratiempos, la ofensiva siguió adelante y con paso apresurado, después del 20 de noviembre del

75. Mi impresión personal es que hoy nos encontramos con un despliegue, en masa, del instituto secular,

cuyos hombres figuran no sólo en los puestos relevantes de las dos candidaturas del conservatismo —la

Alianza y la UCD-, sino en infinidad de lugares secundarios si se analizan, objetivamente, las listas

electorales de las 52 circunscriciones.

" Hoy nos encontramos con un despliegue, en masa, del instituto secular, cuyos hombres figuran en las

dos candidaturas del conservatismo."

P.: Sin embargo, los tecnócratas desdeñaron hasta ayer mismo toda política de masas. ¿Por qué?

R.: Pienso que estos hombres, llevados por su credo religioso y patriótico, que no pongo en duda, tienen

una peculiar concepción de la vida pública. «La política de las cosas»; el «Estado de obras»; la «mayoría

silenciosa»; vender «la imagen», son otras tantas locuciones preferidas de su vocabulario y de su

repertorio intelectual. Hay también un cierto desdén peyorativo hacia los políticos y la clase política,

considerados como un grupo minoritario de perturbados y de perturbadores del orden orgánico de la

sociedad establecido, quizá por la divinidad. La visión integrista que en lo espiritual les informa les hace

desconfiar a un tiempo de la independencia de juicio, en quien la tiene, al que califican de «insumiso», y

del contacto directo con la masa popular, que rehuyen con horror para refugiarse en los círculos selectos,

los coloquios reducidos, los gabinetes informativos, los organigramas en colores y el trasteo sicológico

del pueblo a través del manejo televisivo.

P.: Muchos comentaristas han hablado últimamente de una cierta tentación mexicana en nuestra política

actual. Y usted no fue ajeno a esa imagen. ¿Cómo la resumiría?

R.: Si llegaran los tecnócratas al entero dominio del Estado, como se lo proponen, entraríamos en una

mexicanización de nuestra vida pública, con un gran partido único, el PRI (Partido Reformista

Indefinido), especie de movimiento nacional reconstruido, fuera del cual apenas quedaría sitio hábil para

desenvolverse a los demás grupos o tendencias que no aceptaran el papel designado de antemano en la

combinación. Porque, eso sí, su fanatismo les hace ser implacables en la defensa del poder adquirido. A

pesar del ubérrimo lenguaje democrático, el espíritu del franquismo carrerista aún predomina en su talante

y se manifiesta cotidianamente en mil detalles, como el vetar nombres en televisión; amenazar a los

periódicos independientes; manejar arbitrariamente las libertades democráticas; coaccionar a través de

agencias y cooperativas, entidades y organismos. Ello no sería sino los prolegómenos de lo que viniera

después del triunfo. Por eso se hace tan necesario alertar a la opinión ante ese peligro.

" La Corona no puede estar vinculada a un grupo o sector determinado. El Monarca no puede ser el Rey

de los socialistas o de los conservadores."

P.: Una orientación de la política nacional en este sentido, ¿no afectaría a la Corona?

R.: A la Monarquía se le haría un daño evidente con una fórmula de esa naturaleza. Por definición, la

Corona no puede estar vinculada a un grupo o sector determinado. El Monarca no puede ser el Rey de los

socialistas o de los conservadores. Ni tampoco el de los jesuitas o el Rey del Opus Dei. Tiene que ser lo

que es ahora: el Rey de todos los españoles, sin excepción. P.: En un reciente mitin, en Madrid, usted se

manifestó optimista sobre el resultado electoral e indicó que estos comicios podrían significar el fin

definitivo del franquismo. ¿Ha variado su pronóstico? R.: No me atrevo a pronosticar resultado alguno, a

pesar de los muéstreos que se publican. Pero mi opinión es que si los partidos democráticos, no

manipulados, en su conjunto, logran obtener un número considerable de puestos en el Congreso y en el

Senado, frenarán los intentos de convertir las Cortes en una simple Cámara de resonancia, con debates

aparentes, en vez de constituirse en Asamblea constituyente, es decir, soberana. Y es importante que ello

ocurra así porque es la garantía de que el conservatismo no se salga con la suya y trate de prorrogar los

residuos del régimen pasado en una batalla de retardo, perdida de antemano, pero cuyo coste final puede

ser altísimo para la colectividad.

