Autor: JASA. 
   Vuelve un precursor     
 
 El Alcázar.    17/12/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 3. 

La jornada política

VUELVE UN PRECURSOR

«Con el retomo de Areilza asistimos al comienzo de una gran venganza. El embajador nunca supo

perdonar que Suárez le arrebatara el señuelo centrista y la confianza real. Por eso, el silencio de su caída

fue el mejor anticipo de una batalla cruenta, sorda y soterrada, pero en todo caso evidente. Ahora, Areilza,

un político empedernido, ha levantado otra vez sus armas de combate y se apresta, decidido, a la lucha. Es

la razón última que ha provocado primero, las dudas y después, la disolución improvisada de los liberales

de Camuñas en UCD. Con Areilza, obviamente, no tenían nada que hacer.» Debo reconocer que esta

información concuerda con la trayectoria inveterada del conde de Motrico. Trabajó largos años en la

sombra durante los últimos años de la vida de Franco para solvertarse una imagen renovada, rupturista, de

cambio. En ello fue todo un precursor de la diáspora posterior acontecida en el apogeo suarista. Después,

afianzó su acercamiento a Juan Carlos al mismo tiempo que se mantenía en el más alto grado de

confianza del conde de Barcelona. La jugada era casi perfecta. Disponía de predicamento como hombre

inteligente, versado en habilidad dialéctica y con un amplío conocimiento del «antiguo Régimen»

constatado desde la aleadla de Bilbao hasta el Ministerio de Asuntos Exteriores. ¿Cuál fue su fallo,

entonces, cuando su nombre, que figuraba en todas las listas como el más firme candidato —en aquellos

momentos— para Castellana, 3, resultara rechazado? Areilza comenzó su resentimiento político con este

suceso. Alguien me ha contado que escuchó en labios del conde la calificación de «advenedizo» para

Suárez. Su desaliento llegó a tales lindes —tampoco resultó designado senador, como casi ningún

componente de la vieja guardia monárquica—, que se hablaba de qué Areilza podría llegar a profesar un

antimonarquismo declarado doblemente peligroso en un hombre de neta vinculación aristocrática.

Desmentidos todos estos rumores, sobre todo porque Areilza es un hombre que ha sabido, aprender a

esperar, se mantuvo la certidumbre de que el ex-embajador de Franco ante Perón, sabría encontrar el

momento, el tiempo y la hora del retomo.

Y así ha sido. Por eso yo he preguntado en primer lugar, ¿por qué ahora? ¿No le interesaba más continuar

rezagado en la sombra en espera de que los hados propicios de la Zarzuela volvieran su mirada hacia el

conde? ¿Por qué este retorno imprevisto —pero no descartado—, precisamente cuando UCD parece un

partido consolidado (por favor, es broma), y cuando la izquierda alberga ya un planteamiento susceptible

de aplicación conjunta? Esto es lo que me ha dicho: Suárez inventó el Centro. Canillo y González su

Frente Popular. Areilza, ahora, quiere su tercera via, la alternativa equidistante entre la eclosión de los dos

grandes; pero también la espectativa de poder intermedia entre ambos. O mejor, el arbitro. En cualquier

caso, todo ello es increíblemente lógico. Los liberales forman en el contexto de las democracias

occidentales el recurso compensador a los antagonismos de los partidos mayoritarios. Aquí, debidamente

homologados y bendecidos por todas las Internacionales, ¿por qué no habrían de ensayar lo mismo ¿Pero

no acaba de encajar la presencia de un Areilza simplemente relegado a un papel de segunda fila. A

Areilza le podrán faltar otras muchas cosas, pero orgullo no, desde luego. ¿Se conformará con representar

—a estas alturas— el tornadizo papel de quinceañera disputada con pasión entre febriles accesos de

entusiasmo o decepción? No es lo suyo.

El retorno de Areilza constituye, de todas formas, una de las notas más significadas del momento político.

Le faltaba una pata al trípode. Y aquí está, cubriendo de nuevos bríos su madurez emocional y vital. Y

llenando otra vez ios cenáculos de innumerables comentarios, dimes y diretes. Un devoto del conde,

cariacontecido, cejijunto, apesadumbrado, me comenta, muy seguro: «Areilza será presidente». Yo no me

lo creo, desde luego, y me temo que los sueños, sueños son. Areilza ha vuelto como los viejos elefantes, a

morir en el cementerio donde reposan los fósiles de tantos monstruos sagrados defenestrados. Vuelve a la

vida política para morir con las botas puestas, hasta el final. Casi, casi, su retorno me ha recortado a un

De Gaulle desbordado y soto, pero apegado y fundido por todas las fibras de su piel a la pasión del poder,

la ambición de mando, la parsimonia y el boato de las ceremonias públicas». La frustración de Areilza y

su reincorporación revisten, en algún aspecto, caracteres casi míticos, como desprendidos de una

mitología en la que el punto álgido se centra en un desenfreno por la «erótica del poder» que diría Fueyo.

Pero no. No creo que Areilza sea alcalde de Madrid ni de ninguna otra parte. Ni que aspire a un puesto en

el Senado o en el Congreso donde iniciar, a estas alturas, una fugaz estela parlamentaria. Areilza ha

venido a culminar su obra de estadista en un último y definitivo alarde de genio y temple personal. Viene

a integrar las fuerzas liberales —¿qué es lo que era Camuñas? preguntarán dentro de poco—, para

mantenerlas inmaculadas ante una integración centrista que puede ser devastadora para los grupos que

aceptaron, mansamente, la disolución. Se adelanta en esa vertiente en años luz a la mendicante y torpe

actitud de los Alvarez Miranda, los Garrigues y hasta los Lasuén que con más o menos regateos han

condicionado importantes y poderosas organizaciones a una biografía, a un espejismo, a una ficción de

poder. A Suárez. Areilza ha rebasado a Suárez sin derrocarte anticipándose a su caída. Es el único que,

con firmeza, supo adivinarlo entre la vorágine de aspirantes a ministro que pululan en Cedaceros, 3. Hay

que descubrirse ante el viejo león. Su vigor mortecino lo merece. Su ambición, ahora, no.

JASA

 

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