Autor: Salmador, Víctor. 
   La hora de Areilza     
 
 ABC.    20/12/1977.  Página: 12. Páginas: 1. Párrafos: 14. 

MARTES, 20 DE DI CIEMBRE DE 1977. PAG. 12

LA HORA DE AREILZA

Antes que la acción estuvo siempre el verbo y antes que aparezca la acción política ha de estar

inexcusablemente la ideología. En el pasado siglo español, el grito de «Viva España con honra» solía

coronar una literatura ideológica barroca, de mostachos y espadones. Existió el manifiesto «de los

persas»; Cánovas redactó el «del Manzanares»; don Miguel Primo de Rivera escribió aquel famoso, que

aludía a los «signos de la masculinidad».

Después el verbo se hizo más pulido y elegante, aunque no menos definidor e incluso demoledor. Ortega,

Marañon y Ayala convocaron a los españoles «de oficio intelectual»; su documento constituyó, sin duda,

un incruento espadón que contribuyó a degollar la Monarquía de Don Alfonso XIII. Prieto y Caballero

hicieron manifiestos a su manera, más inspirados en Pablo Iglesias que en Marx; don Manuel Azaña llenó

con su verbo el campo de Comillas; y el «discurso fundacional» del teatro de la Comedia fue también una

plataforma ideológica, concreta. Luego vino todo lo que vino y cada cual tuvo que guardarse ideologías y

discursos; porque 1a planta de la acción política era arrancada sin contemplaciones, desde la semilla

misma.

Esta noche, don José María de Areilza reinicia su actividad política; y lo hace, naturalmente, partiendo del

principio, de la ideología, el pensamiento, el verbo. A la manera clásica, que es como empieza siempre

todo lo que es moderno y trascendente. No es que el conde de Motrico haya estado sin ejercer la política

por el hecho de haberse quedado al margen del torbellino; la política tiene dos vertientes: una, pasiva, que

consiste en hacer la crítica y quizá servir de punto de referencia; otra, activa, que significa el contacto

directo y apasionado con las masas, la organización de cuadros y comités, y todo eso que es movilización

y encauzamiento de la presión y la inquietud existente en la sociedad. Las manifestaciones de una

sociedad en constante dinámica no estará nunca circunscritas a la faz electoral.

Areilza hace esta noche su «rentrée» dispuesto, me parece, a conectar con un sector concreto de la

sociedad española; y decidido, según también me parece, a aglutinarle, a levantar su fe y a convertirle en

una fuerza política organizada, coherente y decisiva. En un tiempo de equívocos y confusiones, lo que

necesita el país es precisamente alguien que ayude a la sociedad a encontrarse a sí misma, a definirse a sí

misma. Creo que el discurso de Areilza habrá de estar en esa línea.

Pero tanto como el verbo en sí importa en este caso la acción subsiguiente. Ya se sabe de grupos, no sólo

liberales que han decidido acompañar a Areilza en esta trascendente andadura; y que se irán incorporando

al gran movimiento ciudadano que, sin duda, ha de ponerse en marcha. Es inevitable que así ocurra. Y a

estas alturas es deseable que ocurra inmediatamente.

Se está queriendo meter a los españoles en un callejón político que no tenga más que dos salidas: Adolfo

Suárez y Felipe González. Franco también encerró a España en un tubo que sólo tenía dos agujeros: el

comunismo a un lado, el propio Franco al otro.

El tiempo de Franco fue el de la dinámica totalitaria y de «los poderes concentrados», en el que eran

posibles muchas cosas, incluso, los sofismas. El error de hoy es pretender que dilemas semejantes,

sofismas idénticos pueden repetirse en plena dinámica democrática. Dentro de ésta las verdaderas

opciones de la sociedad política se manifiestan en torno a tendencias ideológicas, a intereses políticos y

sociales concretos, esto es: a polos bien caracterizados.

E1 polo del colectivismo-marxismo está categóricamente definido y organizado. ¿Qué se alza frente a él?

En la sociedad, unas ideologías y voluntades concordantes. En la organización política de esa sociedad,

una pavorosa indigencia, un tremendo vacío y un guiri-gai de grillos. Medio año después de las

elecciones y en un trance crítico, serio, como el que estamos viviendo, alguien ha dicho que la U. C. D.

tiene los principios demócrata-cristianos, la técnica social-demócrata y el talante liberal. Si el caso fuese

para ironías, podía haber añadido: «Y los bigotes de Berenguer, la coca del almirante Aznar y el bombín

de Romanones.»

Con vaciedades de esa naturaleza sustituyendo una ideología y una. acción congruente con ella, no se

puede mantener vivo e ilusionado a ningún sector de la sociedad; menos aún si el sector es lúcido y

consciente; menos todavía si está inmerso en una dinámica inteligente, critica, libre y contestataria.

Cuando se pretende sustituir la ideología por el sofisma o por la tontería, todo un sector se desploma.

En las elecciones de junio se levantó una coalición integrada, como todas las coaliciones, por tendencias o

ideologías diferenciales. El señor Suárez ha tenido ahora la ocurrencia de deshacer esa coalición para

formar con sus remiendos una capa nueva: el partido del señor Suárez. Los individuos pueden unificarse;

para ello basta con situarles en un batallón, por estaturas, y hacerles marchar al redoble del tambor.

Lo que parece que no sabe el señor Suárez es que son las ideologías las que no pueden unificarse. Ya es

bastante con que algunas veces se alíen circunstancialmente, para objetivos concretos. Homogeneizarse,

jamás.

Es natural, pues, que el gran sector de la sociedad más afectado, que es el adscrito ideológicamente a algo

que de alguna manera tenía representación, o creía tenerla, en la coalición anterior, se sienta desorientado,

defraudado, frustrado, desencantado. Y, además, amenazado. Porque todo cuanto significa debilidad y

flaqueza ideológica de unos engorda a los opuestos. Y porque todo equívoco y desorientación de una

masa política actúa como elemento dispersor, centrifugador.

También es natural que la sociedad se resista y aún más se niegue a aceptar ese dilema: «O tomas la

pócima Suárez, o padecerás el Gobierno socialista de Felipe.» Ha pasado el tiempo en que los

cocos-espanta-pueblos producían el efecto buscado, que era aglutinar a las gentes en torno «al jefe». Las

prácticas del franquismo, ante la maduración y la capacidad crítica de la sociedad, han muerto

definitivamente; quienes tratan aún de ejercerlas están condenados a fenecer abrazados a ellas.

Agreguense a estas evidencias: el desconcierto y la desolación que rodean a todo el mundo, el pesimismo

general, el derrotismo creciente, las dificultades insalvables, las contradicciones, las incompetencias, el

desánimo colectivo... No es difícil descubrir que la sociedad se dispone a reaccionar. Nadie va a la horca

o al suicidio de buena gana.

Alguien, pues, tenía que aceptar el cometido de hacer las clarificaciones, situar las cosas en su punto,

centrar la ideología, restablecer la fe y la confianza, rescatar la sensatez, disponerle a la acción positiva y,

en definitiva, marcar el verdadero rumbo orientador. Creo que el discurso de Areilza esta noche

constituye sólo el paso inicial de una acción política concreta, que va a transformar los planteamientos,

introducir lucidez y coherencia al panorama, y deshacer las falsas opciones que alguien se obstina en

meter en la cabeza de los españoles.—Víctor SALMADOR.

 

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