" No dar prioridad a la cuestión de las nacionalidades sería cerrar los ojos a la evidencia."

P.: ¿Piensa usted que las grandes cuestiones nacionales sólo se pueden tratar hoy en el marco de unas

Cortes Constituyentes? R.: Junto a ese tema constituyente, existen otros problemas acuciantes y

profundos. Me refiero, por ejemplo, a la cuestión de las nacionalidades o pueblos que constituyen la

realidad de España. No dar prioridad a esa cuestión sería tanto como cerrar los ojos a la evidencia. El País

Vasco y Cataluña necesitan tratamientos de urgencia, sensatos y racionales, pero de aplicación rápida,

inmediatamente después de las elecciones. De lo contrario pueden radicalizarse ambas regiones en

espirales de tensión y violencia, difíciles de sujetar. Pero aquí, como en todo, lo necesario y es, sobre

todo, diálogo y, aún más que diálogo, compromiso. La reconciliación, que todos propugnamos, no es sino

abrir el diálogo negociador con los demás. En eso hay que insistir tesoneramente. Ni una Constitución

puede elaborarse sin pactar entre todas las fuerzas políticas la «maqueta» del estadio donde ha de

realizarse el futuro juego político. Ni se puede poner en marcha el indispensable programa económico y

social de corto y largo plazo sin negociar una tregua o acuerdo entre empresarios, trabajadores y el

Estado. No es posible pensar en ese terreno en cartas otorgadas, o en planes impuestos, porque no serían

ni aceptados, ni cumplidos. Otra cosa es que se establezca después una severa disciplina económica para

todos los sectores y que se mantenga una autoridad flexible, pero respetada, en el campo social.

P.: Su atención prioritaria a los problemas de España en el mundo, ¿se ha difuminado últimamente? ¿Ha

dejado usted de lado la política exterior?

R.: Sigo firme en mi idea de que España no debe olvidarse de su destino europeo, que no consiste sólo en

su acceso futuro a la Comunidad, sino también en su integración en la política continental. Nuestra

estrecha relación militar y financiera con los EEUU hace pensar a algunos en colocar en lugar inferior al

interés comunitario. Sería un grave riesgo el hacerlo. Nosotros, estructuralmente como sociedad, estamos

más cerca de Europa que de Estados Unidos y nuestras tendencias y corrientes de opinión fluyen, como

antes decía, por cauces idénticos.

P.: ¿Cuál es su vaticinio para el día siguiente de las elecciones?

R.: Después del 15 dé junio, muchas cosas cambiarán en este país, no sólo por el número de los que sean

elegidos, sino también por los millones de votos populares que obtenga cada opción política. Hay un

proceso irreversible en marcha y con esos resultados estadísticos a la vista, la presión social para obtener

la entera democratización del sistema se hará muy fuerte e insistente. Piense usted en que los gestores

municipales actuales sé encontrarán en muchos ayuntamientos con situaciones de inferioridad numérica

tan escandalosa, ante los resultados obtenidos, que no tendrán otro remedio que cesar.

P.: En definitiva ¿mantiene usted la esperanza en el futuro inmediato?

" Las elecciones municipales habrán de convocarse en un plazo no lejano"

R.: Soy optimista a pesar de las dificultades y de los obstáculos. Estamos llegando a la otra orilla. Allí nos

espera la gran tarea de levantar, entre todos, el gran Estado democrático moderno que se merece España.

Porque en fin de cuentas: esa es la tarea integradora y necesaria. La de que las nuevas estructuras del

Estado sean capaces de hacer frente a los problemas vivos que laten en nuestra sociedad. El viejo Estado

canovista que subsiste en muchos rodajes presentes, ya no es capaz de digerir con sus esquemas arcaicos,

las cuestiones actuales.

 

